¿Es real la realidad en tiempos de postmodernidad?

Resistencia Cultural Siglo XXI
Septiembre 2010

Hace años preguntar si la realidad era real, resultaba una auténtica paradoja. La realidad estaba totalmente asentada en unos fundamentos objetivos. Sujetos y Objetos se constituían en formas de indudable existencia. Dudar sobre la verdad de lo que podía constatarse de manera objetiva, significaba un disparate absurdo.

El “pienso, luego existo” de Descartes nos confirmaba incluso que nuestra subjetividad era tan verificable como los procesos de la Naturaleza y podían asegurarse a partir de los métodos científicos y empíricos. De este modo, la realidad quedaba asegurada no sólo por la Ciencia y la Filosofía, sino que la aparición desde el siglo XIX de los métodos positivistas propiciaron que la Sociología, la Psicología y las Ciencias Sociales en su conjunto pudiesen ser comprobadas de manera cierta. A este respecto, Marx en la Tesis XI de Feuerbach [1] nos afirmará una conclusión inexcusable al considerar que “los filósofos han interpretado la realidad de diferentes formas, pero de lo que se trata ahora es de transformarla”. Con esta aseveración la realidad y la Historia se identifican como el significado último de la acción humana, y con ello una nueva realidad debería construirse en la que ni la alienación, ni la explotación, ni la humillación habían de tener cabida ni lugar.

 

Sin embargo, esta visión optimista se va a quebrar en el “corto siglo XX” [2] y, sobre todo, lo que se va a fracturar es la percepción de la realidad como proceso histórico y transformable. Se entrará en la etapa de los ataques a las grandes convicciones que han movido los ideales revolucionarios de siglos anteriores: el final del siglo XX va a propiciar el comienzo del fin de …, el fin de la Historia, el fin de la Metafísica, el fin del Arte y es, precisamente, el fin de una racionalidad emancipadora y revolucionaria de la Historia [3]. Pero, sin embargo, para que a finales del siglo XX se consolide un nuevo tipo de pensamiento caracterizado por la vulneración de los criterios de objetividad y certeza, se hará necesaria una tajante modificación de los procesos de percepción de lo real, y en este sentido se tendrán que desestabilizar los fundamentos culturales, intelectuales y psicológicos de interpretación de la realidad.

 

La consolidación de un nuevo modelo de economía como es la Globalización [4], va a requerir modificar radicalmente lo que se había entendido históricamente por cultura. Es decir, el concepto de cultura durante los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX había tenido dos definiciones teóricas. Por un lado, la cultura se entendía como proceso de civilización en el significado dado por los ilustrados del Siglo de las Luces. Esto es: la cultura debería desarrollar el conjunto de facultades sociales y humanas con el objetivo de llegar a una paz perpetua, tal y como Inmanuel Kant defendía en su esencial libro [5]. Por tanto, el desarrollo integral de las capacidades individuales y colectivas debía conducir a ese final de la Utopía, del que hablaba Herbert Marcuse en el que ya no fuese necesario esperar un futuro en el cual se produjese una sociedad emancipada, sino que la Utopía podía realizarse mediante la civilización de las sociedades y de los sujetos [6]. Frente a la cultura como civilización tal y como la definieron el pensamiento y la Estética ilustrada, surge otro significado de cultura: la cultura como costumbre.

 

