El circuito cultural

EL CIRCUITO CULTURAL
Equipo Editorial (2009)

Si algo define entonces esta etapa de capitalismo globalizado son sus imperativos integradores. En este contexto, la impresionante concentración de poder cultural de carácter privado cumple mecánicamente con la función defensiva asignada al circuito cultural. Se ha pasado, por tanto, de las Industrias Culturales a los Circuitos Culturales, y con ello se ha transformado el sistema de imperativos ideológicos desde el análisis de las estructuras hacia las acciones de los actores. Es el paso necesario de la comprensión y estudio de las industrias hacia el funcionamiento de sus creadores y elaboradores culturales.

Es evidente la diferencia operada en esta transformación. En las Industrias Culturales, precursoramente analizadas por Adorno y Horkheimer, prevalecían los contenidos intelectuales y estéticos que fortalecían los vínculos económicos, sociales y políticos de la sociedad post-industrial. Frente a esto, los circuitos culturales se nutren de individuos (“los actores”) que colaboran de forma directa con los intereses del poder corporativo. De los productos se ha pasado a los productores, y del creador cultural se ha llegado a los “white collars” culturales. Esto es, la consolidación de un tipo de profesionales que actúa como las “grandes firmas” empresariales no sólo en los ámbitos nacionales sino especialmente internacionales.

 

La cultura se encuentra en una encrucijada. Ni los más pesimistas autores de finales del siglo XIX podían prever el giro que la creación artística e intelectual iba a emprender. Es cierto que Nietzsche y algunos teóricos conservadores hicieron pronósticos melancólicos sobre el rumbo al que se encauzaba la cultura clásica occidental, pero tales análisis venían de la mano de un elitismo incómodo ante la aparición de una ciudadanía que reivindicaba y reclamaba sus derechos [1].

 

La “Decadencia de Occidente” de Oswald Spengler expresaba el malestar de unas clases sociales que veían acechada su cerrada fortaleza de privilegios. El empuje social de las masas aparecía como la llegada de “los nuevos bárbaros”, sólo que ahora los considerados por la burguesía como “incultos” querían cultura y los subordinados aspiraban a un siglo XX que supusiese no sólo igualdad formal sino esencialmente igualdad real para todos. El gran combate del siglo comenzaba: la lucha por entrar en una sociedad sin clases y sin diferenciación por origen social.

 

Las teorías del “Hombre-Masa”, empero, no se hacen esperar. El desprecio a la multitud corre paralela a la incorporación de ésta a las instituciones políticas. El sufragio universal con el que obreros y mujeres penetran en la escena de la sociedad, enloquece a unas minorías acantonadas en sus intereses. Será desde esa defensa radicalizada desde donde hay que interpretar toda la evolución de un siglo contradictorio. El Siglo de las Masas resume las convulsiones que desde el siglo XV se inauguraron con la formación del capitalismo. La ética protestante de la burguesía de los siglos XVI y XVII será eclipsada por la ética de la protesta de una clase obrera del XIX que no necesita intermediarios y que no tiene más que perder más que sus cadenas [2].

 

Pues bien, a la distancia temporal del cierre de una época se hace imprescindible una reflexión sobre cómo aquellos sectores que parecían en decadencia, renacen como el Ave Fénix de sus cenizas. La pregunta no deja de ser: ¿qué mecanismos y estrategias se han desarrollado para que un siglo que se abría bajo el signo del cambio, aparezca en su final como una etapa en la que se han fortalecido los aspectos más vinculados con el darwinismo social y el conservadurismo político?

 

A partir de este interrogante se estructura nuestra investigación sobre la dominación cultural y sus circuitos. Su finalidad, pues, será tratar de identificar lo que consolida una sociedad en sus procesos más regresivos, eliminando la capacidad de transformación hacia fases históricas de mayor civilización. La pregunta: ¿civilización o barbarie?, nunca como ahora se hace preliminar en el inicio de un nuevo milenio. De su resolución no sólo dependerá el análisis teórico y académico cuanto, fundamentalmente, algo tan poco banal como la evolución general de la especie humana.

 

A) LOS PROCESOS MANIFIESTOS: EL ANÁLISIS DE LA INFRAESTRUCTURA IDEOLÓGICA Y CULTURAL

 

Nuevas coordenadas conceptuales se necesitan para analizar la ideología de las sociedades post-industriales de masas. Ya la Escuela de Frankfurt subrayó la alteración experimentada por el modelo marxiano de infraestructura y superestructura a partir de la consolidación de un capitalismo en el que el sector industrial pasaba a financiero y, a continuación a economía mundializada. La forma mercancía se altera en una fase de expansión capitalista en la que las innovaciones tecnológicas son enfocadas hacia la esfera de la información y la comunicación. El debate entre lo económico y lo ideológico inicia un rumbo diferente del que había caracterizado la etapa anterior a la Segunda Guerra Mundial, sólo que ahora se hace cada vez más difícil independizar los procesos materiales y formular la autonomía de los mecanismos ideológicos.

