Técnicas de manipulación colectiva

La búsqueda de un nuevo Humanismo en tiempos de crisis: una reflexión sobre el uso de las Técnicas de Manipulación Colectiva.

INTRODUCCIÓN

 

Si nos remontamos al Renacimiento, el Humanismo surgió para romper con las cadenas feudales de la humillación y de la dependencia. El optimismo marcará una época histórica que orienta sus mejores esfuerzos a expresar el valor de valores: la dignidad humana. Entre la Naturaleza y la Sociedad, el ser humano se convierte en la expresión máxima de la acción de la libertad y la racionalidad.

 

Pero, de inmediato, la posibilidad objetiva de humanizar el planeta fue enfocada hacia un modelo de economía que detenía el avance y el progreso humano, modificándolo en desarrollo tecnológico. El capitalismo y su fase neoliberal actual, desvían los ideales de autonomía del sujeto hacia intereses en los que la producción pasa a ser el eje de la existencia. De esta forma, el significado de dignidad humana toma un giro diferente. Bajo el imperio del mercado, y sus leyes de oferta y demanda, el Humanismo renacentista es sustituido por una mutación de los valores en los que el egoísmo y la competitividad se convierten en el núcleo fundamental del comportamiento social [1]. Así, las ilusiones de realizar lo humano devienen en los intereses de lo inhumano.

 

Ahora bien, lo curioso de la consolidación de la sociedad industrial y post-industrial relegará al terreno de lo inútil todo aquello que no entre dentro de los procesos económicos o de consumo. Sentimientos, ideales o emociones van a ser juzgados negativamente. Lo que no enriquezca el patrimonio se vuelve cuestionable. Lo que no sirva para una utilidad rápida se hace ineficaz. Toda esta nueva mentalidad se impone tras el final de la Segunda Guerra Mundial. La sociedad de consumo se edificará para desviar conflictos y revoluciones, pero también para consolidar un modelo de acumulación económica en el que el individuo es tipificado como consumidor-receptor; eso sí: consumidor y receptor pasivo.

 

Y en todo este modelo económico, los medios de comunicación masivos elaborarán una cosmovisión colectiva en la que la competitividad se difunde como la única relación posible entre los individuos.

 

LA EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO DE HUMANISMO

 

En la Utopía de Tomás Moro se describía una sociedad en la que todos los esfuerzos se concentraban en la búsqueda del bien común [2]. Esa tierra en la que gobernaba la felicidad, resumía el deseo renacentista de un lugar de armonía. En la ciudad de “Utopía”, el Humanismo no resultaba una quimera, sino una posibilidad realizable. La belleza, la verdad, el bien y, asimismo, la bondad, conceptos heredados de la filosofía de Platón, fundaban un modelo de sociedad que evocaba el Edén de aquella Edad de Oro referida por los clásicos. Pero aquel Humanismo de las utopías no describía el rumbo de los acontecimientos históricos que desde finales de la Edad Media se iban asentando. El Humanismo renacentista, pues, avanzaba entre contradicciones, pero sus postulados subyacían en las mejores creaciones intelectuales y artísticas.

 

El programa humanista comenzaba con una radical alteración del Universo. El hombre desplazaba a la divinidad. El dibujo de Leonardo da Vinci en el que el círculo se resumía en un hombre que abarcaba la geometría universal, se convertía en el modelo de la nueva concepción del mundo. La ciencia y la técnica pasaban a ser los pilares sobre los que construir la nueva sociedad. El progreso, por consiguiente, se identifica con la capacidad humana de invención y descubrimiento científico.

 

Todo el Renacimiento supone una conquista intelectual sin precedentes. Desde Copérnico y Kepler hasta Galileo, la Física y la Astronomía van abriendo horizontes insospechados. El ideal geométrico de una realidad perfectamente ordenada se expresa en la obra del filósofo Spinoza con sobrecogedora fuerza.

 

Se puede decir que el Renacimiento desarrolla un Humanismo que con paso de gigante rompe las barreras medievales, pero no sólo geográficas cuanto psíquicas y sociales. Es una revolución sin precedentes. Mas, esa transformación científica de inmediato pondrá los fundamentos de un modelo económico en el que el hombre dibujado por Leonardo se desplaza al “hombre económico”. Esto es, a un tipo de individualismo que va eliminando el sentido de bien común y sitúa el tema de la propiedad ilimitada en el sitio en el que, tanto Galileo como los creadores de Utopías, situaban un ser humano nuevo y universalista.

 

El mercantilismo, de esta forma, desplaza el sentido humanista del mundo. Durante el siglo XVII, los contractualistas ingleses van a imponer un concepto de individuo en donde el homo economicus sustituye el ideal renacentista de una humanidad que avanza hacia una sociedad armoniosa. Por tanto, desde el siglo XVII se asiste a la introducción de una mentalidad que será definida como individualismo posesivo y en la que el beneficio económico se coloca como el fin último de la existencia.