La Antropología del Siglo XIX está muy relacionada con la expansión geográfica de la colonización anglosajona. De este modo, se identifica lo cultural con el folklorismo de hábitos, rutinas y prácticas sociales detenidas en el tiempo. Con ello, las sociedades quedan momificadas en sus usos más arcaicos y primarios. Así, al entenderse la cultura como costumbre se justifican formas de conducta de enorme sentido regresivo y elemental. El cambio social y la modificación de las estructuras económicas, sociales y políticas quedan detenidos en el tiempo como si un maligno sortilegio hubiera caído sobre individuos y grupos humanos. Ahora bien, lo que resultaba ya anacrónico en el Siglo XIX reaparece, otra vez, en los comienzos de un nuevo milenio como es el Siglo XXI. La paradoja, no obstante, tiene una fácil explicación: la Globalización económica y sociopolítica cada vez se parece más a la colonización anglosajona novecentista; y aún más, si en el Siglo XIX la ideología dominante fue el Darwinismo Social caracterizado por su elitismo y su desprecio a las nacientes “masas sociales”, en el Siglo XXI nos encontramos como ideología dominante al pensamiento débil de la Postmodernidad social y culturalista. Pero para consumar “el triunfo” de este pensamiento antes habrá que alterar y perturbar los procesos psicológicos colectivos, y de este modo, sin duda, se logrará cambiando los marcos de referencia colectivos, o como considera Fredrich Jameson, en su “El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado” [7], modificando los mapas cognitivos y psicológicos y con ellos el sentido de lo real y sus características objetivas. Mas, para lograr este objetivo será previo adaptar a los ciudadanos, Gianni Vattimoen la actualidad convertidos en consumidores-receptores, a las nuevas condiciones geopolíticas y económicas de la Globalización y, especialmente, al introducirse una irrealidad en la realidad que actúe como sustrato profundo de “la comprensión”, o mejor aún de la incomprensión, de lo real, convirtiendo a ese pensamiento débil [8], del que el teórico postmoderno italiano Gianni Vattimo se hacía absoluto defensor, en el programa de “explicación” del modelo de sociedad y de organización de ésta; y a la par se difunde una ideología en la que la confusión y la banalidad se convierten en los ejes ideológicos centrales para insertarse y adaptarse en la reciente geopolítica de la desigualdad contemporánea.

 

LO IRREAL COTIDIANO

 

Se ha comentado en los análisis socioestéticos más relevantes (Zizek, Jameson, Bourdieu, Lipovetsky…) la enorme confusión que se está produciendo entre realidad y ficción. Desde los atentados del 11 de Septiembre en Nueva York, el sentimiento de irrealidad se ha hecho habitual. Vivimos en una sociedad en la que los medios de Comunicación de Masas y las Nuevas Tecnologías han suplantado al anterior concepto de ideología, con el que se quería analizar cómo se alteraba la realidad mediante el lenguaje que enmascaraba y ocultaba los poderosos intereses de unas minorías hegemónicas. Sin embargo en la actualidad la ideología se ha transmutado en tecnología y en dominación técnica, desarrollada por unos especialistas y “expertos” sin ningún sentido del “antiguo” concepto de civilización al que nos hemos referido anteriormente.

 

En efecto, en la denominada por Ulrich Beck sociedad del riesgo [9] la interpenetración entre ficción y realidad se ha hecho un fenómeno más de nuestra cotidianidad diaria. No sólo los mass-media “tradicionales” cuanto Internet y la digitalización de mensajes, símbolos o valores comunitarios han traído como consecuencia unos efectos fuertemente contradictorios. Por un lado, la destreza con la que grandes sectores de la población utilizan las nuevas tecnologías, no se ha acompañado de un desarrollo de las conciencias individuales y psicologías colectivas, ni de sus capacidades estéticas, éticas e intelectuales. Esta paradoja, al contrario de ser analizada y superada, nos retrotrae de nuevo a la cultura como costumbre; pero en el momento presente, las costumbres son presentadas como “modernidad” y, en este punto, se nos tratará de convencer, que lo superficial y lo arcaico es idéntico a lo serenamente creado y a lo inspirado con criterios de avance estético o intelectual. La confusión es de tal magnitud que los actuales creadores entran acríticamente en los objetivos de la Industria de la Cultura, a la que se refirieron Max Horkheimer y Theodor W. Adorno [10], sin percibir que con ello hasta sus propias capacidades creadoras son derruidas en aras de un nuevo Golem como se ha erigido el mercado del arte y sus especulaciones económicas e ideológicas. Sin embargo lo que mayor gravedad supone este fenómeno, será cómo el creador reproduce la nueva ideología dominante: la modificación de la comprensión de la realidad al distorsionarse los fundamentos emocionales, racionales e incluso comportamentales no sólo de los creadores sino, especialmente, de la población en su conjunto. El marqués de Sade y su concepción de la existencia como un teatro de crueldad triunfan como “modelos de conducta” a seguir por la desprotegida psicología colectiva. Lo irreal cotidiano que desde los medios comunicativos y tecnológicos se nos transmite, se conjuntará con un desfile “de monstruos” televisivos y cinematográficos que divulgan los peores logros y actuaciones humanas como formas habituales de “estar en el mundo”. Lo irreal cotidiano nos lleva a la perplejidad al interrogarnos en el momento presente sobre si es real lo que estamos considerando como la realidad.