 

La aparición de los medios de comunicación tecnológicos, y especialmente su consolidación como institución imprescindible para el mantenimiento de la apropiación privada de la economía, supone el desencadenamiento de problemas que con anterioridad pertenecían al ámbito específico de la economía. El hecho, no obstante, de que la infraestructura empiece a actuar como superestructura; y a la inversa, el que la superestructura en el neocapitalismo se constituya en la infraestructura de mayor rentabilidad significa que en “la aldea global”, -como denominaba McLuhan- [3], los intercambios económicos operaban en los intercambios simbólicos con una nueva lógica del mercado.

 

Pero de lo anterior se empiezan a revelar nuevas dimensiones de lo que tradicionalmente se había enunciado como ideología. Por ideología, desde la enunciación de la teoría de los ídolos de Bacon hasta la formulada por Marx, se interpretó un sistema de creencias ilusorias que, en la sociedad dividida en clases sociales, servía al grupo dominante para someter al dominado. En este sentido, la ideología se referirá como un sistema de creencias que es racionalizado históricamente [4]. No hay que perder este significado puesto que con él se explicarán procesos antagónicos.

 

En efecto, intuiciones, sentimientos e incluso cosmovisiones, poseerían una lógica interna en función de quien racionalizase -esto es, quien clasifica valorativamente en función de intereses hegemónicos- los fundamentos significativos de la acción social. Y de esta forma, los grupos detentadores del poder siempre estarían en una situación excepcional para determinar los presupuestos bajo los que habría que interpretar el sistema colectivo de creencias. Por tanto, la ideología tendría que ser situada en diferentes debates para llegar a despejar las complejas ambigüedades que sopesan en su definición, y entre tales debates se podrían situar problemas que históricamente se ha disputado bajo diversos ropajes, unas veces mediante la filosofía, otras por la sociología o la antropología, para luego ser objeto de polémica en las actuales teorías de la comunicación y de la intersubjetividad. Enumerando algunos de estos problemas en relación al concepto de ideología se podría considerar:

  1. La ideología como mediación entre lo que se considera la apariencia y la realidad.
  2. La ideología como proceso de construcción de la subjetividad y la identidad asumida por el sujeto.
  3. La ideología como parte esencial de la conformación o deformación de la conciencia de clase.
  4. Lógicamente la ideología considerada de una forma histórica como elemento básico del control y la dominación.

En consecuencia, en gran medida la ideología sería un proceso inseparable del sentido de identificación del individuo con “su” realidad, ya sea como pertenencia a un grupo específico, como asimilación de pautas simbólicas o como percepción de su entorno bajo las categorías organizativas de su sociedad [5]. Lo cierto, no obstante, será la existencia de un principio de racionalización, (en su matiz weberiano), de la lógica de lo ideológico. Esto es: el conocimiento de los sistemas de creencias conlleva entender la organización económica y política en la que participan los individuos y, sobre todo, sus necesidades y satisfacciones.

 

B) LOS PROCESOS LATENTES: EL CIRCUITO CULTURAL, IDEOLOGÍA, PODER Y COMUNICACIÓN. LA INFRAESTRUCTURA CULTURAL.

 

La cuestión sobre qué lugar ocupa la cultura en el análisis marxiano interesa otra vez de nuevo a la vista de la evolución de los recientes acontecimientos históricos. Para Marx, la conexión entre infraestructura y superestructura permitía situar el problema de la creación de valores sociales dentro de los procesos de la ideología, subrayándose el componente de “reflejo” de las infraestructuras materiales sobre las superestructuras ideológicas [6]. Además, al localizarse los sistemas de valores en las relaciones económicas y sociales se facilitaba el camino para precisar la formación y articulación de las formas de existencia subjetiva.

 

La correspondencia entre “infra” y “supra” conllevaba un carácter no voluntario de “determinismo” de los sistemas de creencia; esto es, las ideas dominantes eran las de la clase dominante, pero tales ideas surgían como resultado de las prácticas sociales e históricas colectivas. Ello significaba que podían ser posibles sistemas de creencias, valores e incluso símbolos diferentes de los hegemónicos. Por ejemplo, el tema del carnaval en los estudios contemporáneos de Sociología de la Cultura permite analizar la existencia de diferentes modos de interpretación del sistema cultural según qué clase social fuese la receptora [7]. Desde esta perspectiva, latía un cierto optimismo esencialmente en la teorización marxiana sobre el funcionamiento de la ideología, ya que se podía romper con procesos como los de alienación, “falsa conciencia” o fetichismo, a partir de una comprensión y defensa de los intereses propios y característicos de los grupos dominados [8].

 

En la crítica marxiana del conocimiento, los fenómenos culturales se consideran dimensiones de la conciencia, aunque ya Marx se interrogaba sobre la existencia de formas de conciencia no ideológicas al reflexionar sobre las causas de la validez y persistencia del arte griego, y sus criterios de perdurabilidad, cuando ya sus condiciones históricas materiales habían desaparecido.

 

En el marco de la epistemología marxista esta interrogación alcanzó dos direcciones. Desde el marxismo mecanicista se subrayó de una manera radical el tema del reflejo de las infraestructuras sobre las superestructuras, tanto desde el plano individual como desde el social. Y en el marxismo más heterodoxo (Lúkacs, Gramsçi, Frankfurt) se matizaron las prácticas culturales como posibilidades de autonomización de las condiciones de conciencia de las de carácter sólo económico. Se dejaba el ámbito de la cultura como una posible vinculación no ideológica del conocimiento con lo real. Planteamiento éste que con la Teoría Crítica llegará a su máxima enunciación al afirmar Benjamin que la creación estética anticipaba en el presente la utopía futura [9].

