Entrevista con Blanca Muñoz 2009

La cultura es una vacuna contra la angustia y contra el capital
El inconsciente colectivo ya no nos pertenece, pertenece a las grandes industrias internacionales
Rebeca Baceiredo
Santiago de Compostela, Marzo 2009
Blanca Muñoz es profesora en la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciada en Filosofía, en Ciencias Políticas y en Sociología, vino a hablar de la producción social de la conciencia al Consello da Cultura. Situada bajo el paraguas de la Escuela Frankfurt, advierte de la banalización de las nuevas perspectivas críticas.

La línea actual de los Estudios Culturales insiste en la emancipación de la superestructura con respecto a la infraestructura. ¿Los contenidos ideológicos se independizan o, más bien, se hiperdesarrollan y engullen el aparato económico que los sustenta y al que sustentan?

 

En el modelo marxiano la infraestructura era la economía y la superestructura, la ideología. En el modelo actual, la infraestructura se ha convertido en parte de la superestructura, porque la ideología ha pasado a ser la gran industria de la conciencia, el producto de las industrias culturales. La infraestructura ha creado una industria de la conciencia que es una auténtica superestructura. Todo es ideología.

 

Hay un momento en que los estudios culturales pasan a primar los niveles de conciencia sobre las condiciones materiales de la existencia. ¿Se pueden seguir diferenciando estas dos dimensiones (lo material y lo mental) en la realidad empírica o simplemente en el terreno del análisis?

 

Las interacciones simbólicas están condicionando los procesos comunicativos y sociales. Dice Habermas que en el capitalismo de Marx la alienación venía del mundo del trabajo, pero en este capitalismo de la globalización la alienación se da en los procesos de interacción simbólica. Modifican la psicología, nuestros gustos, crean códigos de conducta, etc. La población debería hacerse consciente de la alteración de los marcos de referencia de la acción social.

 

¿La desmaterialización de las líneas teóricas tiene relación con la que se considera una tradición filosófica tendente a la abstracción o es una pérdida de perspectiva crítica de los “discursos críticos”?¿Cómo volvemos a la ontología de lo concreto?

 

La primera generación de los Estudios Culturales enfocó el análisis hacia el estudio de la clase social, mientras que la segunda y la tercera lo han superficializado, al haber dirigido el foco a la etnia. De esta manera, la cultura aparece como una serie de costumbres. Se sitúa en un nivel más antropológico que filosófico, en el que la cultura aparece como civilización. Esto implica, para mí, una regresión, un paso atrás. Hay que recuperar, sí, entonces, la ontología de lo concreto en el sentido de Marcuse, desde el análisis de la unidimensionalidad. Marcuse vuelve a estar de actualidad, en realidad no está superado. Todo lo contrario, cada vez su obra tiene más vigencia. Tiene que regresar una ontología de la historicidad.

 

Se acusa a Nietzsche de elitismo político y social. Siendo uno de los autores peor interpretados, ¿no debemos reconocerle una afirmación de la existencia concreta que nos conduce a un plano ético subversivo con respecto al orden burgués?

 

Sí, ha sido malinterpretado, tal vez interesadamente. Por ejemplo, la voluntad de poder se ha entendido como la voluntad del poder. Hay que comprender el concepto de superhombre como crítica al rumbo burgués, prosaico, que toma Europa. Nietzsche reivindica un paso hacia un sujeto cultural. Se trata de una propuesta para la superación de la conciencia, no se habla en términos de raza, evidentemente. La crítica de Nietzsche se dirige hacia las propuestas, si queremos, de eficacia, como la de Bolonia… Pero él propone un salto en el proceso de civilización. Esto es lo que no se ha querido entender.

 

Lo cotidiano ha pasado de ser la experiencia profunda de la vida a ser un cúmulo de experiencias que refuerzan lo banal. Cuando Thompson habla de lo “cotidiano” como posible baluarte de resistencia al poder, ¿habla de micropolíticas que hagan frente a los micropoderes?

 

Lo que está exponiendo es un mayor peso de la macroestructura, frente a la que hay que formular políticas de resistencia: recuperar la cultura obrera o popular, en el sentido no comercial o industrializado, sino en el de la creatividad espontánea que surge de una conciencia no alienada por las industrias de la conciencia. Se trata de una recuperación de la conciencia ajena al mercado, emancipada con respecto a él.

 

Las diferencias de comportamiento en función del estrato social han ido desapareciendo, dicen. Hall comenta que con el capitalismo global se totalizan las experiencias particulares en una especie de suma de las relaciones reales de la existencia. ¿O solo se genera un horizonte de consumo que pocos son capaces de mantener holgadamente?