 

NUEVAS TECNOLOGÍAS, NUEVAS MITOLOGÍAS

 

Claude Lévi-Strauss en su libro “El pensamiento salvaje” [11] afirmó que los seres humanos cualquiera que fuese su tradición cultural, poseía las mismas condiciones universales para evolucionar y transformar su medio y su conciencia. Desde este punto de vista, el antropólogo francés reivindicaba la igualdad universal de la mente humana y su capacidad para entender el entorno que le rodeaba. Para Lévi-Strauss lo único que nos diferenciaba a los distintos individuos y grupos sociales, era el sistema de clasificación con el que catalogábamos a los objetos y sujetos mediante unos marcos de referencia con los que entender lo real. A partir de esta creación de marcos de referencia explicativos los individuos conformaban formas de pensamiento que iban desde interpretaciones arcaicas y simples de interpretación de los fenómenos hasta modos complejos y elaborados de comprensión y clasificación del mundo. Desde las mitologías hasta el pensamiento científico y teórico la especie humana pasó a lo largo de la Historia por diversas maneras de comprensión de la Naturaleza y de la Sociedad. En este recorrido la Filosofía clásica griega abrió el camino para avanzar conscientemente en la Historia, siendo tal y como afirmó Edmund Husserl [12], la primera vez que la conciencia despertó de la irreflexión de su sueño vital. Al despertarse la conciencia de las explicaciones mitológicas, alegóricas o legendarias se dieron enormes pasos para la búsqueda de conocimientos razonados y precisos sobre el sentido y significado de lo existente.

 

Desde el Renacimiento hasta llegar históricamente a la Ilustración, la lucha contra los prejuicios, el oscurantismo y, de forma especial, frente a la ignorancia y el desconocimiento, y sus característicos miedos y terrores, fueron el objetivo principal de un deseo general para construir una Historia en la que lo racional y reflexivo sirviera para mejorar a la especie limando el salvajismo y los impulsos atávicos de carácter irracional. Sin embargo, el camino de la especie para salir de la penuria y de la incultura ha estado marcado por una dialéctica en la que la dominación de unos individuos y grupos por otros ha conllevado, en gran medida, el triunfo y poder de la razón instrumental [13] sobre esa nueva sociedad que debería ser pacificada, y a la que Kant situaba como el auténtico fin de la Historia.

 

Para entender qué se quiere decir bajo el término de razón instrumental, hay que aludir al tipo de pensamiento que surge con el capitalismo desde sus inicios. A este respecto, por razón instrumental se entiende el tipo de organización de la realidad sometido al proceso de cálculo y rendimiento; es decir, en el funcionamiento del sistema económico del Capitalismo se rompe la coherencia entre medios y fines. Asombrosos medios técnicos, materiales y humanos son puestos al servicio de finalidades absolutamente irracionales. El campo de concentración o los actuales y poderosísimos medios de comunicación sirven, en último término, para realizar acciones de terrible inhumanidad, o en el caso de los mass-media son puestos al servicio de los mensajes y valores más regresivos, torpes y primitivos. Por ejemplo, el grave proceso de deseducación [14] que estamos viviendo se corresponde con el avance tecnológico y técnico sin precedentes, y así la racionalidad instrumental acaba consolidando la ideología de la radical incoherencia entre tales medios y sus finalidades económicas ejercidas sobre una población educativamente indefensa. Se puede afirmar, por tanto, que a partir de la llegada del capitalismo globalizado se han agudizado los aspectos vinculados con la modificación de las psicologías individuales y colectivas, en relación a la adaptación a la nueva fase económica, social y cultural en la que estamos entrando. De este modo frente al camino de ilustración en el que íbamos paulatinamente tratando de entrar y empezar a caminar, con la llegada del pensamiento postmoderno, de nuevo, renacen formas de pensamiento, de acción y de creación de fuerte componente primitivo y arcaico. Esto es, las nuevas estrategias ideológicas de la Globalización y sus gestores se van a dirigir hacia la alteración de las psicologías y de los marcos cognitivos de comprensión de la realidad. Lo irreal cotidiano se convierte en uno de los procesos en los que los ciudadanos se van a ver envueltos de forma general. La confusión entre lo objetivo y lo ficticio será una de las “singularidades” características de nuestro tiempo, pero con ello reaparecen formas de pensamiento y de conducta que creíamos superadas por la Historia y relegadas al baúl de los recuerdos del pasado.