 

La cultura planteaba el problema de la ideología como una parte más de sus niveles. Niveles conformados por un todo complejo (como definía el antropólogo Tylor) tales como las creencias, los valores, las costumbres… y, en general, todo lo relacionado con la conciencia y sus prácticas creadoras.

 

No se puede soslayar sin embargo que al tiempo que el pensamiento dialéctico se encaraba con la espinosa cuestión de los sistemas de creencias, desde principios del siglo XX el Neopositivismo trataba de evitar cuestiones tan problemáticas.

 

En efecto, desde el análisis filosóficos neopositivista, y desde luego el sociológico funcionalista, la conciencia cede paso a la conducta, convirtiéndose en un término que remite a la Metafísica. La posición antimetafísica positivista irá eliminando no sólo las remoras conceptuales del pasado, cuanto especialmente lo vinculado con la investigación de los procesos ideológicos y culturales que ahora serán considerados como relaciones sociales. La censura antimetafísica reducirá al área de la Antropología aquellos aspectos que estaban en clara conexión con los fenómenos de la conciencia y la creación valorativa y axiológica.

 

La negación de la existencia de valores universales se convertirá en la consigna evidente de un tipo de pensamiento estrictamente unido al capitalismo y a sus estructuras sociales, políticas y especialmente económicas.Y como consecuencia de esta situación, quienes más negarán el papel de la ideología en los procesos sociales, van a ser paradójicamente parte fundamental de los difusores más radicalizados de la ideología dominante: el circuito cultural.

 

CARACTERÍSTICAS DEL CIRCUITO CULTURAL

 

Como ya se ha comentado, desde finales de la década de los sesenta, el capitalismo se reestructura globalmente. Pero esa reestructuración se dirige de una forma específica hacia los procesos cognitivos y afectivos de la población. En este sentido, el Mayo francés fue el detonante de una conmoción histórica inesperada. En una época de prosperidad económica, la reivindicación de un nuevo modelo de sociedad abría un ciclo revolucionario que hubiera parecido impensable diez años antes.

 

Las revueltas estudiantiles provocaron un fenómeno sin precedentes. Por un lado, el contagio de los movimientos de liberación nacional como el de “la primavera de Praga”, originó un endurecimiento de la política jerárquica de los países del Este soviético [10]. Pero fue quizás el capitalismo industrializado el que acometió una reordenación de sus estructuras de forma soterrada, centrándose en la desactivación de cualquier tipo de movimiento que pudiera poner en contradicción la permanencia y perpetuidad del capitalismo tardío.

 

Es tal el esfuerzo de contraposición y neutralización de movimientos críticos que se puede decir que la totalidad de mecanismos políticos, económicos y culturales se activan en función de crear mecanismos que bloqueen los posibles conflictos. La “crisis del petróleo” se convierte en la disculpa con la que reforzar la eliminación del disenso. Disenso que con las protestas por la guerra de Vietnam había posibilitado un frente crítico hacia las acciones neocoloniales de los países dominantes y sus aliados.

 

Si nos centramos, por tanto, en las estrategias desplegadas para eliminar el conflicto, de inmediato, se percibe el determinante papel que el funcionamiento de la ideología va a tener en todo el proceso. Así no es de extrañar que en donde se actúe con mayor celeridad, sea en el área de la comunicación para pasar posteriormente al área de la cultura y de la educación.

 

No debemos olvidar que los grandes movimientos juveniles se habían producido en el campo de la contracultura y, especialmente, en el contexto de la Universidad. Esta situación significaba que “los hijos de la Sociedad del Bienestar” ya no se conformaban con una sociedad de objetos, sino que se aspiraba a ser sujetos emancipados de la disciplina, -tan precursoramente estudiado por Max Weber-, de la economía capitalista. Y si bien gran parte de las reivindicaciones estudiantiles presentaban un característico ideario anarquista (compatible, por otro lado, con el liberalismo), también es cierto que la fase elitario-formal en la que entraba el sistema en su conjunto, no estaba dispuesta a aceptar modificaciones en sus procesos de acumulación internacional.

 

En consecuencia y como resultado, las estrategias con las que el neocapitalismo responde a “las turbulencias” revolucionarias juveniles y estudiantiles van a resumirse en:

  1. La modificación de los sistemas educativos y docentes, consolidando un desplazamiento de los conocimientos hacia la tecnología que resurge, (como si se tratase de un Ave Fénix), como la gran panacea para encauzar y desviar conflictos.La Formación Profesional es impulsada con la intención de ir relegando los estudios humanistas a la periferia del Bachillerato que, a su vez, es fragmentado en función del tipo de carreras universitarias a la que el alumno se enfoque.
  2. La segunda gran estrategia se juega en el ámbito de la comunicación mediada, canalizando hacia la banalidad los contenidos industrialmente elaborados. Los programas educativos van siendo postergados, o simplemente desaparecen, y se construye una realidad de segundo nivel en la que “reality-shows”, moda y cotilleo adquieren el rango de “comunicación de masas” asfixiando transnacionalmente las programaciones nacionales.
  3. La tercera estrategia es la que más relación tiene con el nuevo modelo económico del neocapitalismo, sería lo que podríamos denominar como el circuito cultural; es decir, una auténtica guerra fría en contra de la creación cultural, intelectual y estética de carácter libre e independiente.

