El malestar en la globalización

El malestar en la globalización
o cómo las élites transnacionales se apropian del planeta: preguntas sin por ahora respuestas
Blanca Muñoz (Marzo 2012)

En este estudio se analiza el malestar en la Globalización que se ha creado en los inicios del Siglo XXI. En este sentido, se plantea uno de los problemas más característicos de la actualidad: la deslegitimación que las estructuras de poder están experimentando por la acción de unas élites o minorías dirigentes más centradas en intereses privados que en intereses de bien común y justicia para los ciudadanos. Por tanto, se analiza en este estudio el proceso deslegitimador del concepto de lo político y de lo estatal por influencia de unas minorías transnacionales que cada vez más se representan a sí mismas en lugar de establecer una ejemplaridad ética al servicio de la defensa de los individuos y de las sociedades.

No cabe duda que el capitalismo de la Globalización es el gobierno planetario de las élites internacionales. Quien dude de esta afirmación no tiene más que ver cualquier telediario televisivo para comprobar cómo las minorías de todo signo (económicas, políticas, mercantiles, intelectuales…) se han adueñado de la totalidad de las relaciones colectivas. Esta situación define el tiempo que vivimos y que sufrimos.

 

Para explicar cómo hemos llegado a esta apropiación mundial de materias primas, recursos financieros, fondos económicos o medios científicos e intelectuales, necesariamente hay que reflexionar sobre la evolución del capitalismo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El paso del primer capitalismo industrial, – el analizado por Marx -, al capitalismo de Masas, – la etapa que va desde los años veinte del siglo pasado hasta mil novecientos setenta y tres con la primera gran crisis del petróleo -, nos sitúa desde esa fecha en un capitalismo post-industrial – que se metamorfosea en mil novecientos ochenta y nueve en capitalismo globalizado con la caída o derrumbamiento del Muro de Berlín -, y que no deja lugar a dudas sobre la transformación geopolítica y estructural del sistema en su conjunto y en sus estructuras.

 

Pues bien, para analizar como hemos llegado a esta fase de consolidación de un gobierno mundial de élites, conviene hacer un repaso de cómo se ha producido lo que Claus Offe ha denominado como capitalismo desorganizado [1]; esto es, un tipo de capitalismo caracterizado por una dualización que sustituye la Guerra Fría en la que el enfrentamiento fue el conflicto entre los países del Este europeo de la orbita de influencia soviética y los países alineados con la OTAN y de influencia norteamericana. Este antagonismo se cerró con la unificación de Alemania y la desintegración de la Unión Soviética (1989 y 1990-1992), así como la guerra en la ex Yugoslavia (1992). En este encadenamiento de hechos históricos lo cierto será la modificación del mundo de la Guerra Fría. La hostilidad entre países del Este y países del Oeste se sustituye por el choque entre Norte y Sur, entre países ricos y países pobres que se prolongará desde finales del siglo XX hasta los inicios del siglo XXI y que, a su vez, será alterado desde el año 2008 por la aparición de una crisis económica de índole financiera y bursátil que se dirigirá especialmente hacia los países desarrollados y, en concreto, europeos con la escondida intención de hacer quebrar el Estado de Bienestar y sus instituciones. Pero la pregunta, entonces, no dejará de ser la siguiente: ¿a quién le interesa y por qué este desmesurado ataque a los Estados de carácter social y de derecho?

 

LOS ANTECEDENTES TEÓRICOS DE LA SITUACIÓN

 

No se puede olvidar que la Globalización ha sido un proyecto largamente planificado por los defensores del Estado mínimo que desde la década de los años ochenta del siglo pasado buscaron crear un estado de opinión contrario al Estado de Bienestar y al funcionamiento de sus instituciones [2]. Coincide esta acometida con el renacer teórico de un conjunto de teorías sociológicas en las que reaparece, como si de un zombie en épocas de Halloween se tratase, la obra de Adam Smith y singularmente su “Teoría de los sentimientos morales” [3]. No se rescata, por tanto, la “Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” [4] de Smith, cuanto un tratado más centrado en cuestiones morales, si así pueden llamarse las tesis de Adam Smith, más que en asuntos económicos o gubernamentales. De este modo, la “Teoría de los sentimientos morales” va a significar el fundamento ideológico de la concepción liberal y posterior concepción neoliberal de la sociedad.

 

Para Adam Smith la ley general de las sociedades, siguiendo el Contractualismo inglés de Locke y el Empirismo de Hobbes, se estructura sobre el egoísmo considerado como sentimiento moral. A partir de esta afirmación el cálculo de utilidad se introduce como relación normal entre los ciudadanos. Afirmará Adam Smith:

 

“No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero de la que esperamos nuestra cena, sino del cuidado que pone en su propio interés. No nos dirigimos hacia su humanidad sino a su egoísmo, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas. Sólo un mendigo escoge depender básicamente de la benevolencia de sus conciudadanos. Y ni tan siguiera un mendigo depende de ella por completo. Es verdad que la caridad de las personas de buena voluntad le suministra todo el fondo con el que subsiste. Pero aunque este principio le provee en última instancia de todas sus necesidades, no lo hace ni puede hacerlo en la medida en que dichas necesidades aparecen. La mayor parte de sus necesidades ocasionales serán satisfechas del mismo modo que las de las demás personas, mediante trato, trueque y compra.” [5]

 

El mercado y la propiedad privada se constituyen en los dogmas de una percepción de la realidad en la que, como afirma C.B. Macpherson, se consolida el individualismo posesivo [6], pero no sólo se afianza una cosmovisión histórica sino una economía que llega hasta nuestros días en forma radicalizada.

 

Con ello, la naturaleza humana deja de explicarse mediante una sociabilidad en la que los otros individuos tienen una idéntica condición y singularidad, cuanto que ahora los individuos van a ser clasificados y definidos a partir de su relación con la propiedad privada. El tener se sobrepone al ser, y todos los ciudadanos van a ser considerados en relación a la posesión, o no, de riqueza y posesiones. El individualismo posesivo, entonces, se convierte en el criterio para catalogar a los sujetos, entrando en casi una metafísica de la rentabilidad y el cálculo del interés. En estas condiciones, nada más contrario al individualismo posesivo que el imperativo categórico de Kant [7]. El “no desees a otro lo que no quieras para ti” será la antítesis del pensamiento hobbesiano en el que el estado presocial enfrenta a unos individuos con otros. En este estado presocial el egoísmo va mutándose en ambición, la ambición en avaricia y la avaricia en usura. El dinero gobernará las relaciones sociales, y como afirmaba Shakeaspeare en “Timón de Atenas”:

 

“¡Oro!, ¡oro maravilloso, brillante, precioso1 ¡No, oh dioses, no soy hombre que haga plegarias inconsecuentes! (Simples raíces, oh cielos purísimos!) Un poco de él [el dinero] puede volver lo negro, blanco; lo feo, hermoso; lo falso, verdadero; lo bajo, noble; lo viejo, joven; lo cobarde, valiente (¡oh dioses! ¿Por qué?) Esto va a arrancar de vuestro lado a vuestros sacerdotes y a vuestros sirvientes; va a retirar la almohada de debajo de la cabeza del hombre más robusto; este amarillo esclavo va a atar y desatar lazos sagrados, bendecir a los malditos, hacer adorable la lepra blanca, dar plaza a los ladrones y hacerlos sentarse entre los senadores, con títulos. Genuflexiones y alabanzas; él es el que hace que se vuelva a casar la viuda marchita y el que perfuma y embalsama como un día de abril a aquella que revolvería el estómago al hospital y a las mismas ulceras. Vamos, fango condenado, puta común de todo el género humano que siembras la disensión entre la multitud de las naciones, voy a hacerte ultrajar según tu naturaleza.” [8]

