María Moliner

En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España, ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento. Y cómo invariablemente responden: ‘Eso, eso es lo que nos hace falta: CULTURA’. Ellos presienten, en efecto, que es Cultura lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella es capaz de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser revolcados. Sienten también que la Cultura que a ellos les está negada, es un privilegio más, que confiere a ciertas gentes sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos -a veces con un valor moral nulo- una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etc. Y se revuelven contra esto, que vagamente comprenden, pidiendo CULTURA, CULTURA… Pero claro, si se les pregunta qué es lo que concretamente quieren decir con eso, no saben explicarlo, y no saben tampoco que el camino de la Cultura es áspero, sobre todo cuando para emprenderlo, hay que romper con una tradición de abandono conservado por generaciones y generaciones.
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Pensar tan sólo en lo que sería nuestra España, si en todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes, hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales, a leer, a asomarse al mundo material y al mundo inmenso del espíritu, por esas ventanas maravillosas que son los libros, tantas son las consecuencias que se adivinan si una tal situación llegase a ser realidad, que no es posible ni empezar a imaginárselas.

MARÍA MOLINER: Prólogo. A los bibliotecarios rurales.
Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España.
(Se considera un testimonio y confesión de su obra)

MARÍA MOLINER
Una vida dedicada a los Libros y a la Educación

María Moliner nace el 30 de marzo de 1900, en Paniza, un pueblo de Zaragoza. Uno de sus hijos comenta que era “muy aragonesa y muy cabezota, optimista y baturra”, pero con una gran claridad de ideas y una mente muy lógica.

 

Era hija de un médico rural, y por esta razón se trasladan primero a Almazán en Soria y, enseguida, a Madrid. Es aquí en donde estudia como alumna libre en el Instituto “Cardenal Cisneros” (estamos hablando de los años 1910 a 1915). Pero su padre se marchará a la Argentina, y la familia debido a problemas económicos, vuelve de nuevo a Aragón, concluyendo allí su bachillerato en 1917, en el Instituto General y Técnico de Zaragoza.

 

Estudiar -a principios de siglo- resultaba un privilegio reservado únicamente a los sectores sociales dominantes. Sin embargo, María finaliza sus estudios en 1921 -con Sobresaliente y Premio Extraordinario- en la Universidad de Zaragoza, en la única Licenciatura en Letras que existía entonces allí: la sección o especialidad de “Historia”.

 

El año 1922 significa un momento determinante en su vida. El padre seguía en América, y María queda al cargo de sus dos hermanos y de su madre enferma. Toda esta situación le obliga a concursar en la oposición al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.

 

Su primer destino profesional como funcionaria la va a llevar al Archivo de Simancas. En este sentido, uno de sus hijos nos dice:

Mi madre guardaba de Simancas un recuerdo entrañable. Pero aquello debía ser muy aburrido y muy frío. Entonces, lo primero que hace es pedir un nuevo traslado y le dan el Archivo de Hacienda de Murcia... Allí se va a producir un cambio radical con la forma de ver el mundo...

Efectivamente, porque en Murcia va a conocer al que será su marido: Fernando Ramón y Ferrando, un profesor de Física. Este matrimonio recordará otros matrimonios que por esos años tan transformadores, entenderán el amor y su unión, como una vocación comprometida y científica. Al igual que Pierre y Marie Curie, Ramón Menéndez Pidal y María Goiri, el matrimonio Ramón y Ferrando, y Moliner entiende su proyecto de vida como difusión de la educación y la cultura, en una España necesitada de una transformación radical.

 

A principios de los años treinta (desde 1925 hasta 1939), la familia se traslada a Valencia. Esta etapa valenciana puede considerarse desde el punto de vista profesional la más determinante en el ideal de una cultura creada para el pueblo y con el pueblo, y de una enorme actividad. María Moliner se hará cargo del Archivo de la Delegación de Hacienda, y más tarde, como directora de la Biblioteca de la Universidad de Valencia -que sigue siendo una de las mejores organizadas y completas de España-.