 

Claro que sí. Nos hacen ver que han desaparecido las clases sociales y esa es la gran mentira. De hecho, vemos el renacer de las contradicciones de clase aún más agudizadas: cada vez hay más despidos, los sistemas educativos se modifican de manera que gran parte de la nueva generación ignora la herencia cultural que, en cierto modo, ha civilizado un poco nuestras sociedades. En realidad lo que se está dando es un reajuste de las clases sociales: las élites se unen en grandes estructuras políticas y, por debajo, toda la sociedad está desorganizada en una suerte de tribus.

 

Los discursos legitimadores, especialmente a medida que nos deslizamos hacia la derecha, dan más importancia al consumo cultural y menos a la “producción” cultural. ¿Acentúa esto el hecho de que la mayoría de los productos culturales que consumimos tienen más envoltorio que contenido?

 

Totalmente. Las industrias culturales son la gran infraestructura de nuestro tiempo. Han ido colonizando el mundo de la vida, todo nuestro inconsciente, incluso. El inconsciente colectivo ya no nos pertenece, pertenece a las grandes industrias de las corporaciones internacionales. Ha ido desapareciendo el cine de autor, en cuanto a la literatura: hoy El Quijote no se publicaría. Falta erotismo, falta violencia, sobran páginas… Es un ataque a la cultura en su sentido de creatividad. Todo debe encuadrarse en clichés, en estereotipos. El objetivo sería dejar a la creación fuera de la estructura de producción y de consumo. Esto es muy difícil, porque el creador libre apenas puede sobrevivir. El Estado, como idea del bien común, debería situarse a este lado…

 

¿Habría, entonces, que salir de la cotidianeidad mediática separando los procesos culturales de las estrategias de la economía política?

 

Sí, nos llamarían idealistas, pero si no se hubiera separado el proceso creativo del industrial no hubiera habido surrealismo, ni dodecafonismo…

 

Así como el arte se utilizar para estetizar ciudades deshumanizadas, ¿no se está utilizando la cultura, en general, para maquillar unos procesos socioeconómicos inmorales?

 

Toda la arquitectura posmoderna va por ahí. Mira los museos: carcasas, productos,… Es una decoración para unos procesos de urbanización desiguales. Con respecto a la cultura en general, tenemos que volver a plantearlo en términos de clase: se ofrece cultura a las clases altas y el resto regresa a un estado de alfabetización, casi. A través de la cultura se están reestructurando los sistemas de clases. Pero las clases dominadas creen que consumen, también, cultura, porque discursos que mezclan propiedades intelectuales con producción en serie se lo hacen creer.

 

Hablas de una pérdida de carga crítica en los nuevos estudios culturales, que se limitan a una descripción de los hábitos culturales, sin exponer las contradicciones del capitalismo… Pero la desaparición de la racionalidad en múltiples esferas de la vida, ¿no se ha empezado a dar con el inicio del sistema y simplemente se acentúa?

 

Creo que aquí hay que hablar de las fases del capitalismo, y del capitalismo organizado de los inicios hemos pasado al capitalismo de rapiña. Siempre ha sido injusto e irracional, pero distingo cuatro etapas: el industrial, el de masas, el postindustrial, hasta la caída del muro, y ahora el capitalismo de la globalización, que es voraz. De hecho, la crisis económica, ¿no ha sido provocada como ataque al Estado de bienestar? Se trata de imponer restricciones y disciplinar a la población para que las naturalice.

 

La crisis, ¿se ha mediatizado tanto por este interés en generar una cierta resignación y para asimilar que, siguiendo a Habermas, “el capitalismo tardío necesita al Estado para organizar los desajustes creados por la lógica del beneficio”?

 

Eso es, que la población asuma y, además, que esté temerosa. Porque, como dice Adorno, la libertad es vivir sin miedo. Si le inoculas miedo a una sociedad, los ciudadanos compiten entre sí, se confunden de “enemigo”. Es muy difícil la subversión porque faltan los sujetos. Se necesita la reconstrucción de la racionalidad, construir otro modelo de Modernidad. Yo volvería a la cultura humanística, la recetaría.

 

El discurso latente habla de una condición ontológica inmutable, por abstracta, decíamos, y la angustia se presenta como inherente al ser humano. Así, ¿no se presenta la fuga como única posibilidad de evitarla, en vez de superarla con nuevos modos de vida y de subjetividad?

 

Al habernos colonizado el inconsciente, nos han creado nuevas patologías. Se ha incrementado la angustia, pero no es la de Kierkegaard, que era ontológica. Esta no se sabe de dónde viene, pero tampoco se sabe qué hacer con ella porque faltan recursos cognitivos. El individuo no sabe cuál es la estructura del mundo en el que vive, y eso crea un estado de inseguridad enferma. La cultura, en el sentido crítico, del desarrollo del yo, serviría de vacuna.