 

La habilidad que el dinero tiene para alterar las capacidades y cualidades de las cosas únicamente es comparable con la dimensión trastocadora que el capitalismo, en cuanto reino y dominio del dinero, tiene para permutar los procesos sociales e históricos. En este dominio del patrimonio en su modificación hacia su paso a capital financiero, la alteración de todas las estructuras humanas y colectivas va a ser su función primordial. De esta forma, desde el siglo XVII en el que Shakeaspeare escribe su “Timón de Atenas” hasta el actual siglo XXI se asiste al avasallamiento de los individuos por la arbitrariedad del despotismo totalitario del dinero. Pero no se trata de hacer juicios morales sino de tratar de comprender cómo hemos llegado a una sociedad disonante [9] en la que el sometimiento de los pueblos y de los ciudadanos a la tiranía de la plutocracia contemporánea requiere un estudio pormenorizado.

 

En consecuencia, el mercado con sus tasas de interés-inversión se teologiza en la filosofía económico-política de Adam Smith. La mano invisible garantiza los movimientos mercantiles y la eficacia del poder monetario y financiero. El egoísmo “construye” el orden social y, ante todo, el orden moral. La egolatría con la que el capitalismo erige al becerro de oro bíblico en la criatura sobrenatural que regenta con mano de hierro el gobierno de las pobres criaturas humanas, nos recuerda algunos pasajes mitológicos sobre la creación del mundo. Y en efecto, mientras Prometeo dio el fuego a las miserables criaturas humanas haciéndolas humanizarse, Mefistófeles, por su parte, arrebató su alma a los hombres entregándoles el dinero como símbolo demoníaco y corruptor de su poder. Escribe Goethe refiriéndose a Mefistófeles:

 

“¡Qué diablo! ¡Claro que manos y pies,
Y cabeza y trasero son tuyos!
Pero todo esto que yo tranquilamente gozo,
¿es por eso menos mío?
Si puedo pagar seis potros,
¿No son sus fuerzas mías?
Los conduzco y soy todo un señor
Como si tuviese veinticuatro patas.”
[10]

 

El artificio de la mano invisible que construye sobre un “orden espontáneo” lo que es cálculo e interés, posibilitó que las poblaciones fuesen interiorizando un sistema económico, político y social fundado en la desigualdad, la falsedad y la injusticia. Mefistófeles se constituye en la deidad que no representa simbólicamente ni el bien, ni la bondad ni la belleza, sino la idolatría de las peores características de la especie humano, solamente que alteradas y asumidas por el poderoso salvoconducto del dinero y de sus privilegios. Así, desde el siglo XIX el capitalismo se implanta mediante un darwinismo social que acumula dentro de las sociedades europeas mediante un trabajo intensivo y explotador de la clase obrera; y fuera en las colonias a partir de un aprovechamiento exacerbado de las materias primas y de las poblaciones indígenas de los pueblos colonizados. La doble estructura del planeta que llegará hasta nuestros días no dejará de ser: explotación económica en los países del Tercer y Segundo Mundo y alienación ideológica en los países del mal llamado Primer Mundo. La consecuencia de ello no dejará de ser sino el triunfo de la Geopolítica del Caos. [11]

 

Se puede afirmar, en consecuencia, que el triunfo del mercado frente al Estado ha sido el fenómeno más característico de la llegada de la Globalización desde finales de los años noventa del siglo pasado y primera década del XXI. Lo cierto, no obstante, no dejará de ser el hecho de la absoluta alteración de las sociedades heredadas del modelo de la Guerra Fría. Alteración relativa en cuanto que el sistema capitalista se ha fortalecido hegemónicamente pero que, a la vez, se ha metamorfoseado mostrando más claramente sus funciones latentes que, ahora, se vuelven más explicitas y evidentes sus objetivos y estrategias. La paradoja, pues, resulta contradictoria; esto es, la Globalización reproduce de manera exacta las singularidades de lo que Habermas denominaba capitalismo tardío, aunque en el momento presente este tipo de sistema entra en una profundísima crisis sistémica en la que la inestabilidad y los desequilibrios de toda índole se van a ir agudizando peligrosamente.[12] Sin embargo pese a la aparente incertidumbre que acecha a la generalidad de instituciones y procesos, hay que referirse en contrapartida a la férrea organización de la nueva legitimación del poder que podríamos denominar como legitimación elitaria. A continuación precisaremos este planteamiento y situaremos las acentuadas modificaciones que se han producido en el proceso de legitimación del poder y sus estructuras.

 

LOS CAMBIOS EN LAS FORMAS DE LEGITIMACIÓN SOCIAL

 

Habermas escribió un análisis muy detenido sobre las transformaciones que la legitimación política y social ha experimentado en el capitalismo tardío. [13] Siguiendo el planteamiento efectuado por Weber sobre los tipos de poder, [14] Habermas matiza que se ha entrado en una desmedida deslegitimación de los modos de dominación social por influencia de la crisis sistémica contemporánea que afecta, principalmente, al sistema legal burocrático del neocapitalismo. En este sentido, Weber distingue entre el poder tradicional propio de las sociedades primitivas y que se corresponde con la forma de autoridad basada en creencias y en su origen sagrado. La personalidad del jefe y el linaje conforman unos elementos simbólicos a partir de los que se obedece esta forma de dominación colectiva.

 

A su vez, la legitimidad carismática es propia de sociedades pre-industriales y surge cuando un determinado grupo resuelve mediante tales cualidades de un jefe carismático su sistema de expectativas colectivas, en gran medida, con un fuerte componente imaginario. El carisma del líder de nuevo introduce elementos simbólicos para mantener este estado personificado entre el poder y sus seguidores. Sin embargo, va ser la legitimidad legal-racional la que prevalece en las sociedades desarrolladas. Weber subraya la impersonalidad de la ley y el consenso social como las características primordiales de este modo de autoridad. Frente a la fuerza y la violencia la garantía de la racionalidad y de la ley son las referencias que hace legítimas este tipo de organización del poder colectivo.

 

Ahora bien, Habermas va a observar que la aparición de una profunda crisis sistémica conlleva que el denominado como capitalismo tardío entre en una dinámica que altera las condiciones de la legitimidad racional legal, enfocando hacia un modelo de sociedad en el que prevalecen nuevas condiciones geopolíticas que modifican la lógica de toda la estructura en su conjunto. Este reciente capitalismo tiene que entenderse como el evidente triunfo de la Globalización, pero de una Globalización en la que la geopolítica internacional ha modificado los elementos de equilibrio entre sociedad y Estado, entre economía y política. Nos encontramos, pues, en un momento en el que ese capitalismo organizado al que Weber se refirió se sustituye por el capitalismo del desorden, al que el sociólogo alemán denominó también como ruin y despreciable.