 

En esta ciudad, entra en contacto con la “ESCUELA o COLEGIO COSSÍO”, inspirada claramente en la INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA. Allí compartió ese espíritu y sus objetivos con un grupo de amigos.

 

María Moliner enseñó en ella Literatura y Gramática, y además, formó parte de su Consejo Director, como vocal, y de la Asociación de Amigos para su apoyo, como secretaria. Pero donde doña María iba a poner todo su entusiasmo, sería como colaboradora en las llamadas MISIONES PEDAGÓGICAS, quizás el único intento menos burgués y elitista de la República. Las únicas imágenes que tenemos, por ejemplo, de Federico GARCÍA LORCA pertenecen a la Misión Pedagógica de “LA BARRACA”. Esa fotografía en la que se ve un autobús de “La Barraca” por un camino polvoriento de un pueblo de España, llevando el teatro clásico a cualquier rincón de esa España agrícola, explica, mejor que cualquier otro testimonio, la tarea tan moderna e innovadora que llevaron a cabo las Misiones Pedagógicas al intentar difundir una educación y una cultura para todos como la mejor “regeneración” social y ética de un país. Existe un hilo conductor y renovador en todos los verdaderos intelectuales y escritores de esa época: la preocupación por la gente sin Historia. Ella así lo entendió y estaría en la misma línea que el interés de Baroja por los personajes de “La busca”, que el “popularismo” de Antonio Machado, que los estudios sobre la literatura anónima de Menéndez Pidal, el “neopopularismo” de Lorca o Alberti, e incluso podemos citar “Los olvidados” de Buñuel… Captó que el Arte y toda obra intelectual debía contar con la realidad históricamente silenciada, con lo anónimo y con lo popular, con la “intrahistoria” de Unamuno, y esa “intrahistoria” de la Lengua -la lengua familiar y local era la que quedaba por hacer- y que ella recogió y desarrolló.

 

María Moliner fue, como se suele decir, “el alma de estas actividades y tareas pedagógicas” de organizar las bibliotecas rurales como puertas a la cultura. Y consistía en lo siguiente:

 

  • Se creaba un grupo de personas que iban por los pueblos y dejaban una biblioteca, – esas bibliotecas que la gente llamaba “María Moliner” -.
  • Daban charlas y conferencias con la gente del pueblo, entregaban los libros para formar una pequeña biblioteca, explicaban cómo tenían que manejarla. Y se marchaban a otro pueblo.

 

Al mismo tiempo, había coros y teatro, por ejemplo “La Barraca”, donde representaban obras de teatro clásico y tenían gran éxito, por ejemplo, “Los Entremeses” de Cervantes.

 

Ella misma nos dice:

Pensar tan sólo en lo que sería nuestra España, si en todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes, hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales, a leer, a asomarse al mundo material y el mundo inmenso del espíritu, por esas ventanas maravillosas que son los libros, tantas son las consecuencias que se adivinan si una tal situación llegase a ser realidad, que no es posible ni empezar a imaginárselas.

En su Homenaje en 1981, uno de sus participantes dijo que en aquellas bibliotecas fundadas y creadas por María Moliner había libros tan dispares como “El Criterio” de Balmes – un pensamiento conservador -, “La vida de Santa Teresa contada por ella misma” – un pensamiento religioso-místico -, o “El Capital” de Marx – un pensamiento revolucionario -.

 

Se demuestra así, su valor intelectual y, por otra parte, su capacidad organizativa. Todo esto va a quedar recogido en su libro “Instrucciones para el servicio de pequeñas Bibliotecas”, publicado en Valencia en 1937, muy valorado tanto en España como en el extranjero, ya que es un ejemplo de cómo las pequeñas Bibliotecas son las piezas primordiales para la creación de una sociedad que ella quería que fuera diferente y nueva. En esta etapa que va desde 1935 hasta el final de la Guerra Civil en 1939, es cuando María Moliner despliega un trabajo de mayor compromiso cultural. Trabaja en la Biblioteca de la Universidad de Valencia y, durante la Guerra, organiza la Oficina de Adquisión y Cambio Internacional de Publicaciones. Todo ello cristaliza en su proyecto de Plan de Bibliotecas del Estado, considerado todavía como el mejor Proyecto de Creación y Gestión de Bibliotecas Populares en nuestro país.