Los conglomerados editoriales se van a encargar de centralizar la edición y distribución de las obras de “consumo estético-intelectual” [11]. Pero no se va a tratar solamente del libro-objeto de consumo masivo. Al contrario, la estrategia se enfoca de manera preferente hacia los sectores universitarios y, ante todo, hacia la nueva clase media que encuentra su modelo ideológico en los dominicales culturales de los periódicos de mayor venta. De esta forma, no sólo se van a lanzar autores, especialmente, se editarán “movimientos y escritores de best-sellers” que suponen corrientes canalizadas y canalizadoras de esa “opinión pública” más informadas. La Post-modernidad representa el ejemplo más representativo de esto [12].

 

Pues bien, a la vista de estas estrategias el “rearme ideológico” difunde, como uno de sus máximos hallazgos, la teoría del fin de las ideologías. La deseducación y el circuito cultural actuarán conformando los ejes de la edificación de un tipo de sociedad que busca un orden simbólico reorganizado y reorganizador.

 

INFRAESTRUCTURA CULTURAL E INDUSTRIAS CULTURALES

 

El Mayo francés y las revoluciones estudiantiles están en el origen del reajuste de la ideología -y sus instituciones- desde finales de la década de los sesenta del siglo pasado. Lo interesante, no obstante, de este proceso se sitúa en la alteración, como ya se ha referido con anterioridad, del modelo marxiano de infraestructura y superestructura. Para el marxismo clásico, la superestructura dependía de la dinámica de la infraestructura material y económica. Este modelo, aplicable al capitalismo industrial, se transforma radicalmente en el capitalismo post-bélico de los años posteriores a las dos guerras mundiales. Con ello se transforma el esquema descrito por Marx y la superestructura en forma de industrias de la conciencia (cine, televisión, ocio en todas sus variedades) se constituye en la economía predominante en las sociedades del Primer Mundo. El resultado de esta alteración será la aparición de un sector profesional de técnicos de la conciencia sobre el que se asienta una construcción de la realidad que podemos considerar el fundamento de este cambio estructural del conocimiento. En consecuencia, será imprescindible la explicación de los elementos con los que la infraestructura cultural articula su cosmovisión ideológica.

 

Si algo define entonces esta etapa de capitalismo globalizado son sus imperativos integradores. En este contexto, la impresionante concentración de poder cultural de carácter privado cumple mecánicamente con la función defensiva asignada al circuito cultural. Se ha pasado, por tanto, de las Industrias Culturales a los Circuitos Culturales, y con ello se ha transformado el sistema de imperativos ideológicos desde el análisis de las estructuras hacia las acciones de los actores [13]. Es el paso necesario de la comprensión y estudio de las industrias hacia el funcionamiento de sus creadores y elaboradores culturales.

 

Es evidente la diferencia operada en esta transformación. En las Industrias Culturales, precursoramente analizadas por Adorno y Horkheimer, prevalecían los contenidos intelectuales y estéticos que fortalecían los vínculos económicos, sociales y políticos de la sociedad post-industrial. Frente a esto, los circuitos culturales se nutren de individuos (“los actores”) que colaboran de forma directa con los intereses del poder corporativo. De los productos se ha pasado a los productores, y del creador cultural se ha llegado a los “white collars” culturales. Esto es, la consolidación de un tipo de profesionales que actúa como las “grandes firmas” empresariales no sólo en los ámbitos nacionales sino especialmente internacionales.

 

Sin embargo, este proceso provoca un desajuste cultural sin precedentes en épocas anteriores. Los mecenas de tiempos pasados son sustituidos por grandes empresas y corporaciones dedicadas a generar y gestionar la enorme concentración del poder cultural de producción privatizada. El mercado descubre un fenómeno de inversión económica en el que la ideología se hace, a la vez, producción comercial y dinámica psicológica sobre la población. Comercialización e información se confunden. Y el carácter lucrativo de ambas actividades amplia su influencia de forma apabullante y agresiva.

 

Si queremos entender como nueva forma ideológica el funcionamiento del circuito cultural es precisa su definición y su reconocimiento. Conceptualizar el circuito cultural requiere así explicar las nuevas políticas informativas-culturales que reemplazan a las que han sido características hasta mediados de la década de los años setenta del siglo XX. En efecto, el circuito cultural supone la alteración del papel del intelectual y del creador en las sociedades globalizadas. Alteración que proviene de las imposiciones corporativas e industriales de temáticas, procedimientos y objetivos prácticos en la propia creación. La creatividad individual queda suplantada y en su lugar los encargos creativos e ideológicos sustituyen a las obras verdaderas, utilizando el sentido de “verdaderas” en cuanto que nacen de la sinceridad y de la indagación intelectual y estética del creador. La cultura humanista histórica, pues, ha sido el ejemplo de la existencia de esas expresiones de autenticidad creadora. Y aunque el mecenazgo impusiera un determinado contenido, el creador desarrollaba, al margen de la imposición, una libertad que, a menudo, era el requisito de la búsqueda desesperada de la belleza y la verdad. La bidimensional, -como afirmaba Marcuse-, se hacía incompatible con las imposiciones del poder [14]. Mas, en el circuito cultural la integración en los valores, símbolos, e incluso prejuicios aceptados colectivamente, significa la condición imprescindible de su producción material e ideológica.