 

En estas condiciones, la legitimidad social se perturba con procedimientos más cercanos a una profunda vulneración de la racionalidad colectiva y de la ética política. Se entra, por tanto, en una fase en la que, asimismo, la legitimidad social recibe un fuerte socavamiento de sus fundamentos legales y efectivos. De esta forma se van vulnerando las formas de consenso de la autoridad y los mecanismos de elección pública de los representantes políticos. Se podría hablar del paso de la legitimidad legal-racional a legitimidad elitaria o de fuerte carácter minoritaria en democracias pactadas entre grupos de poder, influencia y presión. Con ello, se haría cierta la teoría de Pareto cuando precisaba que la circulación de las élites era el único motor de cambio de las sociedades. [15] Pero en la Globalización esta circulación tendrá particularidades muy significativas.

 

Christopher Lasch en su libro “La rebelión de las élites” comenta en relación a la democracia actual lo siguiente:

 

“La creciente insularización de las élites significa, entre otras cosas, que las ideologías políticas pierdan el contacto con las preocupaciones de los ciudadanos corrientes. Como el debate político se restringe casi siempre a las ‘clases parlantes’, como se las ha caracterizado acertadamente, cada vez se vuelve más cerrado y formulístico. Las ideas circulan y vuelven a circular bajo la forma de cuchicheos y reflejos condicionados. La antigua discusión entre la izquierda y la derecha ha agotado su capacidad de clarificar los temas y proporcionar un mapa fiable de la realidad. En algunos ámbitos se pone en cuestión la propia idea de realidad, quizá porque las clases parlantes habitan un mundo artificial en el que los simulacros de la realidad sustituyen a las cosas mismas.” [16]

 

Como afirmaba Jean Baudrillard, [17] los simulacros han acabado sustituyendo lo real y en lo que de existencia objetiva y auténtica presenta aspectos de falsedad, siguiendo este planteamiento Lasch asentirá en la confusión de nuestros días a la hora de discernir la falta de substantividad del poder y de las ideologías en un tiempo en el que la confusión actúa a favor de la aparición de “la democracia débil” del mismo modo que “el pensamiento débil” se ha adueñado del conocimiento y la reflexión. [18] Pero lo distintivo de esta “democracia débil” será la devaluación del consenso y de la selección de los representantes políticos en función de pertenencia a una determinada ideología. Lasch continúa su análisis cuando observa:

 

“En cualquier caso, tanto las ideologías de izquierda como las de derechas son tan rígidas en la actualidad que las nuevas ideas influyen poco en sus adictos. Los fieles se han aislado de los debates y los acontecimientos que podrían cuestionar sus convicciones, y ya no intentan entrar en discusión con sus adversarios. Sus lecturas consisten en su mayor parte en obras escritas desde un punto de vista idéntico al suyo. En lugar de participar en discusiones desconocidas, se contentan con clasificarlas como ortodoxas o heréticas. La denuncia de la desviación ideológica en ambos bandos absorbe energías que sería mejor invertir en la autocrítica, cuya decadencia en una tradición intelectual es la señal segura de su agonía.” [19]

 

La desaparición de las ideologías políticas a las que Daniel Bell festejó en su obra, [20] no ha conllevado la formación de un mundo más justo y libre sino todo lo contrario. La inestabilidad geopolítica del planeta en la neocolonización contemporánea [21] ha traído como consecuencia la devaluación de las estructuras de la democracia mediante la desvalorización de las élites políticas. Como considera Lasch la decadencia intelectual y moral de los responsables políticos se hace cada vez más manifiesta. La “construcción” artificial de los líderes se ha convertido en un asunto más del marketing publicitario que de la acción pública. El politiqueo ha acabado en marrullería y maniobras que impiden llegar al poder a los auténticos gobernantes y dirigentes capacitados para el bien común. Así, la legitimación legal-racional se transmuta en mercadotecnia y la honestidad se convierte en corrupción y cohecho. Y en este estado de cosas quienes pierden serán evidentemente los ciudadanos.

 

Por consiguiente, la Globalización ha provocado una grave modificación de las estructuras del poder y sus niveles de organización. La autoridad se va subjetivizando hasta pasar a ser el privilegio de unas minorías que toman su preponderancia de la pertenencia familiar o a unos grupos que detentan el privilegio social. El principio elitario se ha reforzado en los tiempos globalizadores sustituyendo la democracia del capitalismo de masas, heredada desde los finales de la Segunda Guerra Mundial, por un modelo político en el que cada vez son más cerrados los mecanismo de movilidad ascendente para la población común. Según Bourdieu el capital simbólico separaría tajantemente a minorías y mayorías, [22] llegando a una situación que recuerda la división jerárquica de las sociedades en estamentos muy delimitados; y en los que los niveles culturales separarían inflexiblemente las diferentes clases sociales, dándose el caso de un gobierno casi mundial controlado por élites transnacionales muy vinculadas entre sí y en sus intereses. La derrota de la convicción de Weber en un triunfo de la legitimidad legal-racional se comprueba con el retorno del poder tradicional y carismático en numerosas partes del planeta y la interrupción del cambio de las sociedades en la búsqueda de un progreso civilizador en su sentido de prosperidad y perfeccionamiento para todos los habitantes y sociedades.

 

CONSECUENCIAS DEL PODER DEL PRINCIPIO MINORITARIO EN LOS TIEMPOS DE LA GLOBALIZACIÓN

 

Las contradicciones en las que se han incurrido a partir de nuevo capitalismo tardío globalizado, ha dado lugar a unos análisis sociológicos, politológicos o teóricos que buscan señalar las paradojas en las que estamos inmersos en los comienzos del nuevo milenio. La denominación de la sociedad en la que nos estamos adentrando, se expresa de muy diferentes formas, para unos autores se trata de una sociedad informacional, para otros de la sociedad postmoderna, otros la sociedad disonante o la sociedad neocapitalista globalizada. [23] En general, se coincide en una reciente etapa en la que las profundas contradicciones reflejan la incoherencia y las paradojas del sistema económico, social y cultural en el que vivimos.

 

Para delimitar las contradicciones actuales hay que situar como eje central el funcionamiento del principio minoritario que define y representa al resto de fenómenos de la Globalización.
A partir de la consolidación de ese capitalismo ruin al que se refería Max Weber, se puede hablar de un mosaico de procesos que como si fuera un rompecabezas, se ha convertido en esas disonancias contradictorias de nuestra época. Entre estas contradicciones vinculadas a un poder cada vez menos legitimado por la racionalidad sino por la incoherencia, la confusión y la estupidez. En este sentido, Peter Bachrach en la “Crítica de la teoría elitista de la democracia” se hacía una serie de preguntas que todavía siguen vigentes.

