La educación estética del género humano – Friedrich von Schiller

PRESENTACIÓN
Friedrich von Schiller está considerado uno de los más grandes escritores del Romanticismo alemán. Goethe y Schiller representan la más alta cumbre de la literatura y de la reflexión ilustrada tardía y del movimiento prerromántico y romántico. Esta reflexión en donde encuentra una de sus mejores exposiciones será en el conjunto de Cartas que componen ``La educación estética del género humano`` de Schiller. Estas cartas en las que el autor alemán expone el sentido de la educación estética de la Humanidad, son un monumento único para comprender la revolución de la conciencia que debe corresponderse con la revolución social y política; y, como afirma Schiller, sin esta revolución de la conciencia cualquier cambio externo al mismo sujeto puede quedar sometido a la arbitrariedad y a la injusticia.
Schiller crítica el rumbo que la revolución burguesa de 1789 está emprendiendo en su tiempo. El salvajismo del pueblo y el cinismo de las élites le parece al autor de ``Los bandidos`` el gravísimo problema de la sociedad a la que, no obstante, considera que puede entrar en una etapa ilustrada.
Por ello, ``Las cartas sobre la educación estética...`` se enfocan y dirigen a la creación de una auténtica transformación de la sociedad desde los fundamentos de la racionalidad y la ética kantianas. Kant está subyaciendo en el modelo de educación estética propuesta por Schiller: sin ética no puede haber estética y, a la par, sin estética es imposible avanzar en la conducta ética. La síntesis entre ética y estética debe ser el origen de una razón práctica que posibilite una nueva Filosofía de la Historia en la que lo mejor de Kant y de Marx puedan ser recogido en nuestro tiempo tan necesitado no sólo de una nueva ética cuanto, también, de una nueva estética que reconcilie al ser humano con la Naturaleza pero, esencialmente, con su destino como especie racional con capacidad objetiva para llegar a la bondad, la verdad y la belleza.

Algunas cartas de “LA EDUCACIÓN ESTÉTICA DEL GÉNERO HUMANO”:

 

· QUINTA CARTA

 

¿Es éste el carácter que encontramos en la época actual, el que reflejan los acontecimientos presentes? Dirigiré ahora mi atención al motivo más relevante de este amplio panorama.

 

Es cierto que la opinión ha perdido su prestigio, que la arbitrariedad ha sido desenmascarada y, aunque todavía poderosa, no puede aparentar ya la más mínima dignidad; el hombre ha despertado de su larga indolencia y del engaño en que se complacía, y exige insistentemente la restitución de sus derechos inalienables. Pero no los exige sin más; se alza en todas partes para tomar por la fuerza lo que, según él, se le niega injustamente. El edificio del Estado natural se tambalea, sus frágiles cimientos ceden, y parece existir la posibilidad física de sentar en el trono a la ley, de honrar por fin al hombre como fin en sí, y hacer de la verdadera libertad el fundamento de la unión política. ¡Vana esperanza! Falta la posibilidad moral, y ese instante tan propicio pasa desapercibido para la ciega humanidad!

 

El hombre se refleja en sus hechos, y ¡qué espectáculo nos ofrece el drama de nuestro tiempo! Por un lado salvajismo, por el otro apatía: ¡los dos extremos de la decadencia humana, y ambos presentes en una misma época!

 

En las clases más bajas y numerosas de la sociedad se advierten impulsos primitivos y sin ley que, una vez deshechos los lazos del orden social, se desencadenan y apresuran con furia indomable a satisfacer sus impulsos animales. Puede que la humanidad objetiva haya tenido motivos para lamentarse de la existencia del estado; pero la subjetiva ha de honrar sus instituciones. ¿Puede censurársele al estado que olvidara la dignidad de la naturaleza humana, cuando de lo que todavía se trataba era de defender la existencia de la propia humanidad? ¿Puede reprochársele que se apresurara a separar mediante una fuerza disgregadora y a unir mediante una fuerza cohesionante, cuando aún no era posible pensar en una fuerza formativa? La disolución del estado es la mejor justificación de la necesidad de su existencia. La sociedad, una vez desatados los lazos que la fundamentan, en lugar de progresar hacia una vida orgánica, se precipita de nuevo en el reino de las fuerzas elementales.