 

Los autores de tales circuitos corporativos y empresariales estabilizan el sistema, reconstruyendo de manera continua y continuada la ideología. Es por esto por lo que “las novelas negras”, los libros de “autoayuda”, o “las películas de consumo”, se parecen en su forma y contenido, con un curioso “aire de familia” que refleja la administración y organización del arte y del pensamiento devenido en mera ideología.

 

Las temáticas utilizadas por “los creadores del circuito cultural” es la evidencia de su existencia. La simplificación, la unificación de temas, la inmediatez y la univocidad son algunas de las prácticas que están en el origen de sus características. Pero será esencial explicar su funcionamiento con la intención de discernir la creación auténtica de la falsa y de su adoctrinamiento.

 

En principio, los creadores del circuito componen una estructura muy diversificada. Dentro de la variedad de participantes en la distribución de actividades que caracterizan a los diferentes circuitos culturales de nuestros días, se hace imprescindible establecer una clasificación sobre “la división del trabajo” que opera en ella. Así, hay que diferenciar entre:

  1. Creadores originales.
  2. Imitadores, copiadores y plagiadores.
  3. Distribuidores y divulgadores de símbolos e ideologías.
  4. Movilizadores ideológicos.
  5. Desorganizadores y bloqueadores.

Estas categorías, no obstante, se corresponden con otras variedades “más bajas” en “la nomenclatura” del circuito y que suelen coincidir con trabajos menos creativos y elaborados. Sería algo así como una especie de “lumpenproletariado” encargado de recopilar información y documentación de lo que se trabaja y edita en otros circuitos culturales. Aquí también se podría hablar de un amplio conjunto de “gente introducida” dentro de otros grupos y de “otros círculos” con la finalidad de “vigilar y castigar” lo que se está haciendo en otros sectores creativos e intelectuales.

 

Por tanto, desde el punto de vista de una Sociología de las Industrias Culturales se ha pasado de los objetos a los sujetos. La Industria Cultural, -analizada por la Primera Generación de la Escuela de Frankfurt, o las Industrias Culturales estudiadas por Dallas Smythe o la Escuela de Birmingham [15] se estudiaba desde el punto de vista de los objetos culturales. Sin embargo, en la actualidad tal planteamiento debe ser sustituido por los sujetos sometidos a la presión de la ideología hegemónica y del mercado.

 

Desde el punto de vista de la clasificación establecida en relación a “los trabajadores” de los circuitos culturales hay que referirse, necesariamente, al hecho según el cual cada corporación cultural transnacional o nacional presenta su propia organización. No obstante, llámese de un modo u otro, la dinámica que se desarrolla en los circuitos suele coincidir en sus finalidades, puesto que, en último término, un doble objetivo resume las actividades de los circuitos: evitar la creación libre y espontánea. La finalidad se resumiría en tratar de encauzar hacia el mercado cualquier “nueva fórmula” que de alguna manera pueda poner en evidencia el funcionamiento ideológico de la cultura global.

 

A la vista, pues, de lo anterior vamos a comentar la actividad a la que se dedican cada uno de los componentes a los que hemos hecho referencia en nuestra clasificación:

 

a) Creadores originales:

 

Este grupo está compuesto por los genuinos artistas, intelectuales y creadores originales e innovadores. Suelen ser despreciados por los gestores de los circuitos minusvalorándose su valor e importancia. En el momento actual, el recelo rodea a tales autores ya que la independencia y libertad es parte esencial del carácter creador. A menudo, también, se tolera a este grupo en cuanto que de su actividad va a depender el resto de grupos subalternos del circuito.

 

b) Imitadores, copiadores y plagiadores:

 

Con la cultura de la Postmodernidad este grupo se ha ido agigantando y acrecentando en nuestros días. El pastiche resulta ser la forma estética e intelectual de esta corriente tan en boga actualmente. Y por pastiche en muchos casos se ha entendido el plagio y la imitación. Sin embargo, en los circuitos culturales no se hacen tan evidentes estas situaciones de falsificación de obras y creaciones originales. En este sentido, el plagio se ha hecho común como reciente forma cultural. Plagio que llevan a cabo sin ningún escrúpulo ético ni los pseudoautores, ni esa variedad tan actual como es la de “los asesores” políticos. Discursos, conferencias y mítines se nutren de las ideas y pensamientos de otros autores con el mayor descaro y desfachatez. Se copian literalmente opiniones expuestas en libros y artículos teóricos y científicos sin ningún tipo de reparos. Eso sí, se silencia al verdadero autor al que, por todas las formas posibles, se le trata de omitir, silenciando su autoría e innovación creadora. Y, así, los circuitos culturales se han llenado de plagiadores no sólo de ideas, cuanto a la par de concepciones políticas o éticas, pero ahora convertidas en concepciones “light” en puro “pensamiento débil” comercializable.