 

“Si la responsabilidad por la supervivencia de la democracia descansa en las élites y no en la masa del pueblo, como afirma Key, ¿cuáles son exactamente los requisitos que debe satisfacer una élite para cumplir con esa responsabilidad? ¿Bastará con que adhiera a las reglas del juego en la lucha por promover su propio interés? ¿O debe trascender tales intereses egoístas y ejercer vigilancia sobre el sistema junto con otras élites? En síntesis: ¿deben combinar las élites responsableas ‘autonomía con cooperación’, conflicto con consenso? El profesor Key sortea en general este problema, pero acota al pasar: ‘En el estrato superior de activistas debe imperar consenso acerca de las reglas técnicas por las que se rige el funcionamiento del sistema’. Un creciente número de científicos sociales han prestado atención, sin embargo, al problema de la necesidad y de la factibilidad del consenso de las élites en una democracia.” [24]

 

En este texto se va a resumir el problema principal de nuestro tiempo: la relación entre minorías y mayorías en las sociedades globalizadas. Este problema sacude a las sociedades del Primer Mundo, pero también a las del Segundo y Tercer Mundo. No es un asunto menor esta cuestión, ya que muchos de los conflictos de la Globalización se derivan en gran medida de este tema. El vacío de legitimación legal-racional refleja dramáticamente el rumbo emprendido por la ilegalidad que conduce a la arbitrariedad y al abuso. En estas condiciones, la concentración del poder en muy pocos sectores económicos y políticos ha degenerado en una centralización de los mecanismos institucionales y corporativos de dominación de las sociedades. Es indicativo el análisis de Herbert Schiller para quien la economía y la tecnología funcionan al unísono en los procesos de crisis. En “Aviso para navegantes” [25] la condensación del poder que está produciendo el uso de las nuevas tecnologías sirve para dar a las jerarquías económicas políticas y culturales un barniz de autoridad y legitimidad. De nuevo, los simulacros imitativos crean unas ficciones sobre los gestores del poder colectivo que ocultan la impostura con la que se finge una inexistente dignidad. La propaganda política [26] será, por tanto, el velo y la nube de confusión que oculta la degradación de la democracia que están sufriendo las sociedades contemporáneas.

 

Para explicar las consecuencias que están ejerciendo las alteraciones del principio de legitimidad en la actualidad, será necesario un repaso sobre los efectos que se producen en diferentes ámbitos de la vida social. A continuación se hará un repaso de las repercusiones colectivas que la democracia débil ejerce en muy variados y heterogéneos conflictos y problemas de nuestros días. En este sentido se analizarán las cuestiones más relevantes que caracterizan la complejidad de una Globalización centrada, principalmente, sobre un modelo económico en el que prevalece el dominio minoritario sobre la economía en detrimento de la colectividad y de los grupos más desprotegidos en un sistema, en el que los todopoderosos conglomerados industriales, mercantiles y comunicativos se han hecho con el poder del planeta.

 

De esta forma, se podría parafrasear a André Gunder Frank [27] cuando hablaba del desarrollo del subdesarrollo, como un modelo de economía derivada del tipo de mecanismos y estrategias bursátiles y económicas definidas por sus intereses en evitar que las naciones proletarias, como las definían los autores de las teorías de la Dependencia, no pudieran salir de las condiciones sociales de un atraso planificado de manera puntual y calculado.

 

Pues bien, los efectos más notorios de la alteración de los principios legales y racionales de la legitimidad fundada sobre fundamentos de justicia y bien común, no pueden dejar de ser más que la desintegración y envilecimiento de las sociedades y de los ciudadanos. El aumento de la anomia social se hace evidente entre la población que es sometida de forma exagerada a los conflictos y dificultades de la crisis y los desequilibrios del neocapitalismo de la Globalización. Y entre algunos de estas contradicciones no pueden dejarse de subrayar los siguientes: incremento al alza del paro en la ciudadanía, intensificación de unas emigraciones que más bien son expatriaciones de grandes zonas geográficas debidas a la pobreza y a la total ausencia de condiciones de vida digna, intensificación de la marginalidad y las más variadas formas de delincuencia, supresión de sistemas de protección social como sanidad, educación o seguros de derecho a la jubilación y vejez, extensión del analfabetismo en grandes sectores de habitantes y zonas geográficas, renacer de nuevas desigualdades que se creían superadas como la mayor discriminación a las mujeres, y ello unido al incremento de la crueldad y violencia hacia los débiles como niños o ancianos, la degradación de mujeres, de la infancia indefensa hace aparecer unas recientes formas de prostitución y trata de personas que entran en redes de corrupción y alienación personal y social…; en definitiva, el universo de Mefistófeles se convierte en el mundo del envilecimiento y de la degradación.

 

Pero la gran paradoja surge cuando detrás de casi todas estas injusticias y humillaciones aparecen lucrativos negocios y beneficios sustanciales. La especulación monetaria, el tráfico de personas, la movilidad de poblaciones ya sean para trabajar en condiciones vergonzosas o para comerciar en negocios de prostitución, trapicheo y cambalache que mueven cientos de miles de millones por redes económicas invisibles o tecnológicas. Todo un tráfico que conforma los retículos de una red planetaria de cierta urdimbre y tejido empresarial, y que es gestionada de la misma forma que se tramitan y negocian las diligencias y expedientes de un negocio, de idéntico modo como hacían los negreros del siglo XIX mientras estipulaban sus ganancias y operaciones mercantiles a partir de la esclavitud y de la crueldad. Un planeta al servicio del mundo del dinero como si se tratase de una plantación o de una finca de unos amos que son dueños y terratenientes que se reparten la tierra y sus cultivos. Pero estos nuevos patronos y propietarios de la Globalización tienen inéditas características, y entre ellas y una de las más significativas está su sensación de que nunca tienen bastantes, de que sus riquezas no son suficientes y que necesitan más. La ansiedad y la avidez les hacen vivir en un estado de incertidumbre y de angustia. Angustia que les exige existir atrincherados, en un permanente estado de temor: el miedo a los otros, el pánico de Mefistófeles al bien, a la bondad, a la verdad y a la belleza.

 

RAZÓN CÍNICA O “LAS VIRTUDES” DEL GESTOR

 

Peter Sloterdijk en su “Crítica de la razón cínica” [28] dedica el capítulo cuarto de su libro al cinismo político. Las referencias a la república de Weimar son constantes en el análisis de Sloterdijk principalmente por la falsedad y el disimulo que a lo largo de los años de su gobierno (1920-1933) esta república hizo gala en sus actuaciones y prácticas. No podemos olvidar que el ascenso de Hitler a la Cancillería en gran medida fue una consecuencia del gobierno de los años de Weimar.

 

En la obra se comenta:

 

“La socialdemocracia permitió que su enemigo político se burlara de ellos. Ella aceptó su herencia política si haber comprobado antes si estaba muerta. Mientras que los responsables de la guerra y la derrota se habían establecido en el extrajero o habían desaparecido en la fanfarronada de la oposición nacionalista, los socialdemócratas, con Friedrich Ebert y Gustav Noske a su cabeza, se arriesgaban a presentarse como poder de orden en una nueva situación de máxima ambigüedad revolucionaria-contrarrevolucionaria. Un antiguo complejo de talante socialdemócrata pareció surgir de nuevo. Ya en 1915, la socialdemocracia había demostrado que estaba dispuesta a asumir la línea patriótica cuando se trataba de abrir camino se trataba de abrir camino hacia la guerra mundial. De este modo quería demostrar en 1919 cuán capacitada estaba para gobernar cuando se trataba de administrar las catástrofes de los otros. En cuatro años dijo dos veces sí a lo injustificable rechinando los dientes. En las dos ocasiones se resintió como el partido del realismo trágico de la apariencia en Alemania. Para aparecer lo más responsable lo más responsable y realista posible aceptó la responsabilidad de los errores y delitos de otros, se convirtió en colaboradora del guillermismo nacionalista. Con su comportamiento redujo al absurdo la oposición expuesta por Max Weber entre ética de la ideología (‘línea pura’) y ética de la responsabilidad (‘mirada a lo existente’). Pues practicaba un talante de la responsabilidad: disposición a la responsabilidad como sustituto de la ideología, un realismo formal como sustituto de la actuación constructiva referida ala situación. No quiso comprender que incluso una simple pero verdadera reforma precisa un núcleo revolucionario, y, por ese motivo, estranguló cruelmente la fuerza democrática con voluntad de cambio en la Alemania de después de 1918. Quería reformas sin acciones reales y, de esta manera, alcanzó el grado más elevado de conservación e incluso de restauración.” [29]