 

Por otra parte, las clases cultas nos proporcionan la imagen todavía más repulsiva de una postración y de una depravación de carácter más indigna tanto más cuanto que la cultura misma es su fuente. No recuerdo ahora qué filósofo antiguo o moderno hizo la observación de que las cosas más nobles son también las más repugnantes cuando se descomponen, pero esta sentencia puede aplicarse asimismo al ámbito de lo moral. El hijo de la naturaleza se convierte, cuando se sobreexcede, en un loco frenético; el discípulo de la cultura, en un ser abyecto. La ilustración de la que se vanagloria, no del todo sin razón, las clases más refinadas, tiene en general un influjo tan poco beneficioso para el carácter, que no hace sino asegurar la corrupción valiéndose de preceptos. Negamos la naturaleza en su propio dominio, para acabar experimentando su tiranía en el terreno moral, y aunque nos oponemos a sus impresiones, tomamos de ella nuestros principios. La afectada decencia de nuestras costumbres niega a la naturaleza la primera palabra todavía excusable, para concederle la última y decisiva sentencia en nuestra moral materialista. El egoísmo ha impuesto su sistema en el seno de la sociabilidad más refinada y, sin haber llegado a alcanzar un corazón sociable, experimentamos todos los contagios y vejaciones de la sociedad. Sometemos nuestro libre juicio a su despótica opinión, nuestro sentimiento a sus caprichosas costumbres, nuestra voluntad a sus seducciones; y lo único que afirmamos es nuestro capricho, enfrentándolo a sus derechos sagrados. Una orgullosa autosuficiencia constriñe el corazón del hombre de mundo, un corazón que con frecuencia late aún armoniosamente en el hombre natural, y, como si se tratara de una ciudad en llamas, cada cual procura salvar de la devastación sólo su miserable propiedad. Se piensa que la única posibilidad de protegerse de los desvaríos del sentimentalismo es renunciar por completo a él, y la burla, que con frecuencia refrena saludablemente al exaltado, difama con la misma desconsideración al más noble de los sentimientos. Bien lejos de procurarnos la libertad, la cultura genera únicamente una nueva necesidad con cada una de las fuerzas que forma en nosotros, los lazos de la materia nos oprimen cada vez más angustiosamente, de tal modo que el miedo a perder ahoga incluso nuestro vivo impulso de perfeccionamiento, y hace valer la máxima de la obediencia ciega como la suprema sabiduría de la vida. Vemos así que el espíritu de la época vacila entre la perversión y la tosquedad, entre lo antinatural y la naturaleza pura y simple, entre la superstición y el escepticismo moral, y tan sólo el propio equilibrio del mal es a veces capaz de imponerle unos límites.

 

· OCTAVA CARTA

 

¿Debe pues la filosofía, desalentada y sin esperanza, retirarse de la escena política? Mientras el imperio de las formas se expande en todas direcciones, ¿ha de quedar éste, el más importante de todos los bienes, a merced del azar sin forma? ¿Ha de durar eternamente en el mundo político el conflicto de las fuerzas ciegas? ¿No triunfará la ley social sobre el egoísmo, su enemigo?

 

¡Nada de eso! Es cierto que la razón misma no intentará luchar directamente contra esa fuerza salvaje que se resiste a sus armas, ni tampoco, como el hijo de Saturno en la Ilíada, descenderá por sí misma al tenebroso escenario de la lucha. Sin embargo elegirá al más digno de entre los combatientes, le proporcionará armas divinas, como Zeus a su descendiente, y decidirá el signo definitivo de la lucha.

 

La razón ya cumple con su cometido encontrando y exponiendo la ley. La animosa voluntad y el vivo sentimiento deben encargarse de ejecutarla. Para poder vencer en su lucha contra las fuerzas naturales, la verdad ha de convertirse primero en una fuerza, y crear un impulso que la represente en el reino de los fenómenos, porque los impulsos son las únicas fuerzas motrices del mundo sensible. Si hasta ahora la razón había dado tan contadas muestras de su fuerza victoriosa, no es porque el entendimiento no haya sabido ponerla de manifiesto, sino porque el corazón la desoyó y el impulso no actúo en su favor.

 

Así pues, ¿cómo es que persiste aún el dominio generalizado de los prejuicios y el obscurecimiento de las inteligencias, pese a las luces que expanden filosofía y experiencia? Vivimos en una época ilustrada, es decir, el saber que habría de bastar al menos para corregir nuestros principios prácticos se ha alcanzado y se ha expuesto públicamente. El libre espíritu de investigación ha puesto fin a aquellos conceptos equívocos que durante mucho tiempo impidieron el acceso a la verdad, y ha socavado la base sobre la que el fanatismo y el engaño erigían su trono. La razón se ha purificado de las ilusiones de los sentidos y de una engañosa sofística, y la misma filosofía, que al principio nos hacía renegar de la naturaleza, nos llama ahora clara e imperiosamente de vuelta a su seno ¿por qué, entonces, seguimos comportándonos como bárbaros?