 

El prólogo o presentación “A los bibliotecarios rurales” es casi una confesión de su obra, un testimonio que resume muy bien su claridad de ideas. En ese momento nos dice:

No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España, ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento. Y cómo invariablemente responden: 'Eso, eso es lo que nos hace falta: Cultura'. Ellos presienten, en efecto, que es Cultura lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella es capaz de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser revolcados. Sienten también que la Cultura que a ellos les está negada, es un privilegio más, que confiere a ciertas gentes sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos -a veces con un valor moral nulo- una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etc. Y se revuelven contra esto, que vagamente comprenden, pidiendo CULTURA, CULTURA... Pero claro, si se les pregunta qué es lo que concretamente quieren decir con eso, no saben explicarlo, y no saben tampoco que el camino de la Cultura es áspero, sobre todo cuando para emprenderlo, hay que romper con una tradición de abandono conservado por generaciones y generaciones.

Al final de la Guerra Civil, María Moliner sufrirá las represalias políticas de la Postguerra –pero sin necesidad de exiliarse-, su marido es suspendido de empleo y sueldo, y ella pierde los derechos adquiridos en el Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios, hasta 1958 no recuperará los dieciocho puestos perdidos en el escalafón profesional. Pero como todo tiene su cara y su cruz, el aislamiento de María Moliner a una biblioteca secundaria, como es la de la Escuela Técnica de Ingenieros Industriales de Madrid (en la calle Alenza), permite a ésta tener más tiempo para dedicarse a un continente inexplorado: el de las palabras, sus significados y su uso popular.

 

En esta biblioteca, y como comenta su hijo Fernando, se podía disponer de una tranquilidad propia de unos estudios de Ingeniería que, por su dificultad, no permiten a los alumnos frecuentar en exceso la consulta de libros. De esta forma, con sus hijos ya en la Universidad, y su marido desplazado como profesor de Física en Salamanca, doña María podrá empezar a recopilar “ese océano de palabras”, como lo reconoce Manuel Seco, lingüística y autor también de diccionarios maravillosos como es el de “Dudas”. Es el inicio de un Diccionario que introduce en España una concepción ya de Modernidad Ilustrada.

 

La redacción del DICCIONARIO DEL USO DEL ESPAÑOL se inicia en 1950 o 1951, pero será en 1952 cuando estructure ya la forma del Diccionario. Su hijo Fernando, que estudiaba entonces Arquitectura, le lleva un diccionario de dos profesores filólogos ingleses que lo habían elaborado en Japón en la Segunda Guerra Mundial. Este diccionario era un tomo pequeño y le entusiasmó. Y dijo: “Yo esto me lo hago en unos meses, hablo con Dámaso Alonso que dirige la Editorial Gredos y me lo pueden publicar”. Este diccionario que tanto le gustó era el “Leaner’s Dictionary”, un diccionario de uso que no sólo dice lo que significan las palabras sino que indica cómo se usan y por qué otras palabras pueden reemplazarse. Le gustó a María Moliner la sencillez y la ausencia de pedantería de ese diccionario, más propia de los ingleses, frente a un diccionario de la Real Academia Española con el método más anticuado, donde una palabra se definía por otra y una remitía a otra sin más desarrollo. Como hemos dicho anteriormente, su idea en un principio era escribir un diccionario similar en español y calculó que le llevaría unos seis meses que se convertirían después en quince años y en más de tres mil páginas.

 

Al plantearle a Dámaso Alonso este proyecto se asustó, pero no se atrevió a negarle su publicación, ya que durante la guerra María Moliner le había ayudado dándole trabajo en la biblioteca de la Universidad de Valencia. A todos les pareció un diccionario raro. Por primera vez, se iban a definir las palabras y tenía un planteamiento filosófico: cada palabra era un artículo.