 

Como afirma Sloterdikj en la republica de Weimar, antesala del Nazismo, la desintegración de las instituciones y la descomposición del Estado determinaron un marcado deterioro de la sociedad alemana en el que las políticas de los hombres público, tanto socialdemócratas como conservadores, van a corromper y socavar la administración del país. De este modo, el inicio de la política cínica de la república de Weimar va a degenerar en una inmensa corrupción como signo de la posterior catástrofe bélica.

 

Fritz Lang en su film “Metrópolis” refleja una escena en la que banqueros, políticos y prostitutas bailan y se agitan ante el imperio del dinero en una danza que será el preámbulo y la premonición de la Guerra Mundial. [30] El presentimiento del drama cercano está captado de forma precursora en la película expresionista anticipándose a la fatalidad a la que han conducido la avaricia de unos y la ruindad de los otros. Pero en este universo de sordidez los ciudadanos serán las primeras víctimas de semejante caos económico y confusión política.
Tras la Segunda Guerra Mundial y con la reconstrucción de las sociedades europeas destruidas por el conflicto se tratará de recuperar un modelo político y social en el que prevalezca políticamente un tipo de democracia acorde con los intereses de quienes han ganado la guerra.

 

Ahora bien, la división geopolítica de la Guerra Fría marcará esta reconstrucción en la que prevalecerá el interés defensivo tanto en los países del Oeste como del Este, y en los que el miedo a una amenaza nuclear será uno de los pilares ideológicos de este estado de cosas. Con la caída o derrumbe del Muro de Berlín se inicia una nueva fase en el capitalismo tardío con la consolidación de la Globalización como economía dominante y hegemónica, coincide esta situación con la difusión de una perspectiva cultural que se hará preponderante desde el final de los años ochenta del siglo pasado en casi todos los niveles relacionados con el ambiente creativo y cultural. Nos estamos refiriendo al triunfo de la Postmodernidad, entendida, tal y como muy bien matiza Fredric Jameson, en su libro titulado “El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado”. [31] Para Jameson, Globalización y Postmodernidad son fenómenos que se interrelacionan mutuamente; es más, son inseparables en cuanto ambos fenómenos representan “el espíritu de la época”. Esto significa que haría cierta la concepción marxiana según la cual a una determinada economía le corresponde una específica ideología con la que los individuos se adaptan e integran en su sistema social. De este modo, en una etapa caracterizada por la geopolítica de la confusión su ideología más representativa no puede dejar de ser más que la mezcolanza de los pastiches que caracterizan a la cultura postmoderna. Jameson presentando su obra resumen en estos aspectos sus principales ideas:

 

“La exposición presentará sucesivamente los siguientes rasgos constitutivos del posmodernismo: una nueva superficialidad que se encuentra prolongada tanto en la ‘teoría’ contemporánea como en toda una nueva cultura de la imagen o el simulacro; el consiguiente debilitamiento de la historicidad, tanto en nuestras relaciones con la historia oficial como en las nuevas formas de nuestra temporalidad privada, cuya estructura ‘esquizofrénica’ (en sentido lacaniano) determina nuevas modalidades de relaciones sintácticas o sintagmáticas en las artes predominantemente temporales: un subsuelo emocional totalmente nuevo –podríamos denominarlo: ‘intensidades’- que puede captarse más apropiadamente acudiendo a las antiguas teorías de lo sublime; las profundas relaciones constitutivas de todo ello con una nueva tecnología que en sí misma representa un sistema económico mundial completamente original; finalmente, y tras un breve repaso de las modificaciones posmodernistas de la experiencia vivida del espacio urbano en cuanto tal, añadiré algunas reflexiones sobre la misión política del arte en el nuevo y atribulado espacio mundial del capitalismo multinacional avanzado.” [32]

 

La Postmodernidad, pues, será el componente ideológico de un ideario en el que se difunden los valores, símbolos, códigos de conducta y estilos de vida adecuados a la economía neoliberal y su armazón político. Se trata entonces de una cosmovisión en la que, como ya hemos subrayado en la obra de Sloterdikj, se destaca la acción de una racionalidad cínica que se deriva de la racionalidad instrumental estudiada por Max Horkheimer [33] de manera pormenorizada. Este modelo de racionalidad instrumental aglutina algunos de los temas del pensamiento empirista de Adam Smith y determinadas cuestiones de la moral del individualismo posesivo característica del narcisismo egoísta de la filosofía utilitarista. Únicamente que esta ideología del liberalismo hacia el neoliberalismo agudiza los argumentos más centrados en la indiferencia y en la carencia de empatía con los otros. Con ello nos encontramos en la apoteosis de una egolatría humana y social que será definida por Gilles Lipovetsky como era del vacío. [34]

 

Para analizar cómo repercute esta condición postmoderna sobre la población y de forma especial sobre las élites económicas y políticas se hace necesario caracterizar algunas de las particularidades de la ideología posmoderna, estando entre éstas:

 

  • El cinismo se convierte en una psicología superpuesta a los individuos.
  • La banalización y la trivialización se convierten en las señas distintivas del pensamiento débil.
  • El narcisismo pasa a ser la psicología social dominante.
  • La moda y “el estar a la moda” se erige en la actividad postmoderna básica.
  • El consumo aparece como la interacción habitual de la existencia en los tiempos postmodernos.
  • Todo ello concluye en que la crueldad y el sadismo se hacen conductas corrientes y habituales.

 

Como se observa, nos encontramos ante una radical transformación de los marcos sociales de la acción colectiva, y en esta variación la legitimidad elitaria de las minorías se constituye en el principio general de organización de las sociedades. En estas condiciones, la Globalización económica se va a distinguir por sus ataques a los derechos sociales conseguidos a lo largo de la Historia en Occidente, siendo la arremetida irracional contra el Estado de Bienestar y los sistemas de movilidad ascendente su agresión más planificada y calculada.

 

La crisis económica que desde el año 2008 se genera desde los centros financieros y especulativos internacionales se corresponde con el cambio de mentalidades llevado a cabo por la Postmodernidad y su modelo político-cultural. La aparición de una clase política singularizada principalmente, por la racionalidad cínica se impone en las democracias occidentales, pero asimismo en las recientes transformaciones de los países orientales y subdesarrollados. Se asiste a la mutación de la clase política en un conglomerado de gestores y mandatarios más centrados en sus grupos de interés y de poder que en el beneficio del bien común de los ciudadanos. Pero, ahora, la corrupción se hace cínica y sarcástica, alterándose de nuevo las características y cualidades auténticas por esos simulacros mediáticos tan habituales en el momento presente. Como escribió Shakespeare sobre el dinero, la razón cínica transmuta lo blanco en negro, lo bueno en retorcido o lo ético en mero interés. La transmutación de los valores, tema por lo demás tan nietzscheano, se hace cierto pero no como transformación de los errores del pasado, sino como insolente y grosero cambio político basado en los intereses personales y la fanática protección de los intereses de los fuertes y de los poderosos.