 

El origen del Humanismo ilustrado del siglo XVIII hay que buscarlo precisamente en la crisis del Humanismo renacentista que la consolidación del capitalismo conlleva. Para entender el Humanismo ilustrado, será fundamental establecer cómo las contradicciones sociales y políticas van a culminar en grandes revoluciones [3].

 

En efecto, el movimiento ilustrado clasificará el mundo a través de los valores de la racionalidad. La reconstrucción del concepto de razón que aparece en el Siglo de las Luces tiene que conexionarse con el modelo de la racionalidad griega clásica. Sócrates, el creador de la razón dialéctica, diferencia de una manera plenamente moderna entre el conocimiento de la doxa -de la opinión- que conduce a las convenciones y prejuicios, del cono cimiento alcanzado mediante el logos que concluye en la fundamentación de ideas universales, comunes para todos los seres humanos siempre que partan del uso recto de su entendimiento.

 

Siguiendo a Parménides, Sócrates-Platón señalan las dos vías de acceso a la realidad: la “vía de la opinión” que finaliza en el prejuicio y la “vía de la razón” que concluye en el saber. Es la capacidad para arribar y formular conceptos universales la que define, en último término, a la racionalidad. Frente a las creencias religiosas o a la moral convencional heredada, sólo la razón puede fundamentar la ética en ideas que se hacen evidentes prescindiendo de intereses particulares e individuales. En esencia, el modelo de razón ética socrática ya contiene en sí el imperativo categórico kantiano según el cual “lo que no quieras para ti, no lo quieras para otro”.

 

Por tanto, la génesis de la razón clásica se abre con un concepto armónico entre la posibilidad de pensar y la posibilidad de transformar. No hay contradicción que mediante el análisis causal no quede evidenciada. La racionalidad-ética resulta ser una facultad activa que se aproxima a la realidad con el objetivo de mejorarla, emancipando a la vez las capacidades creativas de la especie.

 

Las tres notas distintivas, pues, de la razón clásica no pueden dejar de ser sino: la crítica, la objetividad y la transformación. La racionalidad crítica y transformadora posibilita así que no solamente la ética se estructure bajo conceptos universales de bien común cuanto que, también, se indague sobre lo estético desde una reflexión de la belleza como concepto genérico universal. Será esta búsqueda de ideas universales la que va a singularizar la cultura griega clásica. Su legado hará pervivir la indagación de los principios que sintetizan bien y justicia. Y aquí la Ilustración recogerá la exploración del bien desde un programa filosófico que levanta sobre una conciliación entre lo particular y lo universal la explicación del juicio ético.

 

Así, hay una línea histórica reflexiva que une la reflexión clásica griega con la reflexión ilustrada. Esta línea se encuentra en la posibilidad de acceder al juicio ético mediante la fundamentación del conocimiento que lleve a una síntesis entre sentimiento y razón. La armonía entre pensamiento y sentimiento constituye lo que Kant define como la ética pura [4]. A partir de aquí, la extraordinaria aportación del análisis ético kantiano resulta de la consolidación de un tipo de racionalidad moral que está más allá de la creencia, pero también de las limitaciones de un cientificismo que no tiene en cuenta al ser humano real.

 

Y con estos principios, Kant posibilitó que el ámbito de lo humano y de lo subjetivo no acabe siendo integrado en la esfera de la irracionalidad, como después harán las teorías instintivistas como las de Schopenhauer y Nietzsche. Por consiguiente, la razón ética, al fundamentarse sobre ideas universales en las que el valor máximo es la persona en cuanto tal, introduce un acceso a la realidad que completa a la razón científica y a la razón práctica. Posibilidad que abre el camino hacia la armonización de la reflexión intelectual y el sentimiento en aras de una restauración de lo humano mediante los ideales de conocimiento, bien y belleza. El Humanismo ilustrado, entonces, brota de lo finito propio de la corporalidad humana y lo infinito que caracteriza la estructura de universalidad del espíritu de la especie. En esa tensión es donde la dignidad del sujeto queda garantizada, y en donde los universales éticos objetivos constatados por la ciencia y la ética, y los universales subjetivos del arte y la sensibilidad aseguran un modelo de razón moral que queda protegida de los envites de la irracionalidad.

 

Sin embargo, desde comienzos del sigo XIX, la concepción ética ilustrada empezará a sufrir profundos ataques por parte de quienes frente al sentido de universalidad de derechos van a defender los intereses particulares de los pocos. En suma, la ética pasa a ser el enemigo central para un tipo de sociedad en la que se fomentará el egoísmo, la insolidaridad y un concepto de existencia en la que prevalece lo instintivo ciego y sin ninguna conexión con la visión universal del ser humano.