 

Si no está en las cosas, debe haber algo en el alma humana que se opone a la recepción de la verdad, por muy luminosa que ésta sea, ya su aceptación, por muy vivamente que pueda convencer. Así lo sintió un antiguo sabio y lo expresó en esta sentencia plena de significados ocultos: sapere aude.

 

Atrévete a ser sabio. Se necesita fuerza de ánimo para combatir las dificultades que, tanto la indolencia de la naturaleza como la cobardía del corazón, oponen al saber: No es casual que el mito haga descender, completamente armada, de la cabeza de Júpiter, a la diosa de la sabiduría, porque ya su primera misión es una acción guerrera. Nada más nacer, ha de vencer en duro combate a los sentidos, que se resisten a ver perturbada su idílica calma. La mayor parte de los hombres están ya demasiado fatigados y abatidos tras la lucha contra la necesidad, como para animarse a afrontar una nueva y más dura lucha contra el error. Contentos con evitar el penoso esfuerzo de pensar, dejan con gusto a otros la tutela de sus conceptos, y cuando sienten necesidades más elevadas, adoptan con ávida fe las fórmulas que el Estado y las Iglesias les proporcionan. Si estos hombres infelices merecen nuestra compasión, habremos de despreciar en cambio, justificadamente, a aquellos otros a quienes una mejor suerte ha librado del yugo de las necesidades, pero que se han sometido a él por propia elección. Estos prefieren la penumbra de oscuros conceptos, donde el sentimiento es más vivo, y donde la fantasía se dedica a forjar caprichosamente amenas figuras, a los destellos de la verdad, que ahuyentan la agradable ilusión de los sueños. Pero han basado el edificio entero de su felicidad precisamente en este mundo ilusorio, que la adversa luz del conocimiento hace desaparecer, y entonces, ¿para qué adquirir tan cara una verdad que empieza por arrebatarles todo lo que consideran valioso? Tendrían que ser ya sabios para amar la sabiduría: una verdad que ya intuyó aquél que dio su nombre a la filosofía.

 

La ilustración del entendimiento sólo merece respeto si se refleja en el carácter, pero con eso no basta: surge también, en cierto modo, de ese mismo carácter, porque el camino hacia el intelecto lo abre el corazón. La necesidad más apremiante de la época es, pues, la educación de la sensibilidad, y no sólo porque sea un medio para hacer efectiva en la vida una inteligencia más perfecta, sino también porque contribuye a perfeccionar esa inteligencia.

 

· NOVENA CARTA

 

Pero, ¿acaso no estamos ante un círculo vicioso? ¿La cultura teórica ha de originar la práctica, y ésta ha de ser, sin embargo, condición de la teórica? Toda reforma política debe tomar como punto de partida el ennoblecimiento del carácter humano, pero ¿cómo puede ennoblecer un carácter que se halla bajo la influencia de una constitución política degenerada? Para ello habría que buscar un instrumento que el estado no nos proporciona, y abrir nuevas fuentes que conserven sus aguas puras y límpidas, a pesar de toda corrupción política.

 

Y con ello hemos llegado al punto al que se dirigían todas mis consideraciones anteriores. Ese instrumento es el arte, esas fuentes brotan de sus modelos inmortales.

 

El arte, como la ciencia, está libre de todo lo que es positivo y de todo lo establecido por las convenciones humanas, y ambos gozan de absoluta inmunidad respecto de la arbitrariedad de los hombres. El legislador político puede imponerles unos límites, pero no puede gobernar sobre ellos. Puede desterrar al amante de la verdad, pero la verdad permanece; puede humillar al artista, pero no adulterar el arte. Sin embargo, nada es más habitual que el que ambos, ciencia y arte, rindan homenaje al espíritu de la época, y que el gusto creador se rija por el gusto crítico. Cuando el carácter se vuelve riguroso e inflexible, vemos a la ciencia vigilar estrechamente sus límites, y al arte entregarse a las pesadas cadenas de las reglas; cuando el carácter se debilita y se desvanece, la ciencia busca únicamente gustar, y el arte divertir. Durante siglos, tanto los filósofos como los artistas han tratado de hacer llegar la verdad y la belleza a las clases más bajas de la humanidad; ellos fracasaron en el intento, pero la verdad y la belleza se abrieron camino victoriosamente gracias a su propia fuerza vital indestructible.