 

LA CONTRAUTOPÍA EN LA GLOBALIZACIÓN

 

El Renacimiento fue el tiempo de la creación de las grandes Utopías. Siguiendo el proyecto planteado en la República platónica, el ensueño de crear un mundo mejor y más justo movió las ilusiones colectivas en la búsqueda de sociedades ideales. Desde Tomás Moro, a Tommaso Campanella o Francis Bacon las Utopías removieron conciencias y sueños colectivos. [35] Los utopistas no fueron ingenuos quijotes sino autores críticos con su tiempo, y el destino final de muchos de ellos confirma esta posición valiente y libre ante el poder. Las Utopías, por tanto, han guiado a lo largo de la Historia los deseos de trazar sociedades en las que se hiciera cierta la realización de la justicia, la libertad y la emancipación humana.

 

Sin embargo, el Siglo XX será el tiempo de las contrautopías o distopías y ello debido fundamentalmente a la misma evolución del siglo en el que el desencanto y la frustración social con las dos Guerras Mundiales, las crisis económicas, los desequilibrios geopolíticos, la inestabilidad laboral o la gigantesca anomia que sacudirán a la gran mayoría de países y ciudadanos.

 

En este contexto se crearán los planteamientos de una visión pesimista de los cambios históricos y colectivos. Aparecen una serie de ficciones, pero también de ideologías, en las que la decepción y el desánimo cunden de manera generalizada dando origen a la crítica radical hacia las teorías políticas revolucionarias. Entre estas Contrautopías las más relevantes van a ser “El mundo feliz” [36] de Aldous Huxley y “1984” [37] de George Orwell. Estas dos novelas describen con gran desesperanza el fracaso de construir sociedades justas y felices. Tanto Huxley como Orwell tienen presentes a las concepciones utópicas de características socialistas y comunitarias. El triunfo del liberalismo después de la Segunda Guerra Mundial les parece tanto a Orwell como a Huxley la garantía del logro de sociedades no dominadas por partidos totalitarios y aunque en sus trayectorias vitales ambos autores simpatizaron con programas de izquierda, sin embargo su rechazo y desencanto a estas propuestas se va a hacer visible a lo largo de sus obras. En este sentido, reaparecen unos relatos literarios en los que se invierten los ideales centrales de las utopías renacentistas. El progreso se interpreta como retroceso e involución, la educación se sustituye por la violencia o la mera formación tecnológica, la racionalidad es presentada como uno de los principales males de la Humanidad, y de este modo, las Contrautopías se erigen en narraciones en las que se dan la vuelta a los ideales ilustrados y de igualdad que desde la Grecia clásica movieron las transformaciones históricas.

 

Hasta ahora nos hemos referido de manera principal a los relatos novelados contrautópicos, pero conjuntamente con estas novelas pseudosfuturistas hay que referirse a un conjunto de teorías políticas antiutópicas o, también, teorías que incorporan planteamientos neoconservadores y neoliberales de índole regresivo y de propuestas antimodernidad o antimodernistas. Nos estamos refiriendo, sobre todo, a algunas posiciones del llamado anarcocapitalismo, y entre estas perspectivas hay un estudio muy significativo de tales posturas. Se trata de la obra de Robert Nozick “Anarquía, Estado y Utopía” [38] publicado originalmente en 1974 y traducido al español en 1988. En este estudio nos encontramos con uno de los pilares más evidentes de la ideología neoliberal. La radical oposición a la idea de Estado distributivo o del Bienestar se conjuga con un ataque a la existencia misma de Estado. Con ello se retorna al individualismo posesivo al que nos hemos referido al inicio de nuestro estudio y, a la par, a algunos de los planteamientos de Adam Smith y su “Teoría de los sentimientos morales”.

 

En efecto, Nozick recupera algunos de los planteamientos del liberalismo convirtiendo a éstos en ultraliberalismo; es decir, se radicalizan los principios de la ideología heredada del Contractualismo inglés subrayándose los elementos más cercanos al anarquismo antiestatal. El Estado se convierte en el enemigo absoluto de las políticas neoliberales tanto sociales, culturales como económicas. En estas condiciones, el Estado mínimo [39] se constituye en la garantía institucional, o podríamos decir antiinstitucional, de las sociedades regidas por ese estado de eliminación de las instituciones de gobierno. Para Nozick la libertad debe anteponerse a la justicia, pero teniendo en cuenta que se trata de la libertad económica que debe prevalecer sobre el resto de libertades. Es muy curioso que en ese sistema ácratacapitalista la ordenación de los negocios empresariales, sin embargo, se salvaguarda con sólidas medidas jurídicas denotando con ello que la desorganización social no se corresponde con la perturbación y la ilegalidad de las especulaciones bursátiles o las ganancias financieras. El libro de Nozick finaliza con una alabanza a ese Estado mínimo. El autor neoliberal afirmará en el epígrafe titulado “Un marco para la utopía”:

 

“El marco para la utopía que hemos descrito es equivalente al Estado mínimo. El argumento de este capítulo comienza (y se mantiene) independientemente del argumento de las partes Primera y Segunda y converge en su resultado: el Estado mínimo, desde otra dirección. En nuestro análisis de este capítulo no tratamos el marco más que como un Estado mínimo, pero no hicimos ningún esfuerzo para construir explícitamente este análisis sobre nuestra anterior exploración de agencias de protección. (Porque quisimos la convergencia de dos líneas independientes de argumento.) No necesitamos enredar nuestra explicación de aquí con la anterior sobre agencias de protección dominantes, aparte de hacer notar que cualesquiera que sean las conclusiones a las que las personas lleguen sobre el papel de una autoridad central (los controles sobre ella, etcétera), conformarán la forma y estructura (internas) de las agencias de protección de los que escojan ser clientes.” [40]

 

Como se observa, el marco del Estado mínimo necesita, no obstante, la existencia de compradores y consumidores en un contexto de anarquía institucional, de aquí que Nozick tenga que referirse a unas agencias que defiendan a los ciudadanos que han sido reducidos a clientela compradora. De esta forma, la paradoja de ese tipo de Estado mínimo tendrá que salvaguardar el flujo empresarial ante un público que queda indefenso ante el Mercado y su tráfico de mercancías. La creación de las agencias suple las administraciones estatales deviniendo en delegaciones de ese estado anarcocapitalista. La contradicción, pues, no deja de ser sino la necesidad de crear unos encargados en esas agencias. Esos encargados serán los políticos, o más bien la clase política que ahora serán más bien comisionistas y corredores de bolsa en el incesante movimiento de negocios de esa “Utopía” ultraliberal. Continuará Nozick en la conclusión final del libro:

 