 

LOS VALORES DE LO INHUMANO

 

El precursor de toda esta concepción ideológica tiene que considerarse, sin lugar a dudas, el filósofo inglés Tomas Hobbes. Para este autor del siglo XVII, el “hombre era un lobo para el hombre” [5], movido sólo por dos instintos: el de supervivencia y el de egoísmo. Entraba en el pensamiento económico una de sus justificaciones más difundidas. El ciudadano debería de ocuparse únicamente de lo que le produzca beneficio en una jungla social en la que prevalece “la guerra de todos contra todos”.

 

Este planteamiento que parecería superado desde hace siglos, sin embargo reaparece, otra vez, a partir de mediados de la década de los años ochenta del siglo XX. Es entonces cuando se reaviva una nueva versión del viejo hobbesianismo, sólo que ahora revestido bajo los ropajes del denominado como pensamiento post-moderno. Sin embargo, ¿qué puede entenderse bajo esta reciente ideología que está dando lugar a un modelo cultural en el que el egoísmo es llevado hasta sus últimas consecuencias?

 

En efecto, estamos ante la articulación de una clasificación de la realidad construida por los mass-media y en la que se impone “un juego” de valores entre los que predominan los siguientes:

 

• El narcisismo consumista como forma y estilo de vida. Se convence al individuo de su “ser único” al que se halaga especialmente desde los anuncios publicitarios. De este modo, un narcisismo autista conforma un tipo de personalidad caracterizada por su preocupación constante por el “estar a la moda”.

 

• Conjuntamente con ese deseo de “seguir y estar a la moda”, la banalidad y la superficialidad acaban dominando los ámbitos de lo privado y de lo público. Todos los hechos de la vida se convierten en frívolos y, desde todos los sistemas de comunicación, la prensa “rosa” y “amarilla” se hacen dominantes sobre la Opinión pública. Pero con ello, pierden interés los grandes temas que son sustituidos por el cotilleo y la difamación convertidos en espectáculo.

 

• No se puede olvidar, desde luego, que el narcisismo y la banalización finalizan creando un ambiente social en el que la competitividad genera la desconfianza y la hostilidad. En este sentido, la continuada difusión mediática de violencia produce fenómenos de imitación cuyo contagio se observa, especialmente, en aquellos grupos infantiles y juveniles que presentan menores defensas intelectuales ante sus impactos. Por consiguiente, la difusión de la violencia degenera en la aparición de un tipo especial de psicología que se caracteriza por la humillación ente los que cree “fuertes” y humilla a los que califica como “débiles”. Mujeres, ancianos, pobres, enfermos… entrarán dentro de ese círculo darwinista en el que la personalidad F (o personalidad de índole fascista) tachará a quienes considera que “carecen de poder” [6]. En este punto, cualquier consideración de índole ética estará totalmente fuera de los esquemas de comportamiento de quienes se inserten dentro de esta perspectiva valorativa.

 

En consecuencia, los ideales del Humanismo renacentista han cedido ante la presión ideológica de unos modos de entender al ser humano, que son difundidos de manera continuada y repetitiva desde los omnipresentes medios de comunicación industrialmente organizados. El resultado no puede dejar de ser sino la reaparición de unos tipos de irracionalidad colectiva que va olvidando un conjunto de sentimientos y de valores en los que el “otro” posee dignidad humana en sí mismo.

 

Pero lo más grave de todo este modelo cultural y psicológico, cada vez más asentado, no deja de ser sino el retorno de una mentalidad que excluye y discrimina a quien no sigue los cauces del “modelo físico” que imponen los Medios. Especialmente, la pobreza y la enfermedad serán rehuidas, o presentadas bajo tintes morbosos, en una nueva “construcción comunicativa de lo real” que recuerda de una manera directa las etapas del Nazismo, y sus concepciones del ser humano y la sociedad [7].

 

Es, pues, el rechazo del otro que no cumple los planteamientos nietzscheanos de “superhombre”, el elemento más distintivo de esta percepción de lo real. Así, el sufrimiento y el dolor se odian “como estado imperfecto”, y con ello la carencia de una ética humana acaba generando un orden social colectivo caracterizado por la inhumanidad.

 

LOS PROCESOS DE EROSIÓN DE LOS VALORES DEL HUMANISMO: SU DIFUSIÓN COMUNICATIVA

 

La aparición de los poderosos medios de comunicación de masas ha generado una alteración radical de los valores y actitudes de las poblaciones de las sociedades post-industriales. Para los psicólogos sociales, se ha producido un fenómeno de contagio y de imitación capaz de generar tipos de comportamiento cada vez más homogeneizados internacionalmente. Sin embargo, tal capacidad de imitación no se produce de una manera espontánea, sino que, al contrario, hay que referirse a los estudios e investigaciones que determinadas corrientes de la Psicología han llevado a cabo al servicio de las poderosas empresas de publicidad y de marketing. En este sentido, se puede hablar del despliegue de una específica investigación centrada en la modificación de la conducta masiva y de sus sistemas de construcción psicológica y ética de la realidad.