 

El artista es sin duda hijo de su tiempo, pero ¡ay de él que sea también su discípulo o su favorito! Que una divinidad bienhechora arrebate a tiempo al niño del pecho de su madre, que lo amamante con la leche de una época mejor y le haga alcanzar la mayoría de edad bajo el lejano cielo de Grecia. Que luego, cuando se haya hecho hombre, vuelva, como un extraño, a su siglo; pero no para deleitarlo con su presencia, sino para purificarlo, temible, como un hijo de Agamenón. Si bien toma su materia del presente, recibe la forma de un tiempo más noble, e incluso de más allá del tiempo, de la absoluta e inmutable unidad de su ser. De este puro éter de su naturaleza demónica, nace la fuente de la belleza, libre de la corrupción de las generaciones y del tiempo, que, muy por debajo de ella, se agitan en turbios remolinos. El capricho del momento puede desvirtuar la materia del arte, del mismo modo que es capaz de ennoblecerla, pero la forma pura se sustrae a esas variaciones arbitrarias. Hacía tiempo que los romanos del siglo I se arrodillaban ante su emperador, mientras que las estatuas permanecían aún erguidas; los templos seguían teniendo una apariencia sagrada, cuando ya hacía tiempo que los dioses servían de diversión, y las infamias de un Nerón y de un Cómodo humillaban el noble estilo del edificio que las acogía. La humanidad había perdido su dignidad, pero el arte la salvó y la conservó en piedras cargadas de significación; la verdad pervive en el engaño, y la imagen originaria habrá de recomponerse a partir de una copia. Así como las nobles artes sobrevivieron a la noble naturaleza, la aventajan también en entusiasmo, dando forma a las cosas y estimulando la creación. Antes de que la verdad ilumine con su luz victoriosa las profundidades del corazón, la fuerza poética capta ya sus destellos, y las cumbres de la humanidad resplandecen, mientras en los valles reinan aún las tinieblas de la noche.

 

Pero, ¿cómo se protege el artista de las corrupciones de su tiempo, que le rodean por todas partes? Despreciado el juicio de su época. Que levante la mirada hacia su propia dignidad y hacia la ley, y que no ande cabizbajo en busca de la felicidad y de la necesidad material. Que se libere, tanto del fútil ajetreo mundano, que de buen grado imprimiría su huella en el fugaz instante, como de la impaciencia del exaltado, que pretende aplicar la medida del absoluto a la pobre creación temporal; que deje para el entendimiento, que aquí se halla en su medio, la esfera de lo real; y que aspire a engendrar el ideal uniendo lo posible con lo necesario. Que lo imprima en la ilusión y en la verdad, en los juegos de su imaginación y en la seriedad de sus hechos, que lo acuñe en todas las formas sensibles y espirituales, y que lo arroje en silencio al tiempo infinito.

 

Sin embargo, no a todo aquél que siente arder ese ideal en su alma le han sido dadas la calma creadora y el paciente sentido necesarios para imprimirlo en la callada piedra o para verterlo en la sobriedad de las palabras y confiarlo a las fieles manos del tiempo. Demasiado impetuoso como para avanzar serenamente, el divino impulso creador se precipita con frecuencia directamente en el presente y en la vida activa, y emprende la tarea de transformar la materia informe que le presenta el mundo moral. El sentimiento humano se siente apremiado por la desventura de la humanidad, y aún más por su envilecimiento, el entusiasmo se enaltece y, en las almas enérgicas, ese ardiente anhelo tiende con impaciencia a la acción. Pero, ¿se ha preguntado si esos desordenes del mundo moral ofenden su razón?, ¿o acaso hieren más bien su amor propio? De no saberlo ya, podrá reconocerlo por el empeño que ponga en exigir efectos determinados e inmediatos. El impulso moral puro se dirige a lo absoluto, para él no existe el tiempo, y el futuro, en cuanto que ha de surgir necesariamente del presente, se le convierte en presente. Ante una razón que no conoce límites, tomar una dirección significa a su vez llegar al final del camino, y la ruta ya está recorrida en cuanto se inicia.

 

Al joven amante de la verdad y de la belleza que me preguntara cómo satisfacer el noble impulso de su corazón, aun teniendo en contra todas las tendencias de su siglo, le contestaría: imprime al mundo en el que actúas la orientación hacia el bien, y ya se encargará el ritmo sereno del tiempo de completar ese proceso. Esa orientación se la das cuando, instruyéndole, elevas sus pensamientos hacia lo necesario y hacia lo eterno, cuando mediante tus hechos o tus creaciones, conviertes lo necesario y eterno en objeto de tus impulsos. Caerá el edificio de la locura y de la arbitrariedad, ha de caer, cae tan pronto como estés seguro de que se tambalea; pero ha de derrumbarse en su interior del hombre y no sólo en su exterior. Engendra la verdad victoriosa en el pudoroso silencia de tu alma, extráela de tu interior y ponla en la belleza, de manera que no sólo el pensamiento le rinda homenaje, sino que también los sentidos acojan amorosamente su aparición. Y para que la realidad no te imponga un modelo que tú has de darle, no te arriesgues entonces a aceptar su sospechosa compañía hasta no estar seguro de albergar en tu corazón un ideal que te sirva de escolta. Vive con tu siglo, pero no seas obra suya; da a tus coetáneos aquello que necesitan, pero no lo que aplauden. Sin haber compartido su culpa, comparte sus castigos con noble resignación, y sométete libremente al yugo del que tanto le cuesta prescindir, como soportar. Por el ánimo resuelto con el que desdeñas su dicha, les demostrarás que no te sometes por cobardía a sus sufrimientos. Piensa cómo deberían ser si tienes que influir en ellos, pero piensa cómo son si pretendes hacer algo por ellos. Busca su aplauso apelando a su dignidad, pero mide su felicidad por su insignificancia; en el primer caso, tu propia nobleza despertará la suya propia y, en el segundo, su indignidad no destruirá tu meta final. La seriedad de tus principios hará que te regían, y sin embargo podrán soportarlos bajo la apariencia del juego, su gusto es más puro que su corazón, y es aquí donde has de atrapar al temeroso fugitivo. Asediarás en vano sus máximas morales, condenarás en vano sus hechos, pero puedes intentar influir en sus ocios. Si ahuyentas de sus diversiones la arbitrariedad, la frivolidad y la grosería, las desterrarás también, imperceptiblemente, de sus actos, y finalmente de su manera de ser y pensar. Allí donde las encuentres, rodéalas de formas nobles, grandes y plenas de sentido, circúndalas con símbolos de excelencia, hasta que la apariencia supere a la realidad, y el arte a la naturaleza.

 

· VIGÉSIMO CUARTA CARTA

 

Así pues, podemos diferenciar tres momentos o estadios de evolución por los que han de pasar necesariamente, y en un determinado orden, tanto el individuo como la totalidad de la especie, para poder completar el ciclo de su determinación. Por causas accidentales, que yacen en el influjo de elementos externos, o en el libre arbitrio del hombre, estos distintos periodos pueden verse alargados o abreviados, pero no podemos prescindir de ninguno de ellos, y tampoco el orden en que se suceden puede verse alterado ni por la naturaleza, ni por la voluntad. El ser humano, en su estado físico, soporta pura y simplemente el poder de la naturaleza; se libra de este poder en el estado físico, soporta pura y simplemente el poder de la naturaleza; se libra en el estado moral.

 

¿Qué es el hombre, antes de que la belleza suscite en él el libre placer y la serena forma calme su existencia salvaje¿ Un ser siempre uniforme en sus fines, y eternamente variable en sus juicios, egoísta sin ser él mismo, desatado sin llegar a ser libre, esclavo sin servir a ninguna regla. En esa edad, el mundo sólo significa destino para él, sin ser aún objeto; sólo existe aquello que le hace existir; lo que nada le da, ni nada le quita, carece de existencia para él. Los fenómenos se le presentan aislados y separados de todos los demás, tal y como él mismo se ve en la sucesión de los seres. Todo lo que existe, existe para él según la sentencia del instante, toda variación le parece una creación completamente nueva, porque, junto a lo necesario en él, falta la necesidad fuera de él, que aúna las figuras cambiantes para dar forma a un universo, y mantiene la ley en el escenario del mundo, mientras el individuo pasa, fugitivo. En vano la naturaleza hace desfilar la rica variedad ante los sentidos del hombre sensible; éste no ve en la soberbia plenitud natural nada más que un enemigo. O bien se precipita vehementemente hacia los objetos, y pretendiendo en su apetencia, apoderarse de ellos, o los objetos arremeten, devastadores, contra él, y él los aparta de sí, aborreciéndolos. En ambos casos, su relación con el mundo sensible es de contacto inmediato y, acosado continuamente por su embate, atormentado sin cesar por la imperiosa necesidad, no descansa nunca sino en la extenuación, ni halla límites sino en el apetito saciado.

 

Aunque el pecho violento y el potente
corazón de los Titanes es
su cierta herencia, sin embargo el dios
forjó en torno a su frente un férreo y lúgubre
juicio y temple, sabiduría y paciencia.
Todo apetito se les vuelve ira
y su ira se extiende inmensa en torno suyo.

 

“Ifigenia en Tauris”
J. W. Goethe
 

Desconociendo su propia dignidad humana, está muy lejos de respetarla en los demás, y consciente de su propio apetito salvaje, lo teme en cualquier criatura semejante a él. No ve nunca a los otros en sí, sino que se ve a sí mismo en los otros, y la sociedad, en lugar de orientarle hacia la especie, lo encierra cada vez más estrechamente en su individualidad. Avanza con esa sórdida limitación por la sombría vida, hasta que una naturaleza favorable aparta de sus lóbregos sentidos la carga de la materia, la reflexión le separa a él mismo de las cosas, y los objetos se muestran por fin en el reflejo de la conciencia.

 

Sin duda, este estado de tosca naturaleza, tal como se ha descrito aquí, no puede encontrarse en ningún pueblo ni edad determinados; es una pura idea, pero una idea con la que coinciden escrupulosamente ciertos rasgos de la experiencia. Puede decirse que el hombre no se ha hallado nunca inmerso del todo en ese estado animal, pero tampoco ha podido evitarlo nunca por completo. Aun en los sujetos más toscos pueden encontrarse huellas inequívocas de libertad racional, de la misma manera que tampoco faltan, en los más cultos, momentos que recuerdan aquel sórdido estado natural. Es propio del hombre reunir en su naturaleza lo más elevado y lo más bajo, y si bien su dignidad consiste en una estricta diferenciación de ambos caracteres, su felicidad descansa en una hábil supresión de esa diferencia. La cultura, que ha de armonizar su dignidad y su felicidad, tendrá que procurar mantener la máxima pureza de esos dos principios en su mezcla más íntima.

 

Por ello, la primera aparición de la razón en el hombre no constituye aún el comienzo de su humanidad. La humanidad nace sólo con la libertad, y la primera tarea de la razón es acabar con la dependencia sensible del hombre; un fenómeno que, por su importancia y universalidad, no me parece aún desarrollado debidamente. La razón, como sabemos, se da a conocer en el hombre exigiendo lo absoluto (lo que se fundamenta a sí mismo, y lo necesario) y, dado que el hombre no puede satisfacer esa exigencia en ningún estado concreto de su existencia física, se ve obligado a abandonar por completo la materia y a remontarse, desde una realidad limitada, hacia las ideas. Pero, a pesar de que el verdadero sentido de esa exigencia de la razón es arrancarlo a los límites del tiempo, y llevarlo del mundo sensible al mundo de las ideas, puede, sin embargo, basándose en una falsa interpretación (apenas remediable en esa época del predominio de la sensibilidad), dirigirse a la existencia física, y precipitar al hombre en la más terrible de las servidumbres, en lugar de hacerlo independiente.

 

Y así ocurre de hecho. Con las alas de la imaginación, el hombre abandona el limitado horizonte del presente, en el que se encierra la pura animalidad, para aspirar a un futuro sin limitaciones; pero mientras que el infinito va naciendo ante su vertiginosa imaginación, su corazón no ha dejado aún de vivir en lo particular, ni de servir al instante. Inmerso en su animalidad, le sorprende el impulso hacia lo absoluto, pero como en ese sórdido estado todas sus aspiraciones se dirigen tan sólo a lo material y a lo temporal, y se limitan únicamente a su ser individual, aquella exigencia le induce sólo a extender hacia lo infinito su ser individual, en lugar de hacer abstracción de él, a buscar una materia inagotable, en lugar de la forma, una variación incesante y una afirmación absoluta de su existencia temporal, en lugar de la permanencia. El mismo impulso que aplicado a su pensamiento y a sus actos, debería conducirlo a la verdad y a la moralidad, no da origen ahora, referido a su pasividad y a su sentir, a otra cosa que a un ilimitado afán, una exigencia absoluta. Los primeros frutos que recoge en el reino del espíritu son, pues, la inquietud y el temor, ambos efectos de la razón, no de la sensibilidad, pero de una razón que ha equivocado su objeto, y que impone su imperativo directamente a la materia. Fruto de este árbol son todos los sistemas categóricos que prometen la felicidad, ya se refieran al día presente o a la vida entera o, lo que nos los hace más dignos de respeto, a toda la eternidad. Una duración ilimitada de la existencia, sólo por esa existencia y bienestar mismos, es un mero ideal forjado por la apetencia, y, por consiguiente, se trata de una exigencia que sólo puede ser planteada por una animalidad que aspira a lo absoluto. Así pues, sin ganar nada para su humanidad con una manifestación racional de este tipo, el hombre sale perdiendo además la feliz limitación del animal, al cual sólo aventaja por el hecho nada envidiable de haber perdido la posesión del presente en aras de su aspiración a lo absoluto, sin buscar, sin embargo, en toda esa lejanía ilimitada otra cosa que el mismo presente.

 

Pero aun cuando la razón no yerre su objetivo, ni se equivoque de planteamiento, la sensibilidad seguirá falseando aún por mucho tiempo la respuesta. En cuanto el hombre empieza a hacer uso de su entendimiento, y a relacionar entre sí los fenómenos que le rodean de acuerdo a causas y efectos, la razón, conforme a su concepto, exige una relación absoluta y un fundamento incondicionado. Para poder plantearse una exigencia como ésta, el hombre ha de haber dejado ya tras de sí la sensibilidad; pero la sensibilidad se sirve precisamente de esa exigencia para recuperar al fugitivo. Pues, en este punto, para cumplir esa exigencia de la razón, el hombre tendría que abandonar por completo el mundo sensible, porque el entendimiento permanece siempre dentro de los límites de lo condicionado, y seguirá haciendo siempre una pregunta tras otra, sin llegar nunca a la respuesta final. Pero como el hombre al que nos referimos aquí no es todavía capaz de una abstracción semejante, buscará aquello que no puede encontrar en su ámbito sensible de conocimiento, y que aún no busca en el plano superior de la razón pura, lo buscará en un ámbito inferior, en el de su sentimiento, y le parecerá que lo encuentra. Si bien la sensibilidad no le enseña ninguna cosa que tenga en sí su propio fundamento y que se dé a sí misma una ley, le enseña sin embargo algo que ignora todo fundamento y no respeta ninguna ley. Ya que no puede dar respuesta a las preguntas del entendimiento con ningún fundamento último e interior, las acalla al menos con el concepto de lo infundado, y sigue sometido a la ciega coacción de la materia, porque no es capaz de comprender la sublime necesidad de la razón. Puesto que la sensibilidad no conoce otra finalidad que su propio provecho, ni se siente guiada por ninguna otra causa que por el ciego azar, el hombre convierte al primero en el principio determinante de sus actos, y al segundo en el principio rector del mundo.

 

Ni siquiera el elemento sagrado del hombre, la ley moral, puede sustraerse, en su primera aparición sensible, a esta falsificación. Como la ley moral se manifiesta sólo prohibiendo, y en contra del interés del sensible amor propio del hombre, tendrá que parecerle algo ajeno a él, en tanto no haya llegado a considerar ese amor propio como lo ajeno, y la voz de la razón como su verdadero yo. Sólo siente las cadenas que le impone la razón, y no la liberación infinita que ésta le procura. Sin presentir la dignidad del legislador que hay dentro de él, siente sólo la coacción y la impotencia del súbdito. Ya que, en su experiencia, el impulso sensible precede al impulso moral, da a la ley de la necesidad un principio en el tiempo, un origen positivo, e incurriendo en el más desafortunado de los errores, convierte lo invariable y eterno que hay en él en un accidente pasajero. Se convence a sí mismo de que los conceptos de derecho e injusticia son estatutos impuestos por una determinada voluntad, y no admite que sean válidos en sí mismos y para siempre. Del mismo modo que, para explicar fenómenos naturales particulares, va más allá de la naturaleza y busca fuera de ella lo que sólo puede encontrar en el seno de la ley natural, va también más allá de la razón para explicar la moralidad, y se burla de su propia humanidad, buscando por este camino el carácter de la divinidad. No es de extrañar que aquella religión que consiguió renunciando a su humanidad se muestre digna de tal origen, que no considere leyes necesariamente vinculantes para toda la eternidad, aquellas que no vinculan desde la eternidad misma. No se trata de un ser sagrado, sino de un ser poderoso. El espíritu que inspira su adoración de dios es, pues, el temor, que envilece al hombre, y no la veneración, que aumenta la estima que el hombre siente por sí mismo.

 

Aunque estas numerosas discrepancias del hombre con respecto al ideal de su determinación no puede tener lugar todas en la misma época, ya que el hombre debe recorrer varios niveles para pasar desde el estado en que carece de pensamiento al de un pensamiento equivocado, desde la carencia de voluntad a la corrupción de esa voluntad, sin embargo estas discrepancias son, todas, consecuencia del estado físico, porque en todas ellas el impulso vital domina el impulso formal. Ya sea que la razón aún no se haya manifestado en el hombre y lo físico lo domine aún con ciega necesidad, o bien que la razón no se haya purificado aún lo bastante de los sentidos y que la moralidad obedezca todavía a lo puramente físico, en ambos casos el único principio que domina al hombre es un principio material, y el ser humano es, al menos conforme a su tendencia última, un ser sensible; con la única diferencia de que, en el primer caso, es un animal irracional. Pero no ha de ser ni lo uno ni lo otro, ha de ser hombre; ni la naturaleza puede dominarlo de manera exclusiva, ni la razón condicionadamente. Ambas legislaciones han de coexistir, siendo por completo independientes una de la otra, y, sin embargo, han de concordar perfectamente entre sí.

FRIEDRICH von SCHILLER

Friedrich von Schiller

Nació en Marbach, Alemania, en 1759 y murió en Weimar, Alemania, en 1805.
Hijo de un cirujano militar en la ciudad de Wüttemberg, fue obligado a seguir la carrera militar por orden del duque Carlos Eugenio de Württemberg en la escuela militar del castillo de la Solitude. Al trasladarse a Sttutgart pudo estudiar derecho y medicina, pese a que su vocación era la teología.
Con el desarrollo del movimiento literario Sturm und Drang, Schiller fue familiarizándose con los ideales clásicos, asimilando las grandes concepciones éticas y estéticas del pensamiento griego. Espíritu y libertad serán los conceptos que presidirán su obra.
En el año 1781 publica “Los bandidos” en el Schwabisches Magazín, obra fundamental en la defensa de la independencia y autonomía de los individuos frente al poder. El duque de Wüttemberg llevó su enemistad contra Schiller hasta el punto de que éste abandonará su puesto de cirujano en Sttutgart, viviendo a partir de aquí en Mannheim, Leipzig y Dresde.
En 1787 se trasladará a Weimar, y en 1789 ejercerá la docencia de Historia en la Universidad de Jena, conociendo durante estos años a Wieland, Herder y Goethe que ejercerán una influencia fundamental sobre su vida y su obra.
En 1790 se casa con Charlotte von Lengefeld. Una pensión del duque Holstein-Augustenburg permite a Schiller dedicarse a estudiar la filosofía de Kant, filosofía que ejercerá un benéfico influjo sobre su concepción ética y estética.
En 1794 y ya en 1799 en Weimar, se consolida la gran amistad de Schiller con Goethe. Aquí fundará las revistas “Die Horen” y “Musennalmanach”, con colaboraciones de Wilhem von Humboldt y Goethe.
En 1797 Schiller deja la filosofía y la historia, dedicándose totalmente a la literatura.
En 1805 Schiller morirá en Weimar, y Goethe finalizará el último poema en el que trabajaba el poeta al publicar “Epílogo a la campana de Schiller”, mostrando una de las amistades más hermosas, creadoras y leales de la Historia de la Literatura Universal.

 

La extraordinaria y esencial creación de Friedrich von Schiller se compone de las siguientes obras:

“Wallenstein” (1776)

“El campamento de Wallenstein” (1976)

“Los bandidos” (1781)

“Antología del año 1782” (1782)

“La conjuración de Fiesco” (1783)

“Amor y engaño” (1784)

“Himno a la alegría” (1785)

“Don Carlos” (1787)

“Historia de la insurrección de los Países Bajos contra el gobierno español” (1788)

“Los dioses de Grecia” (1788)

“Historia de la guerra de los Treinta años” (1791-1793)

“De la educación estética del hombre” (1793-1794)

“De la gracia y la dignidad” (1793)

“Del arte trágico” (1792)

“De la poesía ingenua y sentimental” (1795)

“Baladas” (1797)

“Los Piccolomini” (1797-1798)

“La muerte de Wallenstein” (1798-1799)

“La canción de la campana” (1800)

“María Estuardo” (1801)

“La doncella de Orleáns” (1801)

“Guillermo Tell” (1804)

“Demetrio” (1805, incompleta)

Friedrich von Schiller