 

Es de tal magnitud el plagio, la copia o la imitación en nuestros días por efecto de la rentabilidad mercantil y su utilización ideológica que su obsesión es convertir cualquier obra creativa en un “producto no peligroso” para el sistema. De esta forma, se ha asistido a la paradoja de producirse y distribuirse películas de éxito comercial con guiones calcados de películas minoritarias o de idiomas y países subordinados. Pero no sólo ocurre esto en el cine, en la literatura y en el pensamiento filosófico y social se está haciendo práctica habitual esta situación. De hecho, si rastreamos con más detalle en dónde “se ha inspirado” el autor de éxito del momento, no sería muy costoso dar con el autor o libro que ha sido plagiado. En estas condiciones, no obstante, la indefensión en la que se van encontrando los creadores originales es cada vez más dramática y preocupante.

 

c) Distribuidores y divulgadores de símbolos e ideologías:

 

Comentaba Theodor W. Adorno, el hecho de que “auténticas banalidades” culturales y mediáticas estuvieran tan cotizadas económicamente, su lógica sólo podría encontrarse en que “algo” tendría que ver con la ideología [16]. Este comentario nos recuerda el estado en el que la originalidad se encuentra en el momento presente.

 

En efecto, pese a quienes defienden la inexistencia de una ideología dominante, lo cierto resulta el hecho evidente según el cual es posible objetivamente constatar lo contrario. Esto es, la divulgación todopoderosa de un ideario férreo estructurado desde el dominio corporativo transnacional con la finalidad de cohesionar, mediante la adhesión irracional, todos los sistemas (económicos, sociales, políticos, culturales) que conforman lo que Habermas denomina como capitalismo tardío [17].

 

La divulgación y difusión de los mismos valores, símbolos, códigos e incluso prejuicios colectivos, se han hecho tan necesarias e indispensables para los grupos de poder de nuestras sociedades como en la Edad Media lo fue la justificación teológica de su sociedad. Por ello, nada escapa a su supremacía. Todo está supervisado, impidiendo que algo escape a su control e inspección.

 

Por ello, la función de los divulgadores y difundidores ideológicos se hace tan importante. Recuerda esta inflexible actividad a la técnica de manipulación colectiva, estudiada por Elisabeth Noelle-Newman, la espiral de silencio. Siguiendo a la autora alemana, conocemos mejor al poder dominante, y sus intenciones no manifiestas, no tanto por lo que aparece en los medios, cuanto por lo que desaparece y se oculta en ellos [18]. El enmascaramiento y la ocultación, por consiguiente, es la misión central que tienen asignada estos supervisadores y controladores del circuito cultural.

 

Es, en efecto, indudable la existencia de una segunda ‘guerra fría’ frente a la cultura racional-humanista e inclusive frente a la cultura popular, o la paradójica situación según la cual ya se puede hablar de una determinada cultura de masas que, con el paso del tiempo, ha entrado a formar parte de la tradición de la gran cultura popular, e incluso de la cultura humanista y racional. Es el caso de algunas películas (por ejemplo, “Cantando bajo la lluvia”) o de algunos mitos de la cultura de masas (Marilyn Monroe, Greta Garbo o Cary Grant) que ya han pasado a constituir parte esencial de la cultura del siglo XX.

 

Lo contradictorio, empero, resulta del hecho de que los difundidores de la ideología global extienden “certificados” de validez o rechazo de aquellas creaciones que no son conciliables con sus intereses. De hecho, el silenciamiento y desaparición de lo que podríamos denominar como cine clásico, del teatro clásico o de las aportaciones innovadoras de la cultura masiva del siglo pasado, nos pone sobre la pista de las intenciones de los gestores ideológicos de los actuales circuitos intelectuales, estéticos y culturales. Ante esta coyuntura se hace cada vez más necesaria la capacidad de detección y localización de quienes están deteriorando y deformando las creaciones independientes y originales mediante el plagio o el silenciamiento.

 

d) Movilizadores ideológicos:

 

El reclutamiento de estos “activistas” de la ideología dominante suele realizarse entre los comunicadores mediáticos con mayor éxito en el segmento de receptores y audiencias de grupos juveniles de índole estudiantil.

 

Son estos grupos los que interesan a los gestores corporativos de la cultura global. Ello es debido a la temible convicción según la cual quien se haga ideológicamente con este grupo de consumidores-receptores se hará con el futuro y, especialmente, con la pervivencia en el tiempo del sistema neoliberal. Por consiguiente, el reclutamiento de divulgadores y movilizadores se convierte en crucial para “los amos” de los circuitos. Pero la consecuencia de este alistamiento en tales circuitos de comunicadores mediáticos supone un coste de entrar en una corrupción generalizada en la que cualquier atisbo ético tiene que dejarse fuera, así como cualquier otro escrúpulo moral e ideológico. Los movilizadores ideológicos, por ello, suelen utilizar “la razón cínica” postmoderna como forma y fondo de sus acciones. Por ejemplo, hace poco uno de estos “comunicadores” comentaba que la calidad de sus programas dejaba mucho que desear, pero no así su cuenta corriente bancaria. Todo se resume, según este comentario, en el incremento de sus beneficios monetarios. Pero, sin embargo, las repercusiones que el uso del cinismo están dejando en la conciencia de la audiencia, también deberían ser evaluadas en términos no sólo cuantitativos sino cualitativos.