“Sostuvimos en la Primera Parte que el Estado mínimo es moralmente legítimo; en la Segunda Parte sostuvimos que ningún Estado más extenso podría ser moralmente justificado, que cualquier Estado más extenso violaría (violará) los derechos de los individuos. Este Estado moralmente favorecido, el único Estado moralmente legítimo, el único moralmente tolerable, es, como ahora vemos, el que mejor realiza las aspiraciones utópicas de incontables soñadores y visionarios. Conserva lo que todos podemos conservar de la tradición utópica y abre el resto de la tradición a nuestras aspiraciones individuales. Recuérdese ahora la pregunta con la que comenzó este capitulo: ¿No es el Estado mínimo, el marco para la utopía, una visión sugestiva?” [41]

 

En el pensamiento neoliberal la eliminación del Estado y sus funcionarios públicos por Oposición imparcial y objetiva se considerará el objetivo principal de sus conjeturas “utópicas”. Frente a Max Weber para quien el Estado debía constituir la racionalidad de las sociedades, siendo la Función Pública parte esencial de esa organización legítima de la administración y del gobierno, Robert Nozick reivindica unos territorios que ya no funcionen como países ni naciones, y en los que únicamente el Mercado actúe como jefatura y dirección de las sociedades. Tratar de entender este planteamiento del autor norteamericano nos sitúa en el funcionamiento de la política de Estados Unidos. La sociedad estadounidense ha tenido una historia en la que los grupos de presión, de poder y de influencia han regido desde su fundación el destino de los ciudadanos que han acabando siendo clasificados como consumidores-receptores.

 

No es de extrañar por ello que el análisis de Nozick apele al Mercado como garantía de su utopía en la que lo utópico estaría en unas sociedades gobernadas por la absoluta liberalización de las operaciones económicas. Frente a las Utopías clásicas en esta concepción neoliberal se fomenta una nueva “mano invisible” que establezca restricciones al Estado y a las acciones morales en la dirección de garantizar que ni la ética, ni los principios de protección de los ciudadanos impidan la creación de ese Estado mínimo al que se considera la máxima realización de la felicidad y la dicha. El problema, no obstante, estará en el hecho según el cual la prosperidad económica no necesitará desarrollar unas normas jurídicas ni legales que garanticen ese bienestar para todos los ciudadanos. Se vuelve entonces a un estado presocial muy cercano al que Hobbes temía como una guerra de todos contra todos. De nuevo aparece uno de las contradicciones del liberalismo y, específicamente, del ultraliberalismo: cómo armonizar justicia y libertad sin caer en una anarquía que conduzca a la violencia y a la arbitrariedad.

 

Nozick no resuelve los problemas de ese estado presocial que es el Estado mínimo, y si bien es cierto que la crítica al Estado que hace el autor norteamericano no está exenta de elementos innegables ante un poder estatal desbocado o poco controlado por la ley o unos mecanismos democráticos que impongan la soberanía de una constitución legitima, también es indiscutible que la garantía de igualdad de los ciudadanos ante las oportunidades sociales sólo puede ser protegida por un tipo de Estado basado en principios jurídicos de racionalidad y de universalidad. Criterios estos que son olvidados o postergados en las concepciones liberales y neoliberales desde sus comienzos teóricos e ideológicos.

 

Otro tema que requiere un análisis concreto está referido a la cuestión de la definición del sujeto y sus condiciones. En este punto tenemos que referirnos necesariamente a otra de las Utopías liberales que han ejercido gran influencia a lo largo del Siglo XX. Nos referimos a la explicación del individuo por la psicología Conductista. Aquí nos encontramos con otra de las Contrautopías más peculiares del siglo pasado y que no deja de ser la obra de B. F. Skinner “Walden Dos” [42] que tiene a su vez el subtítulo “Hacia una sociedad científicamente construida”. Para el Conductismo de inspiración en la obra de John B. Watson la conducta es el factor objetivo de conocimiento empírico-experimental. Se destierra, por tanto, la conciencia del mapa psicológico quedando el estudio de los sujetos sometido al esquema Estímulo = Respuesta. Con ello desaparecen de las explicaciones conductistas los fenómenos que hacen referencia a los procesos complejos del comportamiento humano y social, reduciendo la naturaleza humana a reflejos, a instintos y a inclinaciones maquinales. La herencia de Ivan Pavlov va a quedar sometida, a su vez, por la psicología conductista norteamericana a unos incentivos en los que las motivaciones más básicas explican el comportamiento de los individuos siguiendo casi de manera literal la Etología o conducta animal.

 

Este modelo de descripción del comportamiento se ajustará de manera perfecta al Liberalismo económico y al Pragmatismo filosófico. No podemos olvidar en este sentido que el mismo Nozick fue “fellow” en el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Conductistas, este dato nos confirma lo cercanos que han estado los neoconductistas y los neoliberales a la hora de entender un prototipo de conducta en la que lo irreflexivo y lo maquinal tienen una evidente semejanza. Pero lo característico de las Contrautopías parte de la explicación de la naturaleza subjetiva y social desde el paradigma de las Ciencias de la Naturaleza. En este sentido, frente a las Ciencias Ideográficas e Históricas las denominadas Ciencias Nomológicas explican la sociedad como un proceso biológico y cuantitativo.

 

La biología dará lugar a interpretaciones sociológicas en las que el Darwinismo Social de Herbert Spencer tendrá un relevante papel para explicar la evolución de las sociedades mediante una analogía entre organismo biológico y organismo social en la que el bienestar de los ciudadanos no proviene del Estado, haciéndose una defensa a ultranza del individualismo y que en su libro “El individuo contra el Estado” [43] pondrá los fundamentos de su extremado liberalismo. Sin embargo, este renacer de la biología darwinista en donde reaparece con una importancia esencial va a ser en la concepción psicológica del Pragmatismo y su teoría moral. Esta moral la tomará en gran medida un tipo de Conductismo muy cercano al ultracientifismo del capitalismo industrial de las primeras décadas del Siglo XX. En estas condiciones, las Contrautopías tecnológicas cobrarán un desarrollo inseparable de los intereses económicos de la época. Por ello, “Walden Dos” refleja muchos de los proyectos ideológicos de desarrollar sociedades en las que lo tecnológico produzca ese “mundo feliz” al que se aspira en un capitalismo de entreguerras y de etapas bélicas. La obra de Skinner está fechada en 1948 y por ello se observa el deseo de construir unas sociedades en las que el condicionamiento de los instintos agresivos y destructivos pueda llevar a eliminar los aspectos devastadores de la guerra y la violencia. La crisis económica que ha conducido a la Guerra Mundial se valora en la obra de Skinner más un problema psicológico generalizado que con medios también psicológicos podrá dar paso a sociedades seguras.

 

En definitiva, el deseo de sociedades pacificadas se encuentra en las novelas contrautópicas como la “Utopía moderna” (1905) de H. G. Wells, “Shangai-la” (1937) de B. Milton o “Año 2270” (1905) de A. France, [44] sin embargo mientras que en estas obras se defenderá en muchos casos un tipo de comunidad teocéntrica, “Walden Dos” sitúa en una tecnocracia industrial la solución política a los antagonismos y conflictos sociales. Se podría comparar la obra de Skinner con la utopía de Francis Bacon “Nueva Atlántida” (1627) por ser proyectos técnicos en ambos casos, pero mientras que en la obra de Bacon se trata de una Utopía en su sentido objetivo, ya que la finalidad de la novela es contribuir al progreso ético de las sociedades mediante las Ciencias y las Técnicas, las Contrautopías buscan el objetivo de continuar manteniendo las mismas causas que han determinado los conflictos colectivos y, por tanto, no se alteran los sistemas económicos, sociales y productivos, cuanto a los individuos que los padecen. Por ello, el Conductismo se propone como el gran hallazgo de una metodología capaz de alterar el comportamiento de los sujetos mediante el condicionamiento y el contracondicionamiento psicológico, y así no se transforman los conflictos sino las mismas capacidades humanas para entender estos conflictos. En consecuencia, las Contrautopías defenderán un modelo de sociedad en el que el poder tenga la capacidad tecnológica para dominar las conciencias en la forma que ahora serán utilizadas y definidas como conductas adaptadas y planificadas.