 

Para centrar esta modificación, sin duda, hay que referirse al paradigma de la psicología del Conductismo norteamericano. Paradigma fundado por John B. Watson con el objetivo de explorar los procesos de motivación humana y sus leyes. Así, por un lado, en la psicología conductista se recogían los logros que sobre la conducta animal había alcanzado de la Reflexeología rusa y, en concreto, la obra de Ivan Pavlov. Ahora bien, lo que para Pavlov era simplemente un estudio de Etología -conducta animal-, para Watson significaba la posibilidad de conocer los mecanismos y estrategias de persuasión colectiva. La aplicación de las técnicas de motivación social mediante la persuasión de los medios comunicativos van a ir complejizándose conforme se estructuran la sociedad de consumo de masas y la producción serializada de los productos de las industrias comunicativas. En este punto, la psicología conductista aplicará todo tipo de estrategias para motivar a los receptores-consumidores en las direcciones establecidas por el neocapitalismo tardío.

 

Numerosos son los estudios actuales sobre los efectos cognitivos de la Comunicación de Masas [8]. Se puede hablar de un renacer de las Teorías de Efectos que con el Conductismo se empezaron a elaborar en el área de la Sociología. Dentro de estas teorías hay que referirse necesariamente a las que se dedican al modelado de conductas, o también denominadas como técnicas de la persuasión.

 

Entre estas técnicas recientes las mas utilizadas en la difusión de las estrategias de difusión de valores hobbesianos son:

 

• Las técnicas de persuasión por medio de Usos y Gratificaciones, según este planteamiento la comunicación se utiliza como gratificación de necesidades. Katz, Gurevitch y Blumler demuestran que la exposición a los medios origina una identificación de motivaciones en el receptor. La aparición mediática de un modelo darwinista y competitivo de individuo finaliza consolidando un tipo de ciudadano encerrado en su propio yo como “ser único”.

 

• Hay una técnica muy utilizada en nuestros días que es la denominada como Teoría Hipodérmica. Según este análisis, la Comunicación de Masas opera de la misma manera que una aguja hipodérmica en cuanto que paulatinamente va introduciendo en el receptor las clasificaciones, valores, normas y códigos artificialmente elaborados. En el tema de creación de actitudes, las investigaciones sobre los efectos indirectos, a medio y largo plazo de, por ejemplo, Hartmann y Husband confirman el sistemático cambio de actitudes que un grupo social puede tener como resultado de ese goteo simbólico seleccionado. La Teoría Hipodémica, entonces, sería una de las técnicas más poderosas de condicionamiento y contracondicionamiento de valores a través de refuerzos positivos y negativos sobre los receptores.

 

• La socióloga alemana Elizabeth Noelle-Neumann ha desarrollado un estudio de las técnicas referidas no tanto a los mensajes simbólicos específicos, cuanto a los que se van silenciando y desapareciendo de los medios. Sus dos aportaciones más importantes son: las investigaciones sobre la Espiral de silencio y el establecimiento de la Agenda, o “Agenda Setting”. En ambas investigaciones se examinan los procesos de distribución de la información que actúa en el establecimiento de las prioridades que orientan la Opinión pública. En el caso de la ética, la “Agenda Setting” resulta ser uno de los refuerzos negativos más duraderos a la hora de condicionar y presionar en la dirección de unas actitudes de minusvaloración de lo racional y de lo ético.

 

• Asimismo, la técnica de contraargumentación del psicólogo norteamericano McGuire viene a edificar uno de los procedimientos de persuasión de masas más oscuros. Tal técnica consiste en la aparente presentación de argumentos de modo que, a largo plazo, produzcan un efecto de rechazo, el llamado “efecto boomerang”. Gran parte de la programación televisiva en la que se debaten temas de opinión articulan esta técnica de selección de valores negativos.

 

Siguiendo a Berger y Luckmann, Grossi y Tuchman manifiestan que estamos ante unas rutinas cognoscitivas que sustituyen a la realidad exterior objetiva en la que se desarrolla la vida del individuo [9]. En este punto, los sociólogos ingleses Abercrombie, Turner y Hill juzgan la difusión ideológica comunicativa como núcleo desde el que se conforma la conciencia dual; esto es, un tipo de comprensión de lo real en la que funciona una distorsión psíquica por efecto de los condicionamientos simbólicos de las sociedades post-industriales [10].

 

Nos encontramos, pues, ante una organización de los modelos de conducta en los que las exclusiones, limitaciones y ausencia de valores humanistas presionan sobre el comportamiento colectivo. Ahora bien, esa presión se efectúa desde el control simbólico de la conducta social que se edifica sobre un instintivismo irracional. Por tanto, se hace necesaria una formulación global de cuáles son las funciones específicas por las que se está produciendo la paradoja de nuestra sociedad: la utilización de técnicas elaboradísimas de modelado de conductas para generar pautas y actitudes colectivas de fuerte componente arcaico y primitivo.