 

La reaparición de formas mitológicas de percepción de lo real es una de las constantes de los contenidos y mensajes mediáticos y tecnológicos. Un somero repaso a los valores, códigos de comportamiento o ideologías juveniles, e incluso infantiles, es indicativo de la vuelta a una captación irracional de la realidad. Las nuevas tecnologías se complementan con una iconografía en la que las conductas más irreflexivas son presentadas como lo vanguardista o “lo moderno”. El retorno de las mitologías se comprueba en las últimas “sagas” cinematográficas y mediáticas de nuestros días. En estas “sagas” los vampiros luchan contra los hombres-lobos, los ángeles que antes eran criaturas celestes, ahora, se han vuelto malvados y entablan batallas con demonios que, a su vez, se han hecho “excelentes personas”, los orcos, los gremlins, Chuwaca, la princesa Laia con sus coletas de ensaimada, los decrépitos “crepúsculos” … y, en general, todo un pastiche de personajes imaginarios y de “monstruos” televisivos aturden a una población que confunde lo real y lo imaginario en esa irrealidad mediática y tecnológica planificada. Pero tal pastiche se conjunta y “adereza” con una información que desinforma hiperrealistamente a los ciudadanos convertidos ahora en espectadores pasivos.

 

La realidad se ha convertido en una suma de ficciones cotidianas que suplantan la captación personal e individualizada de las impresiones propias de cada sujeto. Se trata, pues, de una estrategia política en la que se desborda a los ciudadanos con una “hiperinformación” sesgada y dirigida hacia los objetivos del sistema globalizado. El nuevo cine que “se sacraliza” en festivales orientados a los intereses ideológicos dominantes del momento (películas de inmigración, de multiculturalismo, fingida segunda guerra mundial o de adulterada violencia de género), se compagina con los best sellers literarios premiados (libros de inmigración, de multiculturalismo, fingida segunda guerra mundial o de adulterada violencia de género… más “recetas” de auto-ayuda), los macrofestivales musicales con temas “humanitarios” (inmigración, multiculturalismo, fingida segunda guerra mundial o adulterada violencia de género, más “pintorescos pueblos indígenas”) … Toda una reciente mitología de la Globalización que gravita como una losa temática y programática. Se acostumbra a la población, por tanto, a una jaula de ondas y de tecnologías en las que se fijan las temáticas y los asuntos que interesan hacer llegar a una población desconcertada y desorganizada. Y con ello, la creatividad, la imaginación autónoma o la invención innovadora son arrasadas mediante un control de “lo correcto” desempeñado por los beneficiados por su complicidad con la injusticia y la arbitrariedad global. Pero esta situación no podría asegurarse sin el funcionamiento subyacente y oculto de una quiebra y asalto a la razón como es el triunfo y exaltación de la interpretación cínica de la realidad.