 

Por otra parte, rompía la convención estática de un diccionario de la Real Academia Española, donde no se definían las palabras, así si se busca “bobo” dice véase “tonto”. Se busca “tonto” y dice véase “bobo”. O si buscamos “burro” remite a “asno”, donde dice “asno” retorna a “burro”. Se vulneraban así los principios de la lógica aristotélica más elementales, de manera que todo no era más que un círculo eterno en donde la aclaración brillaba por su ausencia. Por tanto, la Real Academia de la Lengua articulaba una interpretación de la lengua española en la que no existía ningún proceso de cambio ni social, ni cultural, ni, desde luego, idiomático. Este estatismo lo romperá María Moliner al situar el término de USO en la portada y título de la obra.

 

Para comprender la innovación terminológica que realizó hay que remitirse al Curso de Lingüística General de Ferdinand de Saussure que revoluciona la comprensión del Lenguaje a principios de siglo. Para Saussure, el uso de la lengua aporta el factor dinámico y cambiante de los significados, como recoge al explicar la dicotomía “Lengua/Habla”. Esa transformación teórica de Saussure en la Lingüística, la hizo realidad y práctica María Moliner en su Diccionario del Uso; es decir, del “Habla”, y del “Habla popular”. Parafraseando a Guillermo de Torre -uno de los teóricos y creadores de las vanguargías españolas-, hablando de las vanguardias literarias españolas dijo que: “Por fin España ponía su reloj en hora con Europa”. Pues bien, quien no sólo puso en hora los fundamentos de la Lengua como “Habla” fue María Moliner con su diccionario, ya que fue una pionera, incluso de la vanguardia europea en este campo.

 

El diccionario de doña María Moliner representó en su momento una novedad excepcional en la lexicología española por encima de cualquier otra obra. Y además, a todo esto hay que añadir que una obra como un diccionario, posiblemente, sea la única que se realiza en el mundo, como obra personal. Se puede calificar como un diccionario personal, original, distinto y superior a cualquier otro.

 

Entre los años 1966 (primer tomo) y 1967 (segundo tomo), la Editorial Gredos publica el Diccionario de Uso del Español, formado por dos volúmenes.

 

Al mundo académico y al universitario, les molestó que una persona que no pertenecía a esos círculos pudiera saber más que ellos. Pero fue subiendo su fama y “ese mundillo controlador y estático” sintió vergüenza de ser incapaz y no poder mejorar ni superar un diccionario tradicional como el de la Real Academia, y no admitir como compañera a María Moliner. Pensaron cómo una mujer, con unos medios materiales tan humildes, había puesto en evidencia la ineptitud y la holganza de “tan insignes polígrafos y próceres”. Las objeciones al diccionario no se hicieron esperar. Pero, detrás de tales réplicas, se ocultaban “estructuras latentes” que, como dirían Saussure y Freud, escondían algo más que críticas filológicas y lingüísticas. En primer lugar, con qué derecho una mujer se atreve a una investigación rigurosa y científica sobre el lenguaje. Y en segundo, cómo se le ocurre recoger el habla de la población, la utilización idiomática ingeniosa, diaria y creativa del pueblo español e hispanoamericano.

Propuesta en 1972 para su ingreso en la Real Academia de la Lengua por Dámaso Alonso y Rafael Lapesa, fue rechazada.
MARÍA MOLINER
Metodología de Trabajo

Su metodología de trabajo la relata su hijo Fernando:

Mi madre era una persona extraordinariamente sistemática. Ella era el diccionario.
Tenía una serie de ayudantes, que se caracterizaban todos porque eran buenas personas. Todo está escrito por ella. No hay ni una sola letra en todas las fichas, que no sea la suya, y la del corrector de la Editorial Gredos. Pero todo lo demás es una producción ingente de datos que hay que reordenar, y cuyos criterios de ordenación eran a veces difíciles. En eso tenía a unas colaboradoras que aparecían por casa. No sé de donde sacó ella unas fichas que eran tiras muy largas, con puntos para cortar, metía eso en la máquina de escribir, iba escribiendo, anulaba fichas, las repetía. Cuando estaban hechas las corregía con bolígrafo, no con lápiz, y luego todo eso lo tenía que ordenar alguien.
Eso sí, hay un momento en mi casa donde ibas a buscar un calcetín y no sabías donde encontrarlo, porque estaban todos los cajones llenos de fichas, pero todos.
Y esto, como el diccionario era ella, no había despacho para el diccionario, trabajaba en un rincón del comedor, en una mesa especial para ello, mínima, para la máquina de escribir, y un espacio para trabajar ella. En la mesa de comer hasta que llegaba el desayuno -porque trabajaba desde las siete o las seis de la mañana-, y se levantaba la mesa.
Pero lo más bonito también es su trabajo en su casa de campo, en la provincia de Tarragona. Allí pasaba los veranos -que es el privilegio del Ministerio de Educación-, dos meses al año de vacaciones. Allí con los pájaros por la mañana, y antes de que nadie se levantase, tenía ocho horas para trabajar, sin que nadie la molestase. Era una mesa que aún conservo.
Las lecturas más habituales de mi madre eran el diario ``El Sol`` y sobre todo ``El Ya``, donde encontraba más fácilmente esas palabras y voces de la calle que ella iba incorporando a su diccionario.
Entre los autores y escritores que tenía más estima y que leyó más a fondo fueron los de la Generación del 98, y aunque sea más discutible también a Eugenio D'Ors. Los escritores de la Generación del 27 más que leerlos eran amigos. Recuerdo que le di a leer ``El Jarama`` de Sánchez Ferlosio y le gustó muchísimo.

Fuente: Transcripción del programa de RNE en el Centenario de María Moliner (Año 2000)

CENTENARIO DE MARÍA MOLINER
por Manuel Seco

Manuel Seco hablando de “La gran revolución del Diccionario”, donde por primera vez se definían las palabras, nos dice:

Y este alcance, en 'el Moliner', estaba en función del propósito renovador de la obra, que era, en palabras de su autora, hacer del diccionario 'una herramienta total' del léxico, poniendo a disposición del usuario no sólo la definición de cada uno de los sentidos de la palabra -lo que ofrecen todos los diccionarios en general-, sino información sobre sus construcciones con preposición y sobre sus complementos habituales, ejemplos abundantes, notas sobre uso, listas de sinónimos y palabras afines, y hasta la mayor o menor frecuencia de empleo de la voz o de la acepción en cuestión. Es decir, servía al lector tanto la posibilidad de comprender como la de expresarse.
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Todos los diccionarios envejecen... María Moliner, después de publicar el 'Diccionario de uso del español', tenía el propósito de revisarlo y renovarlo. La muerte no se lo permitió. Sin embargo, por fortuna, la obra sigue joven: una nueva edición reciente, cuidada con delicadeza por la editorial, lo ha actualizado, conservando los muchos rasgos positivos que daban sello inconfundible al texto original. Que viva muchos años 'el Moliner', uno de los monumentos españoles del siglo XX.

Fuente: El Cultural, 29 Marzo 2000

MARÍA MOLINER
“La mujer que escribió un diccionario” por Gabriel García Márquez

Para entender su influencia y reconocimiento, basta leer un fragmento del artículo publicado el 10 de febrero de 1981 (“El País”) por Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, donde se despedía de María Moliner tres semanas después de haber intentado conocerla en una de sus visitas a España.

 

Ese artículo lo tituló: “La mujer que escribió un Diccionario”:

La semana pasada cuando yo me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí, como si hubiera perdido a alguien, que sin saberlo, había trabajado para mí durante muchos años.
María Moliner, por decirlo del modo más corto, hizo una proeza con muy pocos precedentes. Escribió sola en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil y más divertido de la lengua castellana. Se llama ´Diccionario de Uso del Español`, tiene dos tomos de casi tres mil páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y a mi juicio más de dos veces mejor.
CARTA DE MARÍA MOLINER

Testimonio de María Moliner, que corresponde a una carta escrita a su familia fechada en noviembre de 1973.

 

Propuesta en 1972 para su ingreso en la Real Academia de la Lengua Española por Dámaso Alonso y Rafael Lapesa, fue rechazada.

 

 

Carta María Moliner

Fuente: Transcripción del programa de RNE en el Centenario de María Moliner (Año 2000)

MARÍA MOLINER (1900 – 1981)
María Moliner
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