 

LA RECONSTRUCCIÓN DE LOS VALORES DE LA DIGNIDAD HUMANA: HACIA UN NUEVO HUMANISMO

 

Anteriormente nos hemos referido al estado de postración en el que se encuentra lo que siempre se ha denominado como lo humano. Ese estado al que se ha llegado en las últimas décadas no puede desvincularse del proceso ideológico al que ha conducido la difusión del modelo economicista de pensamiento. Este modelo, como ya se ha comentado, reduce a una mínima expresión las cualidades y facultades humanas que entran en conflicto con las finalidades de la producción y el consumo.

 

Para explicar este fenómeno hay que situarse en las leyes de oferta y demanda que rigen y estructuran el mercado, y, en concreto, el mercado financiero post-industrial. En este sentido, resulta más barato transformar la psicología colectiva mediante técnicas de persuasión comunicativa que alterar las materias primas de fabricación de un producto. A partir de aquí, se hace imprescindible modificar los fundamentos de la conducta social, enfocando a ésta hacia pautas de acción en las que lo instintivo y los elementos más arcaicos del comportamiento se superpongan sobre las capacidades superiores del psiquismo humano. Así, reaparece un tipo de ciudadano caracterizado por el predominio de una especie de “autismo” compulsivo, y que reconoce su yo en los objetos que consume y no en sus cualidades personales [11]. Ese “cierre psicológico” debe entenderse como un bloqueamiento del desarrollo emocional e intelectual de la persona. Bloqueamiento, sin embargo, necesario para que persista el sistema económico-productivo en su conjunto, ya que la incentivación de lo instintivo incentiva, a la vez, los mecanismos de competitividad y de narcisismo.

 

A la vista del funcionamiento psicológico del individuo en las sociedades post-industriales contemporáneas se observa cómo desaparecen aspectos de la conducta que son tachados como “fases históricas superadas”. La bondad, en su sentido clásico, resulta ser la cualidad humana absolutamente rechazada por el neoliberalismo financiero.

 

La bondad, desde el pensamiento clásico griego hasta la ilustración de evidente resonancia kantiana, nace de una profunda convicción del valor de la persona humana. Valor proveniente de su propia existencia que se muestra única y llena de posibilidades. Por ello, la ética siempre está vinculada con un proyecto de transformación social donde la educación -en su sentido de perfeccionamiento- tiene un papel de primera magnitud. La bondad, por consiguiente, supondría la posición contraria y antitética del egoísmo; es decir: tener siempre presente al otro. No es extraño entonces que Kant funde su imperativo categórico precisamente sobre el sentido de la dignidad de los otros seres que deben de tener idénticos derechos y posibilidades por el simple hecho de ser seres humanos.

 

La bondad, considerada como proyecto racional de existencia, conduce a una nueva comprensión de la ética que es la empatía. Éste es un sentimiento de participación con los otros. Participación que significa una compenetración con el sentido de la existencia basada en la dignidad humana. De este modo, se reconoce un comportamiento moral en el que la autonomía hace consciente al individuo de sus posibilidades de perfeccionamiento en unión con los otros sujetos. Así, del imperativo categórico se llega a una concepción cosmopolita del ser humano.

 

La construcción de una sociedad estructurada sobre estos principios choca radicalmente con “el clima” psicológico y social contemporáneos.

 

Frente al significado de empatía, se está edificando un modelo de sociedad en el que la competencia entre los ciudadanos elimina los ideales cooperativos que han sido los motores de las mejoras históricas. En consecuencia, se extiende colectivamente un neodarwinismo que recuerda algunas de las conductas que definieron al Nazismo y al Fascismo; es decir, el rechazo a todo aquello que signifique necesidad y ayuda del otro. Una compleja patología social consolida una división de los individuos en fuertes y débiles.

 

Son “fuertes” quienes “triunfan” en una sociedad caracterizada por el cinismo y la crueldad; mientras que serán “débiles” quienes, como ancianos, enfermos, desempleados o explotados, no puedan hacer frente a la poderosísima maquinaria económica que gravita, como espada de Damocles, sobre la población.

 

La sociedad dual finaliza generando un tipo de ideología en la que el desprecio a los “otros” hace renacer un antihumanismo en el que dominan los viejos temas del “economicismo”, sólo que ahora revestido de “modernidad”. Por tanto, reaparecen nuevas formas de conducta en donde es detestado y eliminado cualquier signo que recuerde el sentimiento de empatía. En esta situación, la humillación pasa a ser la relación “natural” entre los sujetos. Y en esta humillación los calificados como “débiles” van a ser quienes sufrirán de una forma directa los efectos de esta ideologización en la que se vislumbra como “relación normal” la violencia.