 

RAZÓN CÍNICA, COTIDIANIDAD Y CREACIÓN PLANIFICADA

 

Peter Sloterdijk en su libro “Crítica de la razón cínica” [15] analiza el fenómeno de la República de Weimar de la década de los años veinte del siglo pasado y su terrible desenlace político del que todavía no nos hemos históricamente recuperado. Para Sloterdikj, sin embargo, el problema fundamental de esta etapa no fueron aspectos únicamente vinculados con fenómenos políticos, cuanto la aparición de unas actitudes colectivas en las que se impusieron una forma cínica de entender la realidad. La intrahistoria de este momento tan contradictorio no puede desvincularse de las paradojas resultantes de un momento de grave crisis económica y social y, a la par, de una República en la que la experimentación y el vanguardismo ocultaban la sensación colectiva de fracaso cultural y explotación económica. Los cuadros de Grosz son los mejores exponentes de esta situación de anomia y frustración colectivas. Pero lo que más evidencia esta frustración será el funcionamiento de una cosmovisión generalizada que se expresa en el cinismo, y en una falsa y simulada visión de lo real. Se refiere Sloterdikj como se fueron imponiendo unas formas de humor, de sátira y de comicidad en las que la hipocresía y, sobre todo, la falsedad que ridiculizaba acontecimientos dramáticos e impactantes, hipnotizaban a una población ajena e indiferente a lo que se avecinaba por llegar inminentemente. De este modo, “la lógica” cínica iba carcomiendo socialmente como si se tratase de un insecto insalubre que corroía implacablemente conciencias y comportamientos.

 

La reaparición, otra vez, de esta razón cínica coincide con el advenimiento del “pensamiento débil” de finales del XX y comienzos del nuevo milenio. Es sintomático que la reciente reaparición coincida con una nueva crisis del capitalismo [16], ahora globalizado, y también con una fase bélica de expansión colonial soterrada. En esta fase, no obstante, frente a la pasada crisis de los años veinte del siglo precedente, el control sobre las imágenes, la creación y la transmisión independiente de valores y de actitudes colectivas se encuentra dentro de un férreo control que hace cierta aquella idea de Marcuse de encontrarnos en pleno desarrollo de una desublimación represiva [17]. Los mass-media y las nuevas tecnologías, sin duda, actúan como “los vigilantes” inflexibles de esta jaula de ondas.

 

Para entender este fenómeno no hay que olvidar el hecho según el cual los medios de comunicación masivos y las poderosas tecnologías actuales han devenido en una red que envuelve y circunda la totalidad del planeta. En este sentido, se puede hablar de una permanente acción ideológica de modificaciones de la realidad, pero esta modificación se realiza en unas condiciones históricas en las que los ciudadanos asisten indefensos a su manipulación y adaptación mediante “una complacencia feliz” a partir de las operaciones ideológicas de la razón cínica. Herbert Marcuse Es decir, tal y como consideraba Herbert Marcuse, una unidimensionalidad satisfecha, pero también temerosa y sobrecogida. Para Marcuse, uno de los teóricos esenciales de la Primera Generación de la Teoría Crítica [18], estamos en un sistema en el que los grupos de poder están enormemente cohesionados por arriba del sistema social y, a la vez, los ciudadanos evidentemente serán desorganizados en la base de la pirámide de la sociedad. En estas condiciones, el flujo de imágenes y de valores que se envían y proyectan hacia los individuos, se caracterizarán por su poder para alterar las psicologías colectivas. Alteración producida mediante la racionalidad cínica que socavará los principios éticos e incluso el sentido común heredado, y así los grupos más vulnerables a estos mensajes como son niños y jóvenes, podrán “disfrutar” con los sarcasmos e ironías más inhumanos que, ahora, se presentan como parte principal de la percepción postmoderna de la realidad. La burla de la pobreza, la broma sobre la desgracia ajena, el chiste anacrónico e hiriente sobre individuos y grupos sociales …, son presentados como “lo moderno”, o más bien como “lo postmoderno”. La confusión a la que se somete especialmente a los grupos juveniles y a grandes sectores de jóvenes a los que se presentan como “valores de izquierda” lo que únicamente son los intereses específicos de grupos económicos, políticos y mediáticos, contribuye a un aturdimiento general en el que lo público y lo privado se confunden, creándose unas ficciones cotidianas en las que la ya citada desublimación represiva se convierte en un tipo de psicología asumida y consentida por quienes se consideran “al día” de aquello que impone los gustos estéticos e intelectuales de la Globalización.

 

Explicar este procesos nos lleva a analizar el tema marcusiano que hemos referido de la desublimación represiva. En efecto, para Marcuse, en la sociedad unidimensional con esta desublimación, -esto es: aquella en la que todo está permitido siempre que se eliminen su significado y su sentido racional y complejo-, se permite cualquier tipo de actividad y comportamiento mientras no ponga en duda los fundamentos de la dominación económica e ideológica hegemónica. Por ejemplo, se tolera un fin de semana de “perpetúa juerga y botellón”, siempre que el lunes el joven vuelva a su empleo de repartidor de pizzas o de reponedor en el supermercado. La desublimación represiva, por consiguiente, es la condición imprescindible de una cotidianidad en la que todo debe ir por el carril de los rieles de un mundo geopolíticamente globalizado, aunque estos carrilles puedan conducir a un descarrilamiento generalizado de vidas y de sociedades. Pero no debemos preocuparnos, porque el humor cínico y la ironía despiadada y destructora nos garantizarán una permanente y “eterna” diversión centrada en los otros individuos y en sus desgracias, que veremos “divertidos” como problemas ajenos, y así surgirán los individuos “diseñados” con una profunda carencia para actuar críticamente, olvidándose que la empatía ha sido la necesaria e imprescindible facultad que en los momentos ilustrados de la humanidad, se había considerado la capacidad primigenia y esencial que nos convertía en seres humanos, conscientes y justos. Sin empatía y con el dominio de la razón cínica las ficciones cotidianas harán que la fantasmagórica realidad de los tiempos postmodernos conviertan en irreal una existencia diaria, en la que los individuos somos esclavizados y sometidos mediante las ficciones mitológicas que ocultan y enmascaran los intereses más primarios, arcaicos y rancios de los poderosos del planeta [19].

 

¿HACIA DÓNDE IR EN TIEMPOS DE FICCIONES PLANIFICADAS EN LA ÉPOCA DE LOS RIESGOS COTIDIANOS?

 

En la irrealidad de las imágenes de nuestra existencia cotidiana que nos asaltan desde todos los lugares inimaginables (publicidad, televisión, cine, tecnologías …), la inversión de lo real se ha convertido en una de las experiencias más habituales del presente. La confusión entre realidad y ficción ha devenido en uno de los acontecimientos singulares de nuestra época. La imagen de las Torres Gemelas ardiendo el 11-S ha quedado impresa en nuestro inconsciente colectivo como la iconografía con la que se abre el nuevo milenio. En esta imagen se resume una realidad en la que los acontecimientos históricos son retransmitidos comunicativamente en directo. Es la primera vez en la que lo cotidiano y lo histórico se interpenetran a través de los unos mass-media omnipresentes y mundiales. Las imágenes de la Historia las vemos en nuestra sala de estar. Pero también nuestra cotidianidad viene definida por la iconografía de lo colectivo, de lo múltiple y de lo ideológico. Como si se tratase de un cuadro de Andy Warhol, nuestra existencia se ha enmarcado en una repetición sin límites, sin márgenes y sin horizontes. La falsificación, sin embargo, se hace presente imitando lo cierto y haciendo falso lo objetivo. La inversión nietzscheana de los valores a la que se refería el filósofo alemán, ha tomado una dirección diferente de la prevista: las imágenes serializadas se han adueñado de las palabras y de los conceptos, y en esta confusión sin fin los individuos andan sin rumbo por una jungla de inconexas formas e iconografías. Es el pastiche claustrofóbico en el que el ocaso de los dioses nos ha confinado y desterrado. La repetición y la fragmentación se alzan como las categorías intelectuales y estéticas dominantes. En un momento en el que el control de las imágenes se realiza con sofisticadas técnicas de vigilancia, artistas e intelectuales caen en las trampas de la desestabilización de los mapas cognitivos colectivos a la que Friedrich Jameson se refería en su análisis del mundo postmoderno en el que vivimos [20]. La pregunta, entonces, no puede ser otra sino cómo volver a reconstruir lo que ha sido quebrado y fracturado en mil pedazos como si de una quebradiza y frágil realidad se tratase. Cómo devolver, entonces, el fulgor luminoso y cristalino de la razón en la realidad alienada y falsificada de nuestros tiempos.

 

No es este el lugar para profundizar en las nuevas estrategias y técnicas del poder para desestabilizar lo real, pero, no obstante, sí se pueden plantear algunas consideraciones sobre las sospechas que nos deben guiar en nuestra interpretación de la realidad. A este respecto, de nuevo, acudiremos a la obra de Marcuse Herbert Marcuse cuando nos advertía de la necesidad de tener una educación negativa frente a lo que se considera como lo “común” o “lo correcto” en un específico y determinado momento de la Historia. Para el teórico frankfurtiano, cada época viene definida por los intereses hegemónicos de los grupos de poder. A partir de esta convicción, la educación negativa debería ser aquella que enseña desde niños a desconfiar de las finalidades de una sociedad desalmada e indiferente, pero será mejor dar la palabra al propio Marcuse:

 

“Kant señaló como objetivo de la educación que los niños fueran educados no de acuerdo con el presente, sino de acuerdo con una condición futura, mejor, de la especie humana, esto es, de acuerdo con la idea de humanitas. Este objetivo implica todavía la subversión de la actual condición del hombre. Me pregunto si los portavoces de la educación para la Gran Sociedad son conscientes de esta implicación. En la medida en que se dispone de los recursos técnicos, materiales y científicos para el desarrollo de una sociedad libre, la posibilidad de su realización depende de las fuerzas humanas, sociales, que necesitan una sociedad así; que la necesitan no sólo objetivamente sino también subjetivamente, por sí mismos, conscientemente. Hoy, esta necesidad solamente es una necesidad activa entre una minoría de la población de las sociedades ‘ricas’, y entre la gente que lucha en la zonas ‘pobres’ del mundo. En los países técnicamente avanzados, la educación puede contribuir en realidad en activar la necesidad que es ‘objetivamente’ universal, pero se trataría de una educación extraña, muy impopular y no rentable. Por ejemplo, incluiría la inmunización de niños y adultos frente a los medios de comunicación de masas, un acceso total a la información eliminada o deformada por esos medios, la desconfianza metodológica en políticos y dirigentes y la abstención de sus actividades, así como la organización de una protesta y una negación efectiva que no acabarán inevitablemente en el martirio de quienes protestan y niegan. Una educación así apuntaría también a una transvaloración de valores fundamentales: requeriría desenmascarar todo heroísmo al servicio de la inhumanidad, el deporte y la distracción al servicio de la brutalidad y la estupidez, la fe en la necesidad de los negocios. Sin duda, estos fines de la educación son negativos, pero la negación es la obra y el modo de la aparición de lo positivo, que ha de crear lo primero el espacio físico e intelectual en que llegar a la vida, y exige por tanto la eliminación del material devastador y sofocante que ocupa este espacio en la actualidad. Esta destrucción sería la primera manifestación de la autonomía y la creatividad nuevas: la aparición del individuo libe en la nueva sociedad.” [21]

 

Las palabras de Marcuse nos dan la pista para una reflexión sobre la reconstrucción de la cotidianidad que no se vea dentro de la unidimensionalidad de programados intereses, valores, símbolos e imágenes colectivas. Para el autor crítico, la cotidianidad fue el centro de sus principales análisis culturales y sociales, y esta cotidianidad la juzgó “organizada” de manera preferente por los mensajes mediáticos. Las imágenes cotidianas de la comunicación de masas forman la atmósfera en la que transcurre nuestra existencia, formándose incluso un inconsciente que ya no nos pertenece de manera personal. Inconsciente que es ocupado por unas representaciones que son la copia imitativa de las que emanan comunicativamente de los intereses del poder que nos impregna. Pero la paradoja de estas imágenes frente a las de siglos anteriores es que han silenciado el tiempo de la Modernidad ilustrada, hemos pasado de la iconografía de lo primitivo y premoderno a lo postmoderno sin mediaciones en las representaciones de una ilustración colectiva en las que el progreso, la educación, el cambio social o el bien común se hagan familiares a la población del planeta. Frente a esto se nos machaconea con el final de la Historia y un “diálogo de civilizaciones” sin contenidos críticos. El “mundo feliz” de Aldous Huxley se nos ofrece como “el paraíso” de una sociedades y culturas paralizadas en el tiempo y en el espacio. Sin transformación todo queda momificado, y “el eterno retorno” de lo mismo habitúa a los individuos a existir en un destino elaborado por unas minorías que defienden sus intereses con la virulencia que le da su poder sobre imágenes, símbolos y representaciones colectivas [22]. Ya no se puede hablar de “lo público” o “lo privado”. Todo ha sido invadido por una dominación “manejable”. Un sometimiento que esclaviza “suavemente” con estrategias psicológicas en el mundo tecnológicamente desarrollado, y asimismo con extremada dureza en los países empobrecidos por las neocolonizaciones contemporáneas. En consecuencia, la sobrealienación en los países del Primer Mundo y la sobreexplotación en los países del Segundo y Tercer Mundo resumen la geopolítica contemporánea, en la que se nos trata de convencer con sus planeadas y prosaicas imágenes cotidianas que hemos llegado a “un fin de la Historia”, en la que como si fuésemos simplemente una especie zoológica nos tenemos que conformar y, sobre todo, renunciar a nuestra auténtica esencia humana de imaginar, crear y realizar una Historia habitada por seres conscientes, pacíficos y humanizados.

NOTAS:

 

  1. Marx, K.: “Tesis sobre Feuerbach y otros escritos filosóficos”. Barcelona, Grijalbo 1974, pág. 12.
  2. Aron, R.: “Dimensiones de la conciencia histórica”. Madrid, Tecnos 1972.
  3. Fukuyama, F.: “El fin de la Historia y el último hombre”. Barcelona, Planeta 1992.
  4. Amin, S.: “El capitalismo en la era de la globalización”. Barcelona, Paidós 1998.
  5. Kant, I.: “La Paz perpetua”. Madrid, Tecnos 1996.
  6. Marcuse, H.: “El final de la Utopía”. Barcelona, Ariel 1968.
  7. Jameson, Fr.: “El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado”. Barcelona, Paidós 1991.
  8. Vattimo, G. y Rovatti, P.A.: “El pensamiento débil”. Madrid, Cátedra 1986.
  9. Beck, U.: “La sociedad del riesgo”. Barcelona, Paidós 1998.
  10. Horkheimer, M. y Adorno, Th.W.: “Dialéctica de la Ilustración”. Madrid, Trotta 1994.
  11. Lévi-Strauss, Cl.: “El pensamiento salvaje”. México, Fondo de Cultura Económica 1975.
  12. Husserl, E.: “La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental”. Madrid, Crítica 1991.
  13. Horkheimer, M.: “Crítica de la razón instrumental”. Buenos Aires, Sur 1973.
  14. Muñoz, B.: “La Cultura Global”. Madrid, Pearson-Prentice Hall 2005.
  15. Sloterdijk, P.: “Crítica de la razón cínica”. Madrid, Siruela 2006.
  16. Amin, S.: “El capitalismo en la era de la Globalización”. Barcelona, Paidós 1998.
  17. Marcuse, H.: “El Hombre Unidimensional”. Barcelona, Seix Barral 1968.
    El concepto de desublimación represiva lo readapta Marcuse a la sociedad industrial, planteando como se ha modificado el sentido de sublimación dado por Freud a partir de la influencia y presión del capitalismo avanzado sobre las conciencias que quedan vulneradas por la acción ideológica, que ejercen las estructuras económicas y políticas hasta el punto que los individuos pierden el significado de su propia vida adaptándose acríticamente a los valores y comportamientos que les propone el sistema.
    Véase páginas 86-114 de la obra citada.
  18. Jay, M.: “La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt”. Madrid, Taurus 1974.
  19. Marcuse, H.: “La agresividad en la sociedad industrial avanzada”. Madrid, Alianza 1981.
  20. Jameson, Fr.: “La estética geopolítica”. Barcelona, Paidós 1995.
  21. Marcuse, H.: “Ensayos sobre política y cultura”. Barcelona, Ariel 1981, págs. 79-80.
  22. Schiller, H.: “Aviso para navegantes”. Barcelona, Icaria 1996.
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