 

Los movilizadores ideológicos, en suma, habitualmente utilizarán el socavamiento simbólico como su técnica predominante de manipulación y persuasión del público. El sarcasmo, el humor maledicente, la calumnia incluso, son parte fundamental de los métodos de socavamiento simbólico de personajes, acontecimientos y sucesos que son percibidos por los gestores de los circuitos como no convenientes para sus intereses y ganancias.

 

e) Los desorganizadores y bloqueadores:

 

Se podría afirmar, finalmente, que todo el trabajo de estos grupos se resume en este último sector de trabajadores del, y para, el circuito: los desorganizadores y bloqueadores de nuevas corrientes de pensamiento, de creación y de aportaciones estéticas nuevas relacionadas con la restauración de líneas creativas no convenientes al sistema como, por ejemplo, sería el caso del documental de índole realista.

 

Los desorganizadores y bloqueadores, en suma, tratan de convertir en “moda pasajera” aquello que de alguna forma busque explicar o representar otras maneras de construir la sociedad o entender la realidad y sus causas. En último término, estaríamos ante quienes tienen la función de introducir la confusión en los procesos creativos. Esta confusión conlleva el aturdimiento. Aturdimiento que se puede considerar parte determinante e indispensable de la desorientación. Tal y como afirma Chomsky [19], el embotamiento de los ciudadanos convertidos ahora en aislados consumidores-receptores aparece como la ocupación principal de los medios de comunicación; pero también, añadiríamos nosotros, de la transformación ideológica del paso de las industrias culturales a circuitos culturales difusores de la ideología hobbesiana de la sociedad organizada en una salvaje y cruel competitividad sin fin, ni racionalidad.

 

LAS TÉCNICAS DEL MARKETING IDEOLÓGICO

 

Mucho se ha escrito sobre la manipulación comunicativa. Cientos son los libros y estudios sobre los efectos de los Medios sobre receptores y audiencias. Sin embargo apenas encontramos investigaciones sobre cómo actúan los procedimientos del Marketing Ideológico referido al área de la Cultura. En este punto, el desierto de análisis se extiende por el pensamiento contemporáneo. Pareciera como si al carecerse de estudios realizados sobre el tema, éste desapareciese. Y sin embargo nunca como ahora el impacto ideológico presenta una gravedad tan alarmante.

 

Entre los estudios sobre los procesos de desinformación, Durandin consideraba la mentira como el origen de ellos. En su libro “La mentira en la propaganda y la publicidad” [20], se hacía un repaso pormenorizado por las estrategias que conducían a la ocultación informativa. La adición, la supresión y la deformación son estudiadas como los procedimientos más habituales para mentir y engañar a los receptores. Pero a la vez que hay un complejo sistema de psicólogos, sociólogos y semiólogos dedicados a la introducción de técnicas de persuasión social, también hay que hablar de los creadores del marketing ideológico.

 

A la par que se puede hablar de la división social del trabajo, hay que hablar de la división social de la ideología. Es más, el trabajo de la ideología ha pasado a ser la gran fuente de trabajo post-industrial porque, desde la prensa hasta Internet, la cantidad de información difundida necesita unos expertos que la hagan “digeribles” a las muy distintas y heterogéneas audiencias. Es en estas condiciones en la que se han modificado radicalmente el papel del intelectual en su tránsito desde la sociedad industrial a la sociedad post-industrial, y de éste a la de la Información.

 

En efecto, el intelectual renacentista omniabarcador de conocimientos ha pasado de especialista, en el siglo XX, a técnico en el siglo XXI. Y la perspectiva no resulta nada halagüeña. Especialmente se hace dudosa la posibilidad de una perspectiva común como la que, en el siglo XVIII, dió origen al movimiento ilustrado. Esto es debido al hecho de poder bloquear con estrategias ideológicas cualquier posibilidad creativa que pueda ofrecer alternativas, o simplemente perspectivas diferentes de las que se consideran acordes con el sistema económico y productivo [21]. Para ello, desde finales de la Segunda Guerrra Mundial, se hizo determinante la captación de intelectuales dentro del circuito cultural con el objetivo central de canalizar cualquier iniciativa que entrase en conflicto con las finalidades del sistema. Uno de los pilares de todo el circuito tendrá que ser especialmente el evitar la aparición de corrientes intelectuales y estéticas renovadoras a la hora de aclarar los elementos subyacentes ocultos mediante los que se organiza la actual sociedad global.

 

Para llevar a cabo esa función de bloqueamiento ideológico surge una división de funciones encomendada a un nuevo tipo de trabajador de la superestructura que actúa más que como creador principalmente como difusor. Así el circuito cultural fragmenta tajantemente la actividad creativa y convierte en simples administradores a intelectuales y artistas. La división de tareas, por tanto, será encargada en función de intereses coyunturales de carácter económico y político, pero también su acción a largo plazo sirve para hacer perdurar los fundamentos ideológicos de la totalidad del sistema. En este sentido, el papel de los difusores del circuito cultural va a depender de los diferentes lugares estratégicos desde donde puedan desorganizar cualquier perspectiva, por mínima que sea, de oposición crítica objetiva.

 

Se puede afirmar, en resumen, que de todos los profesionales del marketing estético e intelectual son, quizá, los creadores de contravalores los que, en el momento actual, ejercen una mayor influencia. Estos profesionales mantienen una posición esencial ya que su función estaría inserta dentro de lo que en el análisis de la persuasión de masa se define como contraargumentación.