 

La tecnocracia tecnológica, no puede olvidarse, pasará a ser el gobierno de las Contrautopías. Su legitimidad la va a adquirir precisamente del uso de la ciencia y de la técnica, pero se tratará no obstante de una legitimidad identificada con el control social, ya que son inseparables estas novelas futuristas del dominio de los ciudadanos mediante una férrea vigilancia que inspecciona los recovecos más profundos de la conciencia y del comportamiento de la comunidad. [45] No es de extrañar que las Contrautopías carezcan del ideario altruista y generoso de las Utopías históricas. La gran diferencia entre unas y otras estará, precisamente, en la generosidad con la que Moro, Campanella o Bacon defienden sociedades en las que justicia y libertad se armonizan mediante el desarrollo de las facultades altruistas de los ciudadanos. En éstas, el egoísmo, el narcisismo o el interés son juzgados como los males colectivos que empobrecen las sociedades. Aquí será en donde se separen las Utopías de las Disutopías o Contrautopías, específicamente en la concepción de subjetividad que tienen unas y otras, y así mientras en las Utopías clásicas los sujetos están definidos por una naturaleza bondadosa y desinteresada, en las Contrautopías el egoísmo y el interés conforman la individualidad de ese estado presocial al que se ensalza como el ejemplo a construir socialmente. Por tanto, la gran disparidad entre unos relatos y otros proviene en gran medida del tipo de poder y de gobernantes que se plantean en estos proyectos comunitarios. En las Utopías se aboga por el gobernante distinguido por la ejemplaridad ética, mientras que en las Contrautopías se personaliza al poder a partir de unos gobernantes que más que dirigir, administrar y representar a los ciudadanos, se independizan de estos en función de sus intereses autocráticos y abusivos. Por ello, no es de extrañar que los representantes teóricos de un neoliberalismo salvaje, – sobre todo Nozick -, defiendan un estado anarcocapitalista que se corresponde con una desorganización que favorece el principio elitario de unas minorías sin controles de legitimación auténticamente democráticos y de bien común. En definitiva, si las Utopías reflejaban las ilusiones y los deseos de realizar una Humanidad mejorada y perfectible, las Contrautopías nos anuncian las siniestras y perversas visiones de quienes desean establecer un planeta confuso y dominado por los intereses de unos pocos, y no precisamente ni los mejores ni los más justos y buenos.

 

¿ES POSIBLE UNA CONCLUSIÓN?

 

A lo largo de estas líneas hemos tratado de reflexionar sobre uno de los problemas que consideramos fundamental del malestar en la Globalización que estamos viviendo en nuestro tiempo. Nos hemos referido, especialmente, a la apropiación que se está produciendo del planeta por parte de unas élites transnacionales de muy diferente tipología. Si hacemos un paralelismo con la tipología que Nikos Poulantzas hacía en relación a una taxonomía contemporánea de las clases sociales, podemos afirmar que nos va a resultar muy útil su planteamiento a la hora de tratar de entender la interrelación entre las diferentes minorías que controlan el proceso de Globalización en el momento presente.

 

En el análisis de Poulantzas se agrupaban las clases sociales a partir del esquema siguiente: hegemónicas, dominantes, gobernantes, poseedoras, de apoyo y subalternas. [46] Esta tipología la aplicaremos adecuándola no al concepto de clase sino a la categoría de élites o grupos minoritarios de poder. De esta forma, nos vamos a servir del planteamiento del sociólogo grecofrancés para establecer un análisis detallado de la composición de los grupos de poder y privilegio contemporáneos.

 

De este modo, por élites hegemónicas puede entenderse aquellas que concentran y controlan los mecanismos del poder económico, suele transmitirse este poder principalmente por sus grupos de pertenencia. A su vez, las élites dominantes ejercen el poder político pero desde el punto de vista institucional. Estos dos tipos de élites hay que precisar que están muy interrelacionadas entre sí. La élite gobernante, por su parte, gestiona de modo directo el poder ejecutivo aunque resulta ser una minoría intercambiable en función del partido o grupo que accede al poder. Poulantzas señala, también, la existencia de una élite poseedora definida como los sectores en los que se reclutan los sujetos que compondrán el aparato del Estado. Por último, quedarán las élites de apoyo precisadas como los restos de antiguas clases sociales que en otra época fueron soberanas y aunque hoy no ejercen un poder directo, sin embargo ejercen influencia central por su capacidad económica dentro de los aparatos estatales. Y, finalmente, las élites subalternas son – para Poulantzas – aquellos sujetos individuales que son admitidos en el bloque de poder o bien por sus méritos personales, o bien por aspectos puntuales y momentáneos; no obstante, precisando que este grupo en caso de conflicto o choque social será sacrificable dentro de estos tipos de minorías que pervivirán y circularán social y políticamente a la manera descrita por Pareto.

 

En conclusión, hemos reseñado el análisis de clases de Poulantzas adaptado a las élites con la intención de establecer uno de los problemas e incertidumbres que nos parecen más determinantes de la situación disonante en la que aparecen nuestras sociedades. En efecto, nuestra reflexión ha partido del hecho según el cual uno de los aspectos más significativos de la Geopolítica del Caos actual proviene en gran medida de los gestores y representantes económicos, políticos y culturales que gobiernan el planeta, tanto las actuales sociedades como los organismos nacionales e internacionales. Gilles Lipovetsky habló de la era del vacío al referirse a la tiranía de la banalidad, de la moda y del narcisismo en el presente, pero no analizó la otra era del vacío: la carencia de gobernantes, políticos, banqueros… y, en general, los representantes del poder y de sus mecanismos que mereciesen el calificativo de símbolos de la necesaria ejemplaridad ética de la autoridad social. En un universo como el contemporáneo dominado por la razón cínica y en el que las Industrias de la Cultura y de la Comunicación se hacen las incesantes portavoces de un impúdico y maligno poder que ridiculiza los esenciales ideales históricos e ilustrados de justicia, de racionalidad y de coherencia, burlándose con la perversa risa que proviene de las ganancias y de los privilegios obtenidos con la corrupción de individuos y pueblos, la degradación de los débiles y, en definitiva, por la humillación y radical ofensa a la totalidad del género humano.

NOTAS:

 

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    también:
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  40. Nozick, R. (1988): O. cit., pág. 310.
  41. Nozick, R. (1988): O. cit., pág. 310.
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  45. La novela de Ray Bradbury “Fahrenheit 451” (Barcelona, Minotauro, 1996) realizada en cine por François Truffaut, representa la distopía de la sociedad tecnologizada en la que la lectura y la posesión de libros se han convertido en símbolos de rebelión personal y revolución social.
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Globalización

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