 

Se puede considerar que estamos ante la formación de un proceso de patologización que se difunde desde los mass-media y desde los procesos de consumo serializado que convierte en enemigos a unos ciudadanos de otros. En este punto, se rehusa la reflexión ética como “vacuna” frente a la irracionalidad y el primitivismo. Ahora bien, la repetición constante de unos mismos estereotipos acaba asegurando esa mentalidad colectiva en la que el mundo se divide entre “fuertes” y “débiles”. El caso de la consideración social de la enfermedad que transmiten los medios de comunicación de masas confirma este planteamiento.

 

En efecto, tanto desde la publicidad como desde los mensajes de los programas televisivos de éxito se proclama un estereotipo de “cuerpo perfecto” que semeja la doctrina de Goebbels sobre “las razas superiores” frente a “las razas inferiores”.

 

No hace mucho en un programa televisivo de máxima audiencia, uno de los concursantes tachaba de “enfermos” al público cuando éste no aplaudía “las gracias” de los participantes. Así, se confirmaba ese estado psicológico en el que predomina, cada vez en mayor medida, una tendencia a recordar las consignas de “lo puro” y de “lo impuro”, de “lo perfecto” y de “lo imperfecto”; es decir, la protección colectiva a quienes sufren que está en el origen de lo que denominamos civilización, es considerada como “debilidad”.

 

De este manera, la alteración de los valores sociales que efectúan los mass-media, nos indican de una forma determinante el rumbo que está emprendiendo una sociedad caracterizada por un desarrollo tecnológico sin precedentes y, al mismo tiempo, una involución humana hacia modos de conducta de fuerte matiz irracional [12]. En esta situación, los grupos juveniles e infantiles son los que están recibiendo directamente el impacto de esos mensajes comunicativos elaborados por las transnacionales del audiovisual.

 

En consecuencia, la reflexión sobre un nuevo Humanismo se hace básica en la hora presente. Pero no se trata ya de un Humanismo abstracto y simplemente “bienintencionado”. Al contrario, hay que hablar de una nueva ética capaz de retomar y reformular los mejores hallazgos de lo que se ha considerado el proceso de civilización. Por tanto, se requiere una reflexión que debata colectivamente el tema de temas de nuestro presente: una nueva ética para un tiempo caracterizado por la confusión.

 

UNA NUEVA ÉTICA PARA UN TIEMPO DE CONFUSIÓN

 

El nuevo Humanismo nace de la tensión. De una situación en la que hay que restaurar al ser humano a su centro. Pero no se trata de una situación sin referencias. Al contrario, la experiencia histórica nos sirve de brújula de los que no puede ser. Y en esta situación, el siglo XX ha supuesto un laboratorio en el que ha aflorado lo mejor y lo peor del ser humano y de la civilización. Es por ello por lo que es imprescindible replantear y reformular, otra vez, a la luz de la experiencia pasada, lo que debe ser un Humanismo para un tiempo nuevo.

 

El ser humano fluye en la Historia. Esta idea introducida por el pensamiento alemán del siglo XIX sirve de suelo sobre el que edificar una concepción de Humanismo para las sociedades post-industriales contemporáneas. La concepción de un Humanismo articulado sobre la ética queda como último reducto de la esfera de lo propiamente humano. Y aunque las industrias de la cultura y de la comunicación han dirigido sus productos hacía la desorganización psicológica y valorativa, también hay que señalar que persisten unos ideales emancipatorios que, por ejemplo, el sociólogo crítico Herbert Marcuse señalaba como la continuidad del deseo de utopía [13].

 

Mas, tal y como se ha señalado, este deseo entra en radical oposición con la moral productivista característica del neocapitalismo; es decir, la reducción de todos los aspectos de la existencia -incluida la conciencia- a los imperativos de la producción y del consumo.

 

De esta forma, la supervivencia de los ideales universales de la razón ética, tal y como la entendió Kant, deviene en la amenaza para toda la estructura post-industrial en su conjunto. Es por ello por lo que ese pensamiento “débil” que es la Post-modernidad y sus seguidores relativizan hasta un extremo exagerado los fundamentos de la aprehensión y acción ética [14].

 

La ética ilustrada y de carácter racional se ha convertido en el mayor peligro para la continuidad de un tipo de sociedad en la que prevalece la competencia exacerbada. El valor dado a la educación como perfeccionamiento, la solidaridad alcanzada a través de unos criterios universales que buscan eliminar las causas de la desigualdad social y, sobre todo, la confluencia entre lo que es y lo que debería ser que resulta ser la consecuencia de la actividad ética, aparecen ahora para el pensamiento post-moderno como adversarios para un modelo de sociedad en la que el consumo es el único fin de la existencia.

 

Son sintomáticas a este respecto las propuestas postmodernas [15] consideran que los mass-media han logrado edificar una sociedad “tan transparente” que ya no hace falta hablar de ética. Así, estos autores ven a Kant y a los autores ilustrados como los culpables de una consideración de la reflexión ética entendida como proyecto de autonomía del espíritu y bajo el imperativo categórico de tratar al otro como a uno mismo; es decir, para ellos, la realidad sólo es la realidad transmitida y difundida por los mensajes estandarizados de las multinacionales y transnacionales del audiovisual. Y como se observa cotidianamente, no se puede hablar excesivamente de ética ni de racionalidad en tales mensajes.

 

La disolución de la ética, en la obra de los pensadores de la Post-modernidad, se presenta como “la victoria de la realidad sobre la utopía”. No en vano, por ejemplo, Vattimo titulará un capítulo de su libro La sociedad transparente como “De la Utopía a la Heterotopía”. El rechazo de las utopías, tanto de los postmodernos como de los economistas neoliberales, llevará a sacralizar el orden de lo real. Pero con la exageración de considerar “la realidad representada” de los medios de comunicación como la “cotidianidad”. Cotidianidad que, sin embargo, nunca se relaciona con procesos sociales o económicos concretos, sino únicamente con el espectáculo mediático, sus valores y sus mensajes.

 

No resulta extraño entonces que el mismo Vattimo en Creer que se cree [16] finalice en un tipo de pensamiento que ironiza sobre las creencias no sólo religiosas sino también éticas. La debilidad, de este modo, de las argumentaciones de estos autores no proviene sólo de su autodenominación como pensamiento débil, cuanto de las contradicciones que representan. Contradicciones que surgen no tanto de su lógica argumentativa sino, esencialmente, de su posición anti-ilustrada y anti-racional [17]. Por ello, cada vez se hace más urgente la reconstrucción de los ideales de una ética con los otros; esto es, de una ética de la empatía y de la dignidad humana. Y así es esencial establecer unos principios aclaradores de esa nueva ética imprescindible en un tiempo nuevo que se nos debe abrir constructivamente.

 

En consecuencia, pocos deben ser los principios sobre los que fundamentar nuevas formas de relación humana y social. Sin embargo, estos pocos principios pueden resumirse de la forma siguiente:

 

• La idea de progreso entendida como progreso de la conciencia y de lo humano, y como perfeccionamiento ético y estético de las capacidades individuales y colectivas.

 

• La vuelta a los ideales de la democracia participativa en la que el ciudadano sea responsable de sus derechos y de sus deberes en relación al concepto de bien común.

 

• La definición del sentido de interés público según el cual las instituciones deben estar al servicio de los ciudadanos y, especialmente, la coherencia de una sociedad se haya en la defensa de los derechos y deberes que amparan a los ciudadanos, así la sanidad y la educación se convierten en derechos cuya universalidad debería ser garantizada por la racionalidad de esa sociedad. Pero, también, es imprescindible .que los ciudadanos puedan defenderse educativamente ante el impacto de las estrategia de persuasión mediática.

 

• Como resultado de lo anterior, la protección de los más débiles se convierte en el baremo objetivo de la ética de una sociedad. Ancianos, enfermos, inmigrantes y, en general, todos aquellos que son excluidos en la sociedad neodarwinista actual, tienen que ser sujetos prioritarios en un proyecto ético de construcción de una realidad humanizada.

 

• Así, se hace necesaria la devolución de su propia existencia a los ciudadanos, arrebatada por el interés económico, las técnicas persuasivas y la búsqueda irracional de poder.

 

• En suma, frente al pensamiento fragmentado y a los comportamientos del individualismo posesivo, la motivación de la población hacia los valores éticos se convierten en el gran cambio cultural imprescindible para que este nuevo siglo y, desde luego, este nuevo milenio no sea una continuidad de la Historia primitiva en la que el ser humano sigue siendo “el lobo para el hombre”. Y al contrario, se pueda ya hablar de una reconciliación del ser humano con el ser humano y de éste con la Naturaleza.

 

En definitiva, para evitar “el nuevo asalto a la razón” [18] que están llevando a cabo diferentes estructuras comunicativas, económicas y políticas, habrá que centrarse en la ética de la dignidad humana, y ello porque ésta sigue siendo el ámbito de una lógica histórica que busca la emancipación y la salida de una ideología que ha impuesto como valores máximos los derivados del productivismo ciego e inhumano.

 

La razón ética y su necesidad de trascender una cotidianidad que convierte a la esencia humana en una simple cosa intercambiable -y en donde la individualidad se confunde con el narcisismo ególatra de un consumo dirigido-, no puede admitir la atrofia ni el desperdicio de las facultades humanas. Precisamente, el cada vez mayor ataque a los postulados de la concepción ética racional e ilustrada confirma la validez y asombrosa contemporaneidad de sus principios.

 

¿ES POSIBLE UNA CONCLUSIÓN?: LA ÉTICA COMO PROYECTO SOCIAL

 

A las puertas de la salida del siglo XX y el comienzo de otro, nada sigue resultando tan vigente como la lucha por los principios éticos basados en el bien común.

 

Cuando se asiste a embestidas tan poderosas como las de los centros culturales-comunicativos transnacionalmente organizados [19], sólo queda la autoridad y la fuerza de la reflexión que no aspira a dominar sino a comprender y a ayudar. Y así en un momento en el que los grandes ideales de la razón que busca la iluminación social quedan trivializados y ridiculizados, de nuevo resurge por su coherencia y certidumbre el sentido de la ética con los otros. En ella, no se alaba a los pocos ni se desprecia a los muchos. Al contrario, la bondad resulta la condición imprescindible de la conducta humana. Y este concepto tan devaluado por los defensores del marketing comunicativo, renace desde el mismo momento en el que reclama insistentemente la seriedad de una dignidad humana que no puede ser limitada ni recortada en sus facultades y posibilidades.

 

La recuperación, pues, de las ideas de progreso ético, de educación, de protección a los débiles, de igualdad, -en una palabra, de lo universales éticos-, sigue siendo la finalidad de un proyecto histórico recuperable. Recuperable porque aún no se han agotado las causas que estuvieron en su aparición. Es por ello por lo que en el presente se requiere una reconsideración y un replanteamiento de una temática que se forjó en el siglo XVIII, pero que continúa firmemente válida. Principalmente, si hay un tema que necesita ser reconstruido, éste no puede dejar de ser sino la absoluta separación que la sociedad industrial, y su continuación post-industrial, efectuaron entre sentimiento y razón.

 

La escisión, por tanto, entre racionalidad y sensibilidad que la economía de mercado introdujo en su concepción de sujeto, acabó relegando al territorio de “lo irracional” lo que era propiamente lo humano. Esa postración se ha ido agudizando con tal radicalidad que cada vez es más evidente aquel “hombre unidimensional” al que el sociólogo crítico Marcuse describió como el individuo cercenado de sus propias facultades [20]. La mutilación de las capacidades y posibilidades humanas indica la decadencia de unos procesos históricos que han identificado evolución tecnológica con avance social.

 

De esta forma, si la finalidad de la Ilustración fue un proyecto de perfeccionamiento de lo humano, este propósito sigue sin ser realizado en su totalidad. La Ilustración como proyecto ético continúa siendo el objetivo de un progreso histórico en el que lo general y lo individual no sigan siendo antagónicos. Y fundamentalmente se hace ineludible un proyecto que armonice autonomía y dignidad de la conciencia con responsabilidad y emancipación colectivas. En este sentido, estamos aún en un proyecto ético inacabado, pero también inagotable porque siempre, en ascenso, seguirá guiando la acción humana.

 

Como alentaba Kant:

 

“La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro. Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!, he aquí el lema de la Ilustración.” [21]

 

 

Equipo de redacción

NOTAS:

 

  1. MacPherson, C.B.: “La teoría política del individualismo posesivo”. Barcelona, Fontanella, 1970.
  2. Moro, T.: “Utopías del Renacimiento”. México, Fondo de Cultura Económica, 1986.
  3. Cassirer, E.: “Filosofía de la Ilustración”. México, Fondo de Cultura Económica, 1984.
  4. Kant, E.: “Crítica de la Razón Práctica”. Madrid, Espasa-Calpe, 1980.
  5. Hobbes, T.: “Leviatán”. Madrid, Alianza Editorial, 1986.
  6. Adorno, Th. W.: “La Personalidad Autoritaria”. México, Proteo, 1969.
  7. Hinz, B.: “Arte e Ideología del Nazismo”. Valencia, Ed. Fernando Torres, 1978.
  8. Saperas, E.: “Los efectos cognitivos de la Comunicación de Masas”. Barcelona, Ariel, 1989.
  9. Reardon, K.: “La persuasión en la comunicación”. Barcelona, Paidós, 1984.
  10. Abercrombie, N / Turner, B. y Hill, S.: “La tesis de la ideología dominante”. Madrid, Siglo XXI, 1993.
  11. Klapper, J.T.: “Los efectos de los Medios de Comunicación de Masas”. Madrid, Aguilar, 1974.
  12. Habermas, J.: “Ciencia y técnica como ideología”. Madrid, Tecnos, 1986.
  13. Marcuse, H.: “El final de la Utopía”. Barcelona, Ariel, 1968.
  14. VV. AA.: “La Post-Modernidad”. Barcelona, Kairós, 1985.
  15. Vattimo, G.: “La sociedad transparente”. Barcelona, Paidós, 1990.
  16. Vattimo, G.: “Creer que se cree”. Barcelona, Paidós, 1996.
  17. VV. AA.: “El pensamiento débil”. Madrid, Cátedra, 1990.
  18. Lukács, G.: “El asalto a la Razón”. Barcelona, Grijalbo, 1975.
  19. Goldmann, L.: “La creación cultural en la sociedad moderna”. Barcelona, Fontamara, 1980.
  20. Marcuse, H.: “El Hombre Unidimensional”. Barcelona, Seix-Barral, 1972.
  21. Kant, I.: “¿Qué es Ilustración?”. Madrid, Tecnos, 1993.