 

Si consideramos, pues, la contraargumentación como una de las estrategias persuasivas más actuales, ello se debe a la posibilidad que tiene esta técnica de producir confusión. Es decir, la contraargumentación se define como el debilitamiento de la lógica de los argumentos utilizando socavamiento simbólico. Hay, pues, una mezcla de diferentes planos de realidad a la hora de neutralizar la evidencia de un mensaje que no está acorde con las finalidades y objetivos de las políticas de mercado, auténtico gobierno de la estructura en su conjunto.

 

La contraargumentación no puede desvincularse de ningún modo del proceso general que va eliminando cualquier foco, por mínimo que sea, de aclaración racional en los medios de comunicación. En este punto, la ridiculización, la burla o la broma se convierten en poderosísimas armas ideológicas, cuya acción mina y vulnera las perspectivas críticas o casi contrapuestas a los mensajes dominantes. Ahora bien, en una sociedad en la que prevalece una realidad de segundo orden, (como es la de los Medios), la creación de una opinión pública confusa requiere poner “en juego” a un sector de técnicos e “intelectuales” que difunden esa misma confusión. La pregunta que surge entonces no puede dejar de ser sino cómo se produce esa difusión de ideas confusas que paralizan el pensamiento radicalizando, a la vez, actitudes anti-intelectuales.

 

La conclusión de lo anterior nos lleva a explicar a los creadores de confusión de una manera casi topológica; esto es: este grupo ocupa lugares estratégicos en los medios de comunicación y en los circuitos editoriales. En último término, suelen pertenecer humorísticamente en lo que podríamos definir como “cuadras mediáticas”, y sus libros son encargos coyunturales en función de los acontecimientos o intereses del momento para los grupos de poder. En estas condiciones, un movimiento de protesta en contra de una reforma educativa, por ejemplo, de inmediato encuentra respuesta desde el circuito mediante la publicación de un libro que, con un estudiado falso “idealismo”, habla a profesores y alumnos, de “las bondades” éticas de “la educación reformada”. O más sangrante es el caso de ante una violación y asesinato de niñas en una población levantina, de inmediato se publica un libro en el que se expresan los sentimientos del violador con fuertes componentes “humanizadores”. Se contrarrestan así posibles protestas mediante los productos del marketing editorial. Estos ejemplos nos indican la gravedad que el funcionamiento del circuito cultural tiene. La alteración de la realidad, finalmente, es su sentido y objetivos. Pero al alterar los fundamentos del análisis de lo real se deja abierta la puerta para una regresión de las conciencias cuyas consecuencias presentes y futuras pueden engendrar, en sus profundidades, los más peligrosos abismos de la más salvaje y primitiva irracionalidad humana y social.

NOTAS:

  1. Spengler, O.: “La decadencia de Occidente”. Madrid, Espasa-Calpe, 1966.
  2. Marx, K.: “Manifiesto Comunista”. Madrid, Ayuso, 1975.
  3. McLuhan, M.: “La aldea global”. Barcelona, Paid´so, 1971.
  4. Para comprender el concepto de racionalización nada mejor que volver al Rever de “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Aquí se explica el uso de la racionalidad con finalidades utilitaristas. Finalidad que lleva directamente al sentido de Razón Instrumental que utilizó M. Horkheimer.
  5. VV. AA.: “La Personalidad Autoritaria”. Buenos Aires, Proyección, 1967.
  6. Marx, K.: Ver el Prólogo a la “Contribución a la crítica de la Economía Política”. Madrid, Alberto Corazón, 1970.
  7. Bajtin, M.: “La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento”. Madrid, Alianza Editorial, 1987.
  8. Thompson, E. P.: “La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra: 1780-1832”. Barcelona, Laia, 1977.
  9. Benjamin, W.: “Iluminaciones”. Madrid, Taurus, 1971.
  10. Garthon Ash, T.: “The Uses of Adversity: Essays on the Fate of Central Europe”. Nueva York, Random House, 1989.
  11. Miguel, J. C.: “Los Grupos Mediáticos”. Barcelona, Bosch, 1993.
  12. VV. AA.: “La Posmodernidad”. Barcelona, Cairos, 2002.
  13. Muñoz, B.: “Teoría de la Pseudocultura”. Madrid, Fundamentos, 1995.
  14. Marcuse, H:: “El Hombre Unidimensional”. Barcelona, Seis Barral, 1968.
  15. Mattelart, A.: “Historia de las teorías de la comunicación”. Barcelona, Paidós, 1997.
  16. Adorno, Th. W. y Horkheimer, M:: “Dialéctica de la Ilustración”. Madrid, Trotta, 1994.
  17. Habermas, J.: “Problemas de legitimación en el capitalismo tardío”. Vers. cit.
  18. Noelle-Newmann, E.: “La Espiral de Silencio”. Barcelona, Paidós, 1995.
  19. Chomsky, N.: “La deseducación”. Barcelona, Crítica, 2001.
  20. Durandin, G:: “La mentira en la propaganda política y en la publicidad”. Barcelona, Paidós, 1995. págs. 57-77.
  21. VV. AA.: “Los efectos de la Comunicación”. Barcelona, Paidós, 1996.