La deseducación – Blanca Muñoz

Tras el final de la “Guerra Fría” se pensó ilusionadamente que se entraba en una etapa histórica nueva. El derribo y desmembramiento de los países del Este europeo fue recibido como la entrada en un “orden de cosas” más “equilibrado”. Sin embargo, nada ha sido así. La última década del siglo XX se ha cerrado con nuevas “guerras frías”, sólo que ahora de carácter más soterrado y oculto. Lo cierto, pues, es el hecho de la mayor beligerancia que el neocapitalismo tardío ha demostrado hacia todo áquello que pueda hacer resurgir elementos de crítica al sistema, constituyéndose la educación en el centro mismo de los ataques más encolerizados.

 

La educación ha pasado, por tanto, a convertirse en “el enemigo de enemigos”. Pero qué educación es el que acumula esos odios exacerbados y qué modelo educativo es el que está recibiendo tan demoledores ataques.

 

Para contestar estas preguntas, nada más conveniente que un acercamiento a los procesos culturales y educativos que se han ido desarrollando a lo largo del siglo XX. Se puede afirmar que este siglo ha supuesto la consolidación de tendencias nacidas en los siglos XVIII y XIX, y como en los siglos anteriores, hay una etapa en la que se produce una elaboración propia de las herencias recibidas. Si hay un factor, sin embargo, que caracteriza al finalizado siglo XX, éste será la aparición de una amplia población que reivindica sus derechos económicos, sociales y políticos.

 

La reivindicación precisamente de derechos está en el transfondo de los conflictos, luchas y cambios que se experimentan en lo que ya podríamos calificar como el “Siglo de las Masas[1]. La población alcanzará así su derecho de ciudadanía mediante el sufragio universal, empezando a integrarse en las estructuras de poder colectivo. Pero es un hecho paradójico el que siempre que se logra una conquista colectiva, se ponen en práctica estrategias que eliminen y neutralicen los logros alcanzados. En el caso de la educación, encontraremos numerosos ejemplos de tales estrategias y tácticas puestas en juego de manera defensiva.

 

Pues bien, en estas páginas que trataremos de revisar los procesos utilizados para canalizar las expectativas colectivas para poder acceder a una movilidad ascendente objetiva. Describir y comprender como se neutralizan estas expectativas será el primer paso para valorar en su justa medida qué ha ido ocurriendo con los ideales de construcción de unas sociedades educadas y autónomas.

 

I. DEL MODELO ILUSTRADO DE EDUCACIÓN AL MODELO EDUCATIVO DE LA SOCIEDAD INDUSTRIAL

 

El siglo XX tiene su auténtico comienzo con la Revolución Francesa. El ideal del conocimiento que había guiado la realización de la monumental Enciclopedia convergía en los anhelos de libertad del “cuarto estado”, del pueblo [2].

 

La burguesía había puesto en marcha una conquista sin precedentes de las estructuras de poder y para ello requería la colaboración apasionada de los “sin poder”, de los “sans culotte”. Como todos los procesos de cambio de poder sociopolítico, se apelará a los intereses comunes de la población con la intención de alterar los mecanismos de distribución del privilegio y de dominación social.

 

Resulta muy interesante, no obstante, el análisis de la distribución del privilegio en las sociedades para poder situar en su lugar el fenómeno educativo y sus transformaciones [3].

 

De este modo, esbozaremos una perspectiva general sobre el funcionamiento de la organización y asignación de los privilegios y beneficios sociales en relación a los grupos que acceden y se consolidan en su uso.

 

En principio, debe disculpársenos la exposición con la que intentaremos aclarar “las estructuras elementales del poder”. En este sentido, haremos un repaso por algunas de las concepciones que han indagado a este respecto.

 

Si algo define entonces a las estructuras de poder y dominación social es su capacidad regulativa sobre el conjunto de la sociedad. En las actuales polémicas sociológicas sobre qué son anteriores si las macroestructuras o las de carácter micro -las instituciones o los actores-, se olvidan tradiciones intelectuales que han clarificado el funcionamiento del hecho social a partir de una rigurosa investigación de las interacciones subyacentes y ocultan en los diferentes fenómenos de la vida colectiva e individual. Es decir, la obra pionera con la que se nos abre un continente nuevo al respecto de las interpretaciones sociales anteriores, proviene sin duda de la Metapsicología de Freud. En ella, hechos aparentemente aislados remiten a los aspectos más definitorios del ser humano, pero no reconocibles ni reconocidos por éste; es más, incluso negados insistentemente ante el temor a ser conocidos no sólo desde el punto de vista individual, sino especialmente colectivo.

 

El temor a asumir, pues, la posible existencia de fuerzas no-conscientes que actúan sobre la vida consciente, se muestra como el hecho más indicativo de estar en el camino exacto en la investigación social. El caso de Karl Popper resulta el mejor ejemplo del pánico que supone reconocer las propias limitaciones del paradigma científico asumido, en este caso neopositivista [4].

 

En estas condiciones, los límites del análisis sociológico nos indican hasta qué punto el enfrentamiento de Popper con el modelo explicativo freudiano, nos coloca en un punto de inflexión desde el cual reconstruir los problemas sociológicos. De esta forma, en “La sociedad abierta y sus enemigos”, Popper enuncia el problema de problemas del siglo XX: la aparición de un ingente número de población con derechos políticos y que busca acceder a derechos sociales y culturales. La respuesta elitista de Popper rechazando radicalmente las concepciones filosóficas dialécticas e ilustradas sobre la sociedad, resulta el mejor ejemplo de un tipo de pensamiento que hunde muchas de sus raíces en el modelo biologicista heredado de Herbert Spencer.

 

En efecto, la batalla ideológica esencial que se va a librar desde finales del siglo XIX, proviene de la irrupción cuantitativa de un ingente número de ciudadanos que tratan de incorporarse a la sociedad industrial con los mismos derechos que los detentados por los grupos hegemónicos de la sociedad. El surgimiento del elitismo ideológico será la auténtica constante intelectual de una modalidad característica de pensamiento que se extiende a lo largo del desarrollo del siglo XX.

 

La obra precursora de Nietzsche se dejará sentir en Gaetano Mosca y en Vilfredo Pareto, pero también, entre otros muchos, en Ortega y Gasset, Tönnies, Spengler o el Funcionalismo norteamericano [5]. En todos ellos es común la actitud aristocratizante ante el advenimiento de lo que despectivamente se denominará bajo el término de “multitudes”. Sin embargo, lo que resulta de sumo interés no son tanto las invectivas contra “las masas” dirigidas por estos autores, cuanto el análisis de su actitud elitista y los fundamentos sobre los que se apoya.

 

Para comprender, por tanto, el elitismo ideológico se hace fundamental precisar de manera previa cómo siempre que en la Historia aparece un sujeto nuevo se produce una reacción defensiva de los grupos de poder consolidados. Éste es el caso concreto de la sociedad del siglo XX, e incluso de finales del siglo XIX. Es decir, el progreso de la sociedad industrial posibilita salir de una existencia de subsistencia y entrar en nuevas formas de sociabilidad, sino que, asimismo, las luchas obreras y sociales desarrollan una conciencia colectiva en la que se reivindican los valores del conocimiento y del desarrollo intelectual. La revolución educativa nace paralela con la revolución política. El deseo de aprender y lógicamente de comprender está implícito en el deseo de actuar y participar en la sociedad. La mayoría de la población se descubre a sí misma con capacidad para transformar y mejorar el conjunto de los procesos sociales.

 

Se puede decir que desde finales de la Revolución Francesa un conflicto se agudiza y hereda en el desarrollo y constitución del siglo: el conflicto entre mayorías y minorías. Conflicto éste sin el que no es posible entender la vertebración de las instituciones económicas, políticas y sociales, pero asimismo las de índole educativa y cultural. Mayorías y minorías radicalizan sus posiciones ideológicas y defensivas, y en el choque de dos guerras mundiales y de multitud de conflictos bélicos locales demostrarán la insostenible circunstancia de este enfrentamiento.

 

Ahora bien, una descripción analítica de cómo se organizan las posiciones defensivas de los grupos de poder ante la aparición de nuevos sujetos históricos, tiene que tener en cuenta los siguientes elementos:

 

  • El reforzamiento y repliegue sobre sí mismos de los grupos de poder ante una situación en la que “se perciban acechados” sus privilegios.
  • La creación de sistemas de instituciones en las que el grupo hegemónico establezca alianzas y vínculos de cohesión.
  • El repliegue ideológico y cosmovisivo que se estudia en nuestro estudio.
  • Y el desarrollo de mecanismos defensivos en los que la presión en estructuras formales e informales ejercerá un papel de primera magnitud.

 

A la vista de estos procesos será fundamental una exposición detenida de cómo la posición defensiva actúa de una manera general, y específicamente el ámbito de la educación será el que mejor explique las tácticas y estrategias puestas en juego por los grupos de poder y de privilegio social.

 

Así, lo que conocemos como educación moderna tiene su génesis en la obra de los filósofos ilustrados aglutinados alrededor de la Enciclopedia. El Diccionario ilustrado de las ciencias, de las artes y de los oficios que desde 1751 hasta 1772 recopila la herencia intelectual heredada por una generación consciente de su trascendencia histórica [6].

 

Diderot abre la obra con una proclama sobre el sentido del conocimiento:

 

“El fin de una Enciclopedia es reunir los conocimientos esparcidos sobre la superficie de la Tierra; exponer el sistema general a los hombres con los que vivimos, y transmitirlo a los hombres que vendrán después de nosotros; a fin de que los trabajos de los siglos pasados no hayan sido trabajos inútiles para los siglos que han de suceder; de que nuestros descendientes, al devenir más instruidos, se hagan al mismo tiempo más virtuosos y más felices, y de que nosotros no muramos sin haber merecido pertenecer al género humano.” [7]

 

Resuenan en este fragmento los compases finales de una sinfonía escrita un siglo después. La “Novena Sinfonía” beethoveniana recoge el sentimiento de pertenecer a un género humano que busca llegar a ser, como afirmaba Diderot, más virtuoso y más feliz. De nuevo, la convicción en la perfectibilidad de los individuos mueve los proyectos educativos ilustrados. El mejoramiento a través de la educación se resume en lograr poner las condiciones sociales e históricas para el desarrollo de las facultades individuales y colectivas. De ningún modo, hay determinismo o se menoscaba el concepto de libertad, ya que el propio sujeto se conforma como persona a través de sus capacidades singulares, y al mismo tiempo la sociedad debe contribuir a establecer los procesos económicos, culturales, políticos, etc., que edifiquen unas condiciones de igualdad y libertad.

 

El concepto de universalidad a partir del cual todos los ciudadanos deben poseer iguales derechos y deberes resulta, en conclusión, el logro esencial del modelo educativo emanado del pensamiento ilustrado. Como afirmaba Kant: la Ilustración es la llegada a la mayoría de edad, el atreverse a saber [8]. La emancipación de los individuos de la ignorancia y de los prejuicios resume ese ideal imprescindible para construir una sociedad democrática. Sin educación la democracia, como ya afirmaban los filósofos clásicos, será solamente una demagogia. Y sin democracia cultural, la educación se convertirá en un simple proceso de formación técnica que, otra vez, actúe en la aparición de personalidades inmaduras e incompletas y que, en tiempos de crisis, serán el sustrato de cualquier política irracional y autoritaria.

 

II. LA FORMACIÓN DE LA SOCIEDAD DE MASAS Y LOS PROCESOS DE CAMBIO SOCIAL

 

El modelo cultural racional-humanista, cuya consigna básica fue el hegeliano planteamiento según el cual: todo lo real era racional [9], se consolidaba como el núcleo teórico a partir del cual era posible establecer comparaciones desde el punto de vista axiológico -esto es, valorativo- en relación al avance o retroceso de una determinada sociedad. Hasta comienzos del siglo XX, se podrían delimitar dos modelos culturales de integración y legitimación cognitiva: el racional-humanista transmitido educativamente y cuyo objetivo partía de la comprensión e interpretación racional de la realidad y, por otro, el popular caracterizado por ser un conjunto de aspectos tan variados como el folclore, los usos y costumbres populares y, en general, la vena creadora colectiva. No se puede olvidar que la cultura no dejaba de ser sino una síntesis literaria, intelectual y artística entre estos dos modelos. Don Quijote y Sancho representaban los símbolos máximos del modelo cultural que sintetizaban la alta cultura con la cultura popular.

 

La evolución de la sociedad industrial, no obstante, va a contraponer a estos dos modelos culturales un nuevo tipo de integración social y valorativa. Precisamente de este tipo de elaboración cultural van a provenir los problemas fundamentales en los que no sólo la Sociología cuanto también las Ciencias Humanas -y, en general, los conocimientos y áreas en los que se enseñan y analizan valores-, se ven inmersos actualmente en nuevos procesos. La cultura de masas producida de forma industrial se situará, cada vez en mayor grado, entre los dos modelos anteriores. Sus sistemas de valores, sus códigos, sus normas y, en general, la totalidad de sus mensajes, irán impregnando la percepción colectiva de la realidad.

 

A continuación se analizan las causas por las que se está produciendo un reciente fenómeno de anulación y neutralización de los dos modelos históricos anteriores de elaboración cultural e ideológica. Y, ante todo, se hace relevante el estudio de las consecuencias, tanto sociopolíticas como psicológicas, que aparecen, así como el resultado de una política comunicativa en la que se van suprimiendo tradiciones intelectuales y culturales. En consecuencia, se está ante el retorno de estructuras de desigualdad colectivas en las que el tema del cierre al acceso a la cultura a una gran mayoría de la población, se convierte en el hilo conductor para comprender de un modo global el reajuste de la sociedad de capitalismo post-industrial.

 

TRANSFORMACIONES Y ADAPTACIONES

 

La consolidación de la Sociedad de Masas resulta ser el lógico resultado de un conjunto de procesos sociopolíticos que el desarrollo económico del capitalismo industrial trae aparejados. Se puede afirmar que, tras las dos Guerras Mundiales, el problema central de la nueva sociedad será el tratar de encauzar hacia unas direcciones no conflictivas el comportamiento colectivo. Y al decir “no conflictivas”, se hace referencia a la evitación de movimientos sociales y eventuales revoluciones como formas de resolución de las crisis. Tras los estallidos revolucionarios del siglo XIX y el surgimiento de los fascismos y de los nacionalismos, la preocupación central consistirá en la búsqueda de unos procesos de estabilidad y de adaptación que posibiliten la continuidad de la sociedad de mercado sin reaparecer las tensiones con las que se iniciaba el siglo XX.

 

La transformación entonces del capitalismo industrial en capitalismo de consumo de masas se convierte en la solución a partir de las que solventar dos cuestiones básicas: una economía basada en la incentivación de la demanda y, especialmente, el espinoso tema de la lealtad de las masas. Tema éste que se constituye en el centro de los subsistemas económico, legal-administrativo e ideológico-cultural [10]. Pero, sobre todo, la sociedad de masas se muestra como un nuevo modo de organización de tales subsistemas; es como si los subsistemas pudieran analizarse como estructuras, suponiendo el concepto de “Sociedad de Masas” el proceso dinámico y activo que moviliza en direcciones prefijadas los nuevos objetivos del neocapitalismo de post-guerra.

 

Para comprender el camino que emprende este capitalismo de postguerra se hace preciso observar que la catástrofe bélica que ha conllevado la muerte y la destrucción de miles de vidas, ciudades y países, también ha significado un proceso sin precedentes de acumulación y valorización del capital, y, al mismo tiempo, ha supuesto la renovación industrial y tecnológica para ciertos sectores sociales y grupos de poder ya existentes antes de los conflictos bélicos [11].

 

Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial y como reparación moral ante los millones de víctimas del conflicto, se suavizan las condiciones de acumulación del capital instaurándose el Estado de Bienestar que reinterpreta como derecho universal el derecho a la educación. La educación obligatoria significa una conquista de las poblaciones de las nuevas sociedades surgidas tras la guerra. Pero este logro va a ser cada vez más obstaculizado mediante la acción permanente de los medios de comunicación que pasan a ser propiedad de las grandes corporaciones industriales de índole transnacional. Nos encontramos entonces con uno de los conflictos que mayor repercusión tienen en nuestros días: la organización de unos fenómenos de difusión ideológica a través de la serialización y mercantilización de la opinión pública. Como afirmaron los teóricos de la Escuela de Frankfurt, la uniformidad de los mensajes y la homogeneización de los públicos se harán necesarios ante el avance de nuevos grupos sociales, que se ven en igualdad de condiciones y capacidad para acceder a la totalidad de estructuras e instituciones sociales, culturales y políticas [12]. La movilidad social que, en las décadas de los años cincuenta y sesenta, permite la acción del Estado de Bienestar, sin embargo va a percibirse como el peligro de peligros por parte de los sectores que han detentado el poder y sus beneficios. De aquí que el Neoconservadurismo político y el Neoliberalismo económico emprendan unas complejas estrategias para limitar la llegada de la gran mayoría de la población a las instituciones que, como la Universidad, habían sido el patrimonio de las élites y grupos minoritarios [13].

 

En tales tácticas de neutralización de la movilidad social se hace necesario reconducir la educación y la cultura a fases preindustriales, saltando sobre los avances que el post-industrialismo había posibilitado. Desde los años que siguieron a la crisis del petróleo de mil novecientos setenta y tres, se extenderán entonces en los países desarrollados una serie de reformas educativas con las que combatir y evitar los movimientos revolucionarios estudiantiles que caracterizaron los años sesenta y comienzos de los setenta. Era el comienzo de una deseducación que modificaba la educación en simple formación tecnológica y, asimismo, el conocimiento pasa a ser una mercancía adaptada a las necesidades productivas del neocapitalismo post-industrial.

 

LOS ORÍGENES DE LA DESEDUCACIÓN

 

Los años finales de la década de los sesenta son momentos de una soterrada revolución. Como afirmaban algunos de los eslóganes del Mayo francés: “debajo de los adoquines, estaba la playa” [14]. Y efectivamente debajo de la naciente “feliz Sociedad de Consumo” latía el deseo de un mundo nuevo y de unos valores sociales diferentes. “La imaginación al Poder”, se convertía en la consigna de la generación que no había conocido la post-guerra. Era un aire fresco el que entraba en las apolilladas aulas de la Universidad, de los Liceos y de las escuelas. Pero con él también entraban corrientes subterráneas nada tranquilizantes para los imaginativos proyectos estudiantiles.

 

La aparición de las drogas desfiguraba y alteraba profundamente el lema revolucionario, confundiendo psicodelia con imaginación, y sexualidad con transformación de la vida social. La confusión que se observa en el comienzo de los años setenta, se acecentará como una inmensa bola de nieve a finales de la década. La fecha clave, no obstante, tiene que situarse en mil novecientos setenta y tres. La crisis del petróleo pasa a ser la coartada perfecta para desestabilizar al movimiento juvenil. Desde esa fecha se endurecen las estructuras de control social, y en ellas la educación se convertirá en el factor que más sufrirá y soportará las contradicciones económicas y políticas.

 

Las reformas iniciales de los planes de estudio y de los centros educativos franceses, por tanto, se irán extendiendo al resto de países y de sociedades. Como era de esperar, en España estas reformas llegarán una década después, a mediados de la década de los años ochenta. Mas, una vez empezado el proceso no se ve conclusión a su final. Todo lo contrario. Se irán ampliando los mecanismos de control ideológico. La cultura y la comunicación entrarán de inmediato, -conjuntamente con la educación-, en las restricciones impuestas a la libre circulación de las ideas. La libre circulación de las ideas así va siendo recortada con métodos cada vez de mayor sofisticación y rapidez. De este modo, a la Guerra Fría le acompaña una Guerra Fría contra la Cultura que persistirá incluso cuando caiga el Muro de Berlín y los países soviéticos [15]. Al ponerse, pues, en marcha los mecanismos anti-culturales sus efectos se constituyen en poderosísimas estructuras defensivas del neocapitalismo tardío.

 

Antes de entrar en la descripción de lo que se ha venido en denominar como deseducación, será muy conveniente desplegar el contexto de las relaciones internacionales dominantes en los años setenta. Se trata, en consecuencia, de situarnos en los comienzos de lo que décadas después recibirá el pomposo nombre de globalización.

 

Pues bien, si algo define la economía post-industrial en su paso a global, ello no puede dejar de ser sino la mercantilización de todos los sectores relativos a creación simbólica e ideológica. La Industria Cultural se ramifica en múltiples Industrias Culturales. Los productores y distribuidores de contenidos culturales masivos van a diversificar sus productos, articulándose sus actividades desde los sectores de la prensa hasta el editorial y radiotelevisivo. Corporaciones como la CBS, Time Inc, ABC, Bertelsmann, MCA/Universal, Walt Disney Productions, McGraw-Hill o Hachette, componen los grupos de producción y distribución más poderosos del planeta [16].

 

Prensa y libros se complementan con CD’s y videos tanto en el campo audiovisual como en el informático y electrónico. La facturación y el beneficio neto moverán miles de millones de dólares y de euros. Pero de toda esta facturación contable, los beneficios no contables como van a ser los de carácter ideológico resultarán de mayor productividad y efectividad a largo plazo.

 

En efecto, la evolución vertiginosa que los medios de comunicación de masas han tenido durante el siglo pasado: de la prensa minoritaria y elitista (las masas eran analfabetas) y de la incipiente radio hemos pasado a diarios con miles de lectores, multitud de emisoras que transmiten desde y para cualquier lugar del planeta, canales a la carta que proporcionan noticias, retransmisiones deportivas, cine o concursos las veinticuatro horas del día, revistas especializadas en todas las áreas del saber o de la conjetura, del ocio, de la política o de las vidas ajenas, redes de comunicación como Internet muy capaces de abolir el espacio y el tiempo y, en general, una sobreinformación que podría dar la sensación de sentirnos con cada vez más posibilidades de aprendizaje y educación. Pero lo cierto, no obstante, resulta la profunda paradoja según la cual la pluralidad que las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC) permiten, se ven anuladas por los propios contenidos difundidos por múltiples canales (ondas hertzianas, hilo telefónico, fibra óptica, difusiones digitales o analógicas por satélite, etc.) o soportes (discos, cintas magnéticas, DVD, etc.). En estas condiciones, el optimismo que nos permitiría sentirnos ciudadanos del mundo y en una sociedad del aprendizaje y del conocimiento, queda mitigado.

 

III. TECNOCRACIA Y EDUCACIÓN

 

El desarrollo industrial de finales del siglo XIX permitiría una sociedad en la que la propia diferenciación funcional, -planteada por Durkheim- [17], permitiría el desarrollo de la individualidad como consecuencia del propio sistema socioeconómico. Esta concepción optimista, no obstante, no tenía en cuenta el surgimiento de una organización burocrática de la Sociedad y del Estado. La burocracia se hacía imprescindible para el desarrollo capitalista, pero especialmente “la burocracia parasitaria” que en nada se parecía al modelo definido por Weber en su libro monumental “Economía y Sociedad” [18].

 

Para Weber, burocracia equivalía a administración. Y en concreto, a una administración racional con unos objetivos organizativos con un alto grado de eficacia. Ello permitía una especialización y una división del trabajo con tareas y obligaciones objetivamente estipuladas. El mérito y la antigüedad consolidaban un personal burocrático cuyas finalidades promovían la búsqueda de una mejora organizativa de la sociedad. Pero este planteamiento weberiano no confiaba totalmente en que la burocracia trajese una participación más amplia y real de los ciudadanos en el Estado moderno.

 

Al contrario, el autor de “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” no ocultaba el problema central de la racionalización burocrática: el hecho según el cual los burócratas sustituyesen el parlamentarismo democrático a partir de la edificación de una administración meramente de carácter técnico. En estas condiciones, los procedimientos burocráticos se complejizaban al formarse unas actitudes calculadas con la intención de neutralizar la participación social colectiva. Y si a esto se sumaba la aparición de enormes y complejas organizaciones cuyas decisiones quedaban al margen de la población, el resultado no podía dejar de ser sino la aparición de amplias zonas de conflicto ya que la burocracia se edificaba, en último término, a expensas de la negación de la sociedad civil.

 

Como se observa, la burocracia en lugar de crear las condiciones para el gobierno del interés común, se convierte en el límite estructural para consolidar lo privado en lo público. Por consiguiente, el efecto de la racionalización -que no racionalidad- del Estado no podía dejar de ser algo diametralmente opuesto al proyecto weberiano de una burocracia al servicio de la ciudadanía. Y así ante las implicaciones que para la igualdad y la libertad podían traer aparejadas las mejoras logradas por la evolución de la economía capitalista y del Estado social, se asiste a la formación de una tecnocracia que establece y constituye una compleja democracia elitista competitiva [19]. Y en este desarrollo capitalista la educación se convierte en el obstáculo fundamental para el sistema de burocratización de las organizaciones corporativas de capital privado. Aparece con una fuerza inusitada el problema central de las sociedades post-industriales: capitalismo o democracia.

 

Desde “La República” de Platón, la democracia significará un monumental esfuerzo por regenerar éticamente el Estado a partir de la educación de los ciudadanos. La paideia clásica era incompatible con el gobierno demagógico. Pero todo lo contrario iba a suceder, el despotismo y la tiranía nacían como parásitos adheridos y enquistados en la manipulación de la ignorancia popular. Esta situación que resultaba tan evidente hace más de veintiséis siglos pasados, reaparece, sin embargo, como la amenaza inevitable de las sociedades mal llamadas “de masas” [20].

 

LA EDUCACIÓN UN ASUNTO DE ESTADO

 

Se puede afirmar así que si el siglo XIX fue un tiempo de incorporación de la población al capitalismo industrial, el siglo XX, por el contrario, supone una regresión en los ideales de mayor libertad para el mayor número de ciudadanos posibles. Ahora bien, este estado de regresión no se encuentra en los comienzos del siglo. Al contrario, las grandes revoluciones antipropietaristas tienen su génesis en los movimientos sovietistas rusos y en el anticapitalismo espartaquista de la primera década del siglo. La reacción, de todos sabida, será el ascenso de los fascismos y del nazismo. El temor de las élites ante el avance de los movimientos obreros y sindicales conducirá directamente a la Segunda Guerra Mundial.

 

Es, pues, el pánico que las minorías hegemónicas desarrollan, en gran medida, el origen de los procesos ideológicos que conducen inequívocamente hacia la deseducación. Por tanto, la deseducación no se tratará de un sólo fenómeno sino de una suma de muy variados y diferentes aspectos que merecen ser analizados de una manera pormenorizada.

 

a) La deseducación como neutralización social

 

Cuando se habla de neutralización nos estamos refiriendo en concreto a la acción desplegada por lo que se podría considerar como un circuito cultural-comunicativo que delimita los temas, contenidos y efectos que deben llegar al conocimiento de los ciudadanos. Se tratará entonces de “enseñar a no aprender” a una ciudadanía que no logra entender el funcionamiento ni de los medios de comunicación ni, desde luego, del inmenso proceso ideológico del que es objeto preferente. Pero cómo se ejerce ese no aprender tan característico de las décadas finales del siglo XX.

 

Al acercarnos a este problema, nos tenemos que situar necesariamente en las nuevas relaciones entre Estado y Mercado. Y así si el Mercado necesita ciudadanos-consumidores, el Estado mercantilizado requerirá de ciudadanos “privatizados”; es decir, de un modelo de sociedad en la que estos ciudadanos no se hagan preguntas, pero tampoco se las contesten. Los medios de comunicación “ya estarán para responderlas”. Entramos en esa “era del vacío”, a la que Lipovetsky se refiere [21]. La clave es no pensar.

 

Pero para lograr ese “no pensar” no sólo los poderosos conglomerados de comunicación mediada son agentes activos de esta situación, sino que paralelamente se requiere una legislación educativa y, sobre todo, unos planes internacionales de educación en los que se consoliden los efectos deseducativos en los ciudadanos. Estas modificaciones en los procesos de enseñanza y docencia se van a ir estableciendo desde la década de los años ochenta del siglo pasado. El triunfo, pues, del Neoliberalismo económico requería “una mano de obra” adaptada a la introducción de las complejas tecnologías informáticas, como parte determinante de la continuidad del capitalismo que se edifica sobre la información y su rápida descodificación, sin embargo, en último término, “la adaptación” de los trabajadores significará un mecanismo de mayor importancia para el sistema: el aseguramiento del sistema de clases sociales evitando la movilidad social ascendente.

 

Es objetivamente comprobable que la Sociedad de Bienestar surgida tras el final de la Segunda Guerra Mundial permitía “una cierta liberalización” del sistema de división social de los ciudadanos. La necesidad de unos trabajadores mejor formados tecnológicamente, con conocimientos de diferentes idiomas -inglés, preferentemente-, capacidad de gestión empresarial y sindical, e identificación con el modelo económico corporativo, está en el origen de esta situación. Empero, las revueltas estudiantiles y juveniles de los años sesenta ponen sobre aviso que la formación técnica tiene que desvincularse de la educación teórica. El recorte de los sistemas de Bachillerato en los que el conocimiento de lenguas clásicas -griego y latín-, filosofía o literatura resulta su consecuencia. Como afirmaba Bourdieu en “La distinción”, las diferentes clases sociales del postindustrialismo se van a ir radicalmente separando a partir de su capital cultural. Esto es, el conocimiento de la cultura humanista-clásica va ir quedando reservado para los sectores de clase media-media y media-alta al ser valorado como “parte de su herencia social”. Por tanto, en esta restricción de conocimientos subyace ideológicamente el ir eliminando posibles competidores en el disfrute del poder y del privilegio social. Y, en este sentido, el debilitamiento de los planes de estudio en los que se accedía a ese “capital cultural” histórico como era el griego o la filosofía, se constituye en una auténtica prioridad para los gestores del neocapitalismo.

 

La neutralización de los sistemas educativos deviene en una necesidad para la perpetuación de los grupos hegemónicos. La educación, de nuevo, es considerada como el gran peligro. Con la educación racional y con una ciudadanía informada ni las técnicas del marketing comercial operan, ni, mucho menos, las estrategias persuasivas mediáticas hacen efecto. En estas condiciones, la dureza con la que las instituciones internacionales actuarán será el más claro indicador de lo que está en juego. Así, la Convergencia Europea se va a centrar de un modo casi obsesivo en la modificación de los Planes de Estudio que habían pervivido desde los comienzos de la postguerra. Los acuerdos firmados en la ciudad italiana de Bolonia en relación a los estudios de Tercer Ciclo y Doctorado expresan esas limitaciones que se van a ir imponiendo a la libre difusión del conocimiento. Difusión que ya había sido recortada en los Estados Unidos desde los años setenta. En su libro “La instrucción escolar en la América capitalista”, Bowles y Gintis describían el desierto en el que el sistema escolar norteamericano había llegado. Este desierto se va extendiendo, como si de dunas arenosas se tratara, por todo el planeta desarrollado, dejando a su suerte y al abandono a las zonas que, tras ser expoliadas por la colonización y la neocolonización, no han podido hacer frente al analfabetismo y a la ignorancia. Ignoracia y persuasión corren intrínsecamente unidas. Tal es la cínica estrategia de una tecnologización de la incultura y de la manipulación planificada.

 

b) Privatización del Conocimiento

 

De la misma forma que los sistemas educativos se desestabilizan, también la investigación científica queda relegada a los intereses empresariales. En nuestros días, descubridores tan geniales como Pasteur, Fleming o Ramón y Cajal serían prácticamente irrepetibles. El uso taylorista de los laboratorios de investigación es una parte más de esa deseducación social.

 

En efecto, investigaciones transcendentales para el progreso de la Humanidad como las vacunas o la penicilina en nuestros días hubieran estado condicionadas a su cotización bursátil. La salud, al igual que la educación o el trabajo, se ha privatizado de una forma tan indigna como inhumana. Como irónicamente comentaba Eduardo Galeano en una entrevista televisiva, todos quisiéramos saber en qué supermercado “los dueños” del planeta lo han podido comprar. Esa compra inmoral en el caso de la investigación médica se hace más deshonesta y perversa.

 

Se estima que los beneficios por las vacunas y su distribución en el mundo suponen billones de dólares al año. La OMS (Organización Mundial de la Salud) ha quedado desplazada ante el poder de las principales compañías farmacéuticas como la Sandoz, la Roche, la Bristol Myers, la Bayer o la Pfizer. La economía farmaceútica es uno de los trusts más poderoso del movimiento de cotizaciones bursátiles transnacional. Lo cual implica un férreo control sobre los medicamentos. Control que llega hasta el extremo de no permitir la gratuidad de, sin ir más lejos, la vacuna de la malaria en los países empobrecidos a causa del “mal ejemplo” que se daría en un mercado de capitalismo globalitario. De este modo, si la educación se debilita y rebaja sus contenidos, a la vez, la investigación se privatiza y mercantiliza despiadadamente. El “orden del caos” queda legitimado: “quien puede pagar se cura, quien no pueda que muera”. Ésta es la consigna y el eslogan del Globalitarismo. El holocausto, ahora, es global. Pero como todo holocausto es aséptico y planificado. Los nuevos verdugos ya no son sólo militares al servicio del Principio de Muerte. La plana se ha ampliado porque, en la actualidad, los Gestores de la Muerte son los altos funcionarios de Organismos Internacionales, los corredores de Bolsa que trabajan para los anónimos accionistas que recogen sus beneficios sin ninguna culpabilidad, los gobernantes que legislan para el uso privado de los bienes comunes del planeta y los cómplices que desinfectan y esterilizan la Industria de la Muerte.

 

La ciencia, la educación y el conocimiento se han disciplinado. El concepto de disciplina, entendido como área y especialidad del saber, cobra el sentido inverso: el de disciplina como obediencia y docilidad. El científico al hacerse extremadamente dócil pierde su capacidad de innovación creadora. Ahora, el creador es un empleado que privatiza su inteligencia y se inmuniza ante el sufrimiento humano. La rentabilidad justifica su sumisión. Y si la prostitución se entiende como “un alquiler del cuerpo” para conseguir dinero, “el alquiler de la inteligencia” es la degradación del científico ante los poderes bursátiles. Recordando de nuevo a Galeano, vivimos en un mundo “patas arriba”. Será hora ya de irle dando una vuelva radical que le enderece y encamine hacia la reflexión colectiva y públicamente orientada.

 

IV. BALANCE PROVISIONAL

 

Hasta aquí hemos tratado de presentar el perturbador fenómeno de la deseducación que se está viviendo cotidianamente. La ofensiva en contra de los sistemas de enseñanza, de las innovaciones intelectuales y científicas, y de todo áquello que pudiera suponer un mínimo peligro para el modelo de privilegios consolidados, produce un estremecimiento si lo razonamos pausadamente. Vivimos en el “orden” estridente. Un orden impuesto no por diálogo sino por decreto y amenaza. Y en esta disposición de las cosas, la deseducación es una pieza principal del rompecabezas que quebranta a sociedades e individuos.

 

Siempre se ha considerado que la educación completaba las lagunas de nuestra especie en cuanto seres incompletos al nacer y precisos de socialización y desarrollo humano. La educación, por tanto, nos es tan necesaria no sólo como individuos sociables cuanto, también, porque al ser una especie natural requerimos un largo proceso de perfeccionamiento de nuestras facultades, limando el salvajismo y la ignorancia propia de nuestra condición de especie biológica. Tan necesaria es, en consecuencia, nuestra corrección y desarrollo de nuestras capacidades que educarse no tiene que ser entendido como un adorno personal de los individuos cuanto un imperativo de nuestra esencia humana. Sin educación el salvajismo nos devuelve a un estado presocial y brutalmente antihumano.

 

Pero no sólo la carencia de educación nos retrocede en el tiempo de la Naturaleza, también la falta de instrucción nos conduce a una crueldad ahistórica. La garantía para no caer en una fase regresiva de la Humanidad asimismo nos la posibilita el conocimiento, a través de la educación, de nuestro pasado histórico. La Historia nos incorpora el testimonio de un progreso adquirido en nuestro caminar por las épocas y por los años. Sin comprender nuestro pasado histórico nos convertimos, otra vez, en simples seres anacrónicos e insignificantes. El avance cultural y el desarrollo de nuestro crecimiento en cuanto especie colectiva lo debemos al renovador papel que, durante millones de años y miles de generaciones, ha hecho florecer lo mejor del género humano. Y frente a esto, en la lucha por impedir una evolución auténtica de nuestra especie, los gestores de la involución y del retroceso histórico y colectivo planifican un nuevo tipo de ignorancia dirigida que prolonga la humillación y la muerte para más de un tercio de habitantes del planeta.

 

El desgarramiento que la pobreza y la ignorancia significan para un orden en el que una minoría disfruta de una ilegítima abundancia conseguida mediante una injusticia edificada sobre una inmoral burocracia de corporaciones transnacionales que deshonran a la especie humana, en cuanto género y variedad de habitantes del planeta, no puede ya permitirse. El dilema, entonces, se presenta claro y cristalino: o barbarie, o civilización. Como afirmaba la pensadora alemana Rosa Luxemburgo, el futuro sólo puede construirse sobre un mundo pacificado y educado. Sin estas dos condiciones, cualquier otro tipo de discurso cobra el peligro de ser una peligrosa demagogia que justifique la arbitrariedad y la explotación. Con ello, la dualidad en la que se está construyendo el modelo de la Sociedad Global contemporánea, -es decir, sobrealienación en los países desarrollados y sobreexplotación en los países subdesarrollados,- resulta de tan gravedad que sus consecuencias pueden ser desastrosas en un futuro no muy lejano. Y es precisamente la sobrealienación el mecanismo que mayor interés suscita en nuestro estudio. Como se verá más adelante, la neutralización de los sistemas educativos va paralela con la desorientación del papel del intelectual y del creador en nuestro tiempo.

 

El intelectual que siempre había sido considerado como la conciencia crítica de su época, ha pasado a ser el simple portavoz de los intereses de los gestores planetarios. La degradación, por consiguiente, del intelectual innovador y del creador original es otro de los fenómenos correlativos con la degeneración y postergación de los sistemas educativos. Tal y como consideraba Antonio Gramsci, se hacía imprescindible el surgimiento de un tipo de intelectual orgánico capaz de transformar el uso de la cultura modificada en ideología, siguiendo en este planteamiento es hora ya de demandar la existencia de un intelectual colectivo; esto es, el intelectual que deja de ser elitista y toma conciencia de su situación histórica. Cuando “la masa” toma conciencia de sus posibilidades, en este mismo momento, automáticamente, deja de ser “masas”.

 

Precisamente es por esto por lo que se aturde y embotan las facultades de los ciudadanos: para impedir su propia apropiación de su conciencia. Tal es la gravedad de la deseducación, porque con ella se está institucionalizando el orden de la injusticia y de la degradación humana y social. En las páginas que siguen, se estudiará uno de los fenómenos que están descoyuntando la conciencia crítica de la Humanidad: el intelectual independiente. En el Circuito Cultural se buscará indigar cómo de las Industrias Culturales se ha pasado a la inserción de los creadores en los conglomerados industriales y mercantiles. El triunfo, en suma, de la regresión de las conciencias se logrará en el mismo momento en el que ya no queden voces y reflexiones autónomas capaces de hablar no en su nombre propio, sino en el nombre del avance y del desarrollo de todas sus facultades y posibilidades del histórico género humano.

NOTAS:

 

  1. Definimos el siglo XX como el “Siglo de las Masas” precisamente por la aparición de un tipo de sociedad en la que las multitudes son utilizadas como “formas económicas”, ya sea en las industrias del ocio o en los procesos políticos y sociales.
  2. Vovelle, M.: “Ideologías y mentalidades”. Barcelona, Ariel, 1985, págs. 293-319.
  3. Bourdieu, P.: “La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza”. Barcelona, Laia, 1977.
  4. VV. AA.: “La disputa del Positivismo en la sociología alemana”. Barcelona, Grijalbo, 1973.
  5. Bottomore, T.: “Élites y Sociedad”. Madrid, Talasa, 1995.
  6. VV. AA.: “¿Qué es Ilustración?”. Madrid, Tecnos, 1993. Págs. 61-67.
  7. Diderot, D. y D’Alembert, J.L.R.: “Artículos políticos de la ‘Enciclopedia’”. Madrid, Tecnos, 1986.
  8. Kant, I.: “Acerca de la Ilustración y de la revolución” en “¿Qué es Ilustración?”, vers. cit., págs. 28-31.
  9. Hegel, G. W. F.: “Fenomenología del Espíritu”. México, Fondo de Cultura Económica, 1966.
  10. Habermas, J.: “Problemas de legitimación en el capitalismo tardío”. Buenos Aires, Amorrortu, 1975.
  11. Giordano, E.: “Las mentiras de una guerra”. Barcelona, Deriva Editorial, 1991.
  12. Muñoz, B.: “Cultura y Comunicación. Introducción a las teorías contemporáneas”. Barcelona, Barcanova, 1989.
  13. Bourdieu, P.: “La Noblesse d’Etat: Grandes écoles et esprit de corps”. Minuit, París, 1989.
  14. VV. AA.: “La imaginación al poder”. Barcelona, Argonauta, 1980.
  15. Dahrendorf, R.: “The Modern Social Conflict”. Londres, Weidenfeld and Nicolson, 1988.
  16. Flichy, P.: “Las multinacionales del Audiovisual”. Barcelona, Gustavo Gilui, 1982.
  17. Durkheim, E.: “De la división del trabajo social”. Buenos Aires, Shapire, 1967.
  18. Weber, M.: “Economía y Sociedad”. México, Fondo de Cultura Económica, 1978.
  19. Bachrach, P.: “Crítica de la democracia elitista”. Buenos Aires, Amorrortu, 1973.
  20. Lasch, Ch.: “La rebelión de las élites”. Barcelona, Paidós, 1996.
  21. Lipovetsky, G.: “La era del vacío”. Barcelona, Anagrama, 2000.

BLANCA MUÑOZ

Blanca Muñoz

Licenciada en Filosofía y en Ciencias Políticas y Sociología.
Se doctoró en la Universidad Autónoma de Madrid en 1983.
Premio Extraordinario de Licenciatura.
Premio “Mejor Becario” y Premio de Investigación Científica en el año 1982.
Actualmente es profesora Titular en la Universidad “Carlos III” de Madrid de “Sociología de la Cultura de Masas”, “Sociología del Conocimiento” y “Teoría Sociológica”, tras haber sido profesora Titular de “Teoría de la Comunicación de Masas” en la Universidad del País Vasco durante los años 1983-1990.


Entre sus publicaciones se pueden citar los libros siguientes:

Cultura y Comunicación. Introducción a las teorías contemporáneas (Barcelona 1989)

Teoría de la Pseudocultura. Estudios de Sociología de la Cultura de Masas y la Comunicación de Masas (Fundamentos 1995)

Whose Master’s Voice? The Development of Popular Music en Thirteen Cultures (Greenwood 1997)

Theodor W. Adorno: Teoría Crítica y Cultura de Masas (Fundamentos 2000)

La Cultura Global. Medios de Comunicación, Cultura e Ideología en la Sociedad Globalizada (Pearson 2005)

Cultura y Comunicación. Introducción a las teorías contemporáneas (reedición Fundamentos 2005)

Modelos Culturales. Teoría Sociopolítica de la Cultura (Anthropos 2005)

Asimismo, ha publicado diferentes estudios y artículos sobre la ideología, la cultura y el conocimiento colectivo en la sociedad